“Dios no ha creado fronteras. Mi objetivo es la amistad con el mundo entero”
Mahatma Gandhi
Vale el tiempo de hoy para filosofar sobre este mundo convulsionado y triste, un mundo que se deshilacha cada minuto que se cuenta en el reloj histórico que mide nuestro tiempo. Este planeta al que llamamos tierra, no vino al mundo con cercas y fronteras, no apareció una mañana dividido por alambres, muros o líneas invisibles dibujadas sobre mapas construidos por manos que despedazaron y dividieron todo.
La tierra nació entera, completa, única, sin marcas que dividieran los espacios de vida, nació como una casa sin tapiales donde el viento, las aves, los ríos y las poblaciones podían moverse sin pedir permiso o pasaporte. Fueron los seres humanos quienes mientras el tiempo transcurría fueron sembrando límites y fronteras en el hermoso paisaje construido por la naturaleza, como si quisieran cortar en trozos perfectos y definidos lo que la naturaleza había tejido entero como un solo cuerpo.
Originariamente, las fronteras no siempre fueron muros, algunas veces constituyeron una necesidad, otras veces configuraron una estrategia y más aún una herida sangrante e imborrable. Las divisiones y fronteras emergieron como marcas de poder, como cicatrices imborrables en la piel de la tierra. Dónde existieron caminos compartidos, poco a poco se levantaron aduanas; dónde alguna vez hubo encuentros nacieron desencuentros y agresiones, donde transitaba la vida nacieron las barreras. De ese modo, el mundo fue dejando de ser un paisaje único y común para transformarse en un tablero de un campo de batalla, dónde cada casilla hacia su propio juego sin importarle la unidad que ayer representaron, construyendo cada quien su aislado destino.
Pero las fronteras no solo separa territorios, separa pueblos, historias y culturas, divide familias, memorias, interrumpe lenguas que antes se fundían como ríos en un cause armonioso y único. Progresivamente, en nombre del orden se levantaron muros; en nombre de la seguridad se fortificaron las puertas que otrora se mostraban abiertas de par en par. Pese a todo este paisaje sombrío y triste, la realidad suele recordarnos que ningún límite puede desaparecer del todo el resuello de los pueblos, porque ellos son como el agua que siempre procuran la menor rendija por dónde continuar el camino que moja la vida de ternura.
El mapa construido por el hombre no será convertido en una arquitectura de mezquinas pertenencias, como si está tierra nuestra pudiera rebajarse con tanta precisión como se desliza un cuchillo caliente sobre una barra de manteca. La vida en su eterna sabiduría contradice a diario esa teoría de divisiones. Pues, el comercio trasciende, la música cruza, el deporte salta los muros, la palabra cruza, el amor se sobrepone a tantas divisiones. Vemos que a pesar de los muros y las cercas, los humanos buscan mirar a la cara, para encontrar en cada una la similitud que nos dio vida. Así somos, antes que las banderas somos cuerpos que sienten el calor y el frío, antes que pasaportes somos piel que sienten hambre, miedo ternura, amor y esperanza.
Suelen ser útiles las fronteras para organizar estados y proteger soberanías, pero también pueden deformar la imagen de los pueblos como si fueran espejos deformadores de figuras. Cuando estas fronteras son exageradas se transforman en trincheras empañetadas de emociones y razones que nos distancian y aúpan enfrentamientos entre hermanos. Cuándo estoy ocurre, ya no no solo separan países y regiones, sino, conciencias. Nos hacen creer que el vecino constituye una amenaza, que el distinto es un enemigo que asecha, que el extranjero es ajeno a nuestra propia fragilidad. Pero si te detienes a observar, las heridas del vecino suelen parecerse mucho a las nuestras.
Cuál es el reto entonces en estos tiempos tormentosos, no es borrar las fronteras, es aprender a que no se conviertan en paredes del alma. Los límites creados que organizan la nueva geografía no deben ser muros deshumanizados y fríos. Los mapas son necesarios pero también los puentes deben estar presentes. La soberanía no debe desplazar la compasión, pues, cuando la frontera resulta más importante que la persona, la civilización comienza a colapsar.
Aún hay esperanzas de zurcir lo que ha sido desbaratado, al final del camino ninguna línea trazada por los centros de poder deberían ser más fuertes que el amor y la bondad humana. Este maltratado planeta sigue siendo nuestro espacio común, único y compartido.
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