Francisco González Cruz
No es extraño que una persona, lugar o un país que haya sufrido una gran tragedia se recupere y logre prosperar de nuevo. La “noche oscura del alma” de San Juan de la Cruz, en la que luego del miedo y la desesperanza llega el sosiego y la luz, se puede utilizar como metáfora de ese proceso de crisis que, si existen fuerzas espirituales poderosas, culmina en un proceso de transformación que lleva a la plenitud.
La tragedia por sí sola no lleva a los cambios positivos, tienen que existir reservas morales, memoria, tejido social y liderazgo auténtico para resistir y moverse no al pasado sino a un nuevo orden de calidad superior. Haití y Cuba son tragedias de larga data en las cuales han jugado fuerzas de distinto orden para mantener situaciones insoportables para una vida plena.
Venezuela ha sufrido una gran destrucción institucional causada por el socialismo del Siglo XXI que se tradujo igualmente en el daño generalizado a la infraestructura material del país, también de la educación, la salud, los servicios públicos, la economía, el tejido social y familiar y de la gran mayoría del pueblo en lo que se ha calificado como “crisis humanitaria compleja”.
La desarticulación de las familias ha sido quizás el daño más profundo. Nuestra identidad era definida por el arraigo y por recibir con los brazos abiertos a los que venían en búsqueda de mejores niveles de vida. Hoy prácticamente no existe un hogar que no haya sentido la ausencia de un ser querido que ha sido forzado a buscar afuera mejores condiciones de vida, para sí y para los que se quedaron.
Todo ese daño, tan extenso como profundo, ha tenido un efecto positivo: el valor que ha adquirido para los venezolanos la familia. La diáspora y las carencias cotidianas han hecho que la gente valore más la institución familiar, raíz y soporte de todas las demás de la instituciones. No estábamos acostumbrados a esa dispersión tan terrible y ahora añoramos el cotidiano «la bendición» de los hijos y los nietos, de los padres, los abuelos y los tíos.
Así mismo el aprecio por el lugar y sentir esa sensación agridulce de la añoranza por el espacio íntimo y conocido, que los venezolanos veíamos en los inmigrantes y que se apreciaba en los nombres de sus negocios y sus casas, en los productos que ofrecían, sobre todo los majares lugareños de sus cocinas de origen, y así los venezolanos aprendimos a saborear los platos españoles, italianos, árabes, chinos, colombianos, ecuatorianos, peruanos y de otras nacionalidades. Hoy la nostalgia hizo global a la arepa, los tequeños, las cachapas, el pan de jamón, el ron y otras delicias.
Otro de los elementos que se pueden considerar en esta revalorización de lo nuestro causada por la tragedia, es la condición horizontal de los venezolanos, sin diferencias insalvables entre nosotros. Nos sentimos iguales compartiendo una misma y noble historia, un territorio hermoso y variado, un idioma común, unas creencias compartidas, todos somos de color “café con leche”, unos más cerca del café y otros de la leche, pero todos hijos de un fecundo mestizaje que nos hace tolerantes y abiertos a los demás.
Hoy el pueblo venezolano está muy consciente que la tragedia sufrida en estos años es superable rápidamente si vuelven la libertad y la democracia, si la justicia se impone en que en un clima de respeto a la dignidad de la persona humana y la primacía del bien común. Todo eso está en la actual Constitución y de lo que se trata es de que se cumpla. Ese es el maravilloso proceso de transformación que la devastación de tres décadas ha logrado en la mayoría de los venezolanos.
Por esta toma de conciencia del pueblo hay razones para saber que el luminoso amanecer está cerca. La organización y la movilización se convierten en las herramientas más valiosas para que ese convencimiento logre la transformación que se quiere y que quede atrás la noche oscura.





