Celebrar la vida | Por: Antonio Pérez Esclarín

 

Por: Antonio Pérez Esclarín

 

El pasado miércoles murió mi gran amigo Juan Mari Irigoyen. Muy consciente y alegre hasta los últimos momentos, nos pidió que no lloráramos su partida sino que celebráramos su vida. Tuve la suerte de despedirme de él y le escribí estas palabras: “Decidiste con gran valor emprender el vuelo definitivo al corazón del Misterio. Siempre fuiste un enamorado de la existencia y de la vida, a la que supiste valorar y apreciar en sus múltiples manifestaciones, defenderla y darla hasta en estos  momentos definitivos en que has querido donar tus órganos, para posibilitar la vida de otros. Por ello, siempre aborreciste la mentira, el cinismo, la manipulación, la dominación, y por ello sufrías tanto con la degradación de la política que, separada de la ética esencial, se ha convertido en negocio, espectáculo, engaño, ambición, cinismo, corrupción.

Como místico de la cotidianidad, eras capaz de pasar horas contemplando asombrado el milagro de un arroyo, las caricias de la brisa, los besos de las flores y los vuelos  de una mariposa. Pero también te ponías muy bravo  cuando presenciabas el maltrato, la ofensa, la vejación. De los miles de recuerdos que atesoro, quiero acercar a tu cama de cruz y de fuente de vida, nuestra vivencia en un viaje a Colombia cuando estábamos cenando en un restaurant popular y los niños de la calle se colgaban hambrientos a los vidrios  y, cuando alguien abría la puerta para salir,  corrían a agarrar las sobras de las mesas. Los mesoneros trataban de sacarlos a gritos y golpes y entonces tú, un verdadero Quijote de la justicia y el amor, les pediste a los niños que entraran al restaurant y ordenaste a los mesoneros que les sirvieran los platos de comida que quisieran. Recuerdo también cómo en uno de nuestros viajes por la selva del Amazonas, fuiste capaz de regalarles a un grupo de niños yekuanas los últimos chocolates y las latas  de atún y de sardinas  que nos quedaban.

Toda mi vida me he esforzado por seguir creyendo en el Dios del Amor y de la Vida, y quiero confesarte que tú siempre has robustecido mi fe, pues para mí los destellos de bondad de los corazones nobles, sencillos y bondadosos  son una prueba irrefutable de la existencia de ese Dios Amor en cuyos brazos vas a descansar definitivamente.

Como nos lo has pedido,  no voy a llorar, y si se me escapa alguna lágrima será de alegría y agradecimiento. Voy  a brindar por tu vida, por tu entrega, por la amistad, más fuerte que el tiempo y las distancias. Vas a seguir muy vivo no sólo en mis recuerdos sino en mi corazón y en mi vida. A tu lado seguiré soñando y trabajando sin rendirme  por un mundo de justicia, que garantice a todos y todas vida digna.  Tus  ojos claros, donde se empoza y arracima la risa, seguirán guiando mis esfuerzos. Escucharé tu voz en el susurro de la brisa, contemplaré tu mirada clara y limpia en el reflejo del agua, las montañas me hablarán de tu solidez y fortaleza, y cuando vea una mariposa sabré que eres tú,  definitivamente libre y liberado  de tu caparazón de oruga.

Agur, Juan Mari, hasta pronto. Espérame con esa sonrisa diáfana y con tu mano tendida como me esperabas en los repechos más fuertes del Txindoki, la última montaña  que subimos juntos, allá en tu tierra, que tan sabiamente has sabido reflejar en tus maravillosas novelas.

Mi esposa Maribel, ella sí con abundantes lágrimas, te dice que te quiere mucho y que te diga que en estos últimos meses has escrito con tu vida las mejores páginas de tu amplia bibliografía

 

 


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