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Dos terremotos, dos Estados | Por: Carolina Jaimes Branger

por Carolina Jaimes Branger
17/08/2026
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Por: Carolina Jaimes Branger

Hay tragedias que no sólo ponen a prueba a los gobiernos, sino que, además, ponen al descubierto la calidad de esos Estados. Como los terremotos. Tomemos, por ejemplo, los que han sacudido recientemente a Venezuela y Colombia.

Un terremoto, por supuesto, no pregunta quién gobierna. No distingue entre izquierda y derecha, entre oficialistas y opositores. No le importa quién ocupa el Palacio de Miraflores o la Casa de Nariño.

La tierra tiembla y, en cuestión de segundos, todo cambia. Pero, pereeeero, después del terremoto, aparece una diferencia fundamental: la capacidad del Estado para responder.

En este artículo quiero comparar lo ocurrido en Venezuela y Colombia. Y no, no es para hacer política con el dolor. Todo lo contrario: es para  entender por qué dos países latinoamericanos sometidos a una tragedia natural similar respondieron de maneras tan distintas.

En Venezuela, el terremoto del 24 de junio dejó al descubierto una realidad que ya conocíamos, pero que la tragedia hizo imposible ocultar ante todo el mundo: que el país no estaba preparado de manera alguna para hacerle frente a una emergencia de semejante magnitud.

Porque no basta con tener funcionarios, uniformes, vehículos.  Mucho menos declaraciones oficiales. Un rescate exige otras cosas que aquí en Venezuela no hubo: equipos especializados, protocolos, comunicaciones, logística, entrenamiento, coordinación entre organismos y, sobre todo, instituciones que sepan qué hacer antes de que ocurra la emergencia, porque las primeras horas después de un terremoto son decisivas. Cada minuto puede significar la diferencia entre encontrar a una persona viva o encontrarla muerta.

En demasiados lugares de Venezuela fueron los ciudadanos comunes quienes asumieron las tareas que correspondían a equipos profesionales: buscar, remover escombros, localizar sobrevivientes, transportar heridos. Salió a flote y todo el mundo fue testigo de la solidaridad de una sociedad que se vio obligada a sustituir al Estado.

Y entonces ocurrió el terremoto en Colombia.

Aquí debo hacer una precisión que me parece indispensable: sería absurdo decir que el nuevo gobierno de Abelardo de la Espriella fue el responsable de la preparación del país ante el desastre, porque llevaba apenas un día en el poder. La comparación, por tanto, no es Petro frente a De la Espriella. Es Venezuela frente a Colombia.

Y lo que mostró Colombia fue que, con todos sus problemas, con todas sus contradicciones y con todas las críticas que puedan hacerse a sus gobiernos, allá existe algo que Venezuela perdió en el último cuarto de siglo: la capacidad institucional.

Colombia tenía organismos de gestión del riesgo, grupos especializados de búsqueda y rescate, bomberos entrenados, capacidad logística, protocolos, maquinaria y personal que sabía cómo actuar ante una emergencia.

¿Fue perfecta la respuesta colombiana? No. Hubo decisiones cuestionables, momentos de confusión y críticas que deben ser investigadas. Una emergencia de esta magnitud siempre pone al descubierto fallas.

Pero hay una diferencia enorme entre cometer errores teniendo un Estado capaz de responder y no tener la capacidad institucional para responder. Y aquí aparece la verdadera lección.

Un Estado serio no comienza de cero cada vez que cambia un gobierno. Los gobiernos pasan. Las instituciones deberían permanecer. Las políticas deberían ser de Estado, no del gobierno de turno.

Los equipos permanecen. Los protocolos permanecen. La experiencia permanece. La memoria de las tragedias anteriores permanece. Ojalá se hubiera mantenido el impecable trabajo de Carlos Genatios durante la tragedia de Vargas… porque de eso se trata la institucionalidad, precisamente lo que Venezuela ha perdido durante los años del chavismo.

No fue el terremoto el que destruyó nuestra capacidad de respuesta. El terremoto simplemente la hizo visible.

La destrucción institucional no ocurrió de un día para otro. Se produjo desde el momento cuando se sustituyeron profesionales por lealtades políticas, cuando se desmantelaron organismos, cuando desapareció el conocimiento técnico, cuando se abandonaron los sistemas de prevención y cuando el Estado dejó de prepararse para aquello que inevitablemente podía y se sabía que iba a ocurrir. Yo misma escribí sobre un foro que hubo en 2017 en la CAF donde los expertos que participaron advirtieron claramente el desastre que sería el próximo terremoto de Caracas. Y no se equivocaron.

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Los terremotos no se pueden evitar. Sus consecuencias, en cambio, sí pueden reducirse. Un país no puede impedir que la tierra tiemble. Pero puede tener edificios mejor preparados, sistemas de alerta, equipos de rescate, hospitales capaces de recibir heridos, comunicaciones de emergencia y personal entrenado. Puede, sobre todo, tener un Estado que sepa reaccionar. Eso fue lo que vimos en Colombia: no una respuesta perfecta, pero sí una  respuesta institucional. Y eso es muchísimo.

Porque cuando alguien está debajo de los escombros, no necesita que el gobierno sea de izquierda o de derecha. No necesita discursos. No necesita propaganda. Necesita que alguien llegue. Necesita que quienes lleguen tengan al menos una pala, no un rifle, como sucedió en Venezuela 72 horas después de haber ocurrido la tragedia. Necesita una cámara térmica, un perro entrenado, un médico, una ambulancia. Necesita que alguien sepa qué hacer.

Los terremotos de Venezuela y Colombia dejaron una comparación dolorosa: dos países vecinos. Dos pueblos que sufrieron el miedo, la pérdida y la incertidumbre. Dos gobiernos enfrentados a una naturaleza que no negocia con nadie. Pero también dos Estados con capacidades muy diferentes. En Venezuela, la tragedia mostró el precio de haber destruido las instituciones. En Colombia, con todas sus fallas, mostró cuánto vale conservarlas.

No se trata de Petro. No se trata de De la Espriella. Se trata de algo mucho más importante.

Se trata de si un país tiene un Estado capaz de proteger a sus ciudadanos cuando más lo necesitan. Porque el próximo terremoto no preguntará quién ganó las elecciones.

La única pregunta será otra: ¿habrá un Estado preparado para llegar a tiempo?…

Hago votos porque para cuando eso suceda, Venezuela haya logrado recuperar sus instituciones. No sé si llegaré a verlo, pero me gustaría pensar que será así…

@cjaimesb

 

 

 

 

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