De círculos perversos y círculos virtuosos | Por: Francisco González Cruz

 

Sary Levy, en una excelente entrevista reciente, me recordó a Gunnar Myrdal, premio Nobel de Economía de 1974 y a su esposa Alva, premio Nobel de la Paz en 1982, porque habló con profundidad y sencillez del inmenso daño que puede sufrir una sociedad cuando se desencadena un proceso de “causación circular acumulativa” perverso. También de los efectos positivos cuando ese proceso es virtuoso. Y habló como una economista humana, al servicio de la dignidad de la persona y del bien común, como Alva.

Ambos, Gunnar y Alva, fueron activistas políticos, ayudaron a crear el estado de bienestar en su país, Suecia, y a dotar de bases teóricas para contribuir al desarrollo humano integral. Su estadía en la India los ayudó a comprender las causas del subdesarrollo, y cómo las instituciones políticas y sociales pueden contribuir a profundizar el subdesarrollo o a salir de él.

Sary Levy destacada economista y activista política y profesora en la Universidad Central de Venezuela y es Individuo de Número de la Academia Nacional de Ciencias Económicas . Su foco en el mundo del pensamiento es que sin instituciones sólidas que generen confianza no hay posibilidad de generar bienestar. Para el caso de Venezuela, su razón de ser existencial, su pensamiento y su acción es procurar salir del círculo perverso que se instaló en Venezuela desde hace casi 30 años, y sustituirlo por un virtuoso.

La causación circular acumulativa perversa del llamado Socialismo del Siglo XXI se inició en 1992, hace 34 años, cuando un grupo de militares de rango medio irrumpió contra la democracia instalada en 1958. Esta democracia mostró su debilidad institucional al no tomar las decisiones adecuadas, tanto para sancionar de manera ejemplar a los sediciosos, como para corregir sus propias carencias y realizar las necesarias reformas planteadas por amplios sectores de la vida nacional.

Esa democracia débil permitió la llegada al poder de esa facción golpista, y allí se inició la tragedia institucional que derivó en el mayor desastre económico y social que haya experimentado un país en el mundo, sin que haya mediado guerra alguna. La maldad se instaló en el poder para utilizar la gran riqueza material de Venezuela como un gigantesco botín, destruyendo personas y familias, y llevándose por delante mucha gente y organizaciones que se daban por decentes. “La traición de los mejores” diría Don Mario Briceño Iragorry, o la cobardía cívica, diríase en el nuevo léxico que trata de explicar esa conducta.

Pero en alguna parte les salió el tiro por la culata. La mayoría del pueblo venezolano aprendió la lección y el sufrimiento, las carencias y las humillaciones hicieron posible la emergencia de lo más noble del alma nacional. Hoy los venezolanos están orgullosos de su país, aman la familia y sueñan con su reencuentro. Quieren abandonar bonos y dádivas miserables del Estado para trabajar con ingresos dignos. Aman la paz y que los conflictos se resuelvan por las vías no violentas. Que las groserías, las mentiras y los insultos abandonen el lenguaje y regrese la decencia, sobre todo en aquellos que por sus posiciones públicas deben dar buenos ejemplos.

La crisis profunda es de las instituciones formales, en las cuales nadie confía. Las instituciones no formales, la propia gente, la familia, los vecinos, la sociedad civil organizada, emergen del desastre fortalecidas y confiables. Esta sí es una base sólida sobre la cual se pueden levantar las instituciones formales, públicas y privadas. Así, Dios mediante, se iniciará desde ahora un círculo virtuoso que dará lugar al futuro luminoso que le espera a esta Tierra de Gracia.

 

 

 

 

 

 

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