Por: Juancho José Barreto González
Aquí no se habla de ciertas cosas, aquí se callan ciertas cosas. En el cartel estaba escrito en letras pequeñas: Si usted permanece mudo es mejor, siga la corriente, no piense, no reflexione. Sólo siga la corriente. El río iba y venía. “En la sociedad de loros todo se repite, la misma letanía siempre. Nada cambiaba, aunque parecía que algo cambiaba”. Todo era una ilusión óptica, una ideología falsa, una visión distorsionada de la visión.
Por dentro estaba roto. El silencio se le metía por todas partes. Los gemidos al tratar de escaparse se convertían en diatriba pura. Ya el cuerpo deliraba, lo jalaban de aquí y de allá, no tenía donde rendirse de cansancio. Se mantenía como un títere colgando de hilos invisibles, los guiones se entrecruzaban, se confundían tanto que parecía ser y no ser al mismo tiempo. Ambos se disolvían, se diluían entre si y el rostro era indiferentemente cínico y audaz, productor de abismos, abismal.
Otra vez, o alguna vez, otro se detenía en el camino otra vez. Estaba solo, se encontraba solo, solo otra vez. No necesitaba decirse nada, solo pensaba y las palabras le hacían señas para no hablar, no era necesario hablar, había que caminar hacia dentro y jugarse la vida por el oxígeno del espíritu. Nada de afuera, o casi nada, le decía nada.
En el cuadro siguiente se presenta una mano sobre un hombro. Vamos a hablar un poco le dice después de tres palmaditas. Tres palmaditas. Esto se escucha interesante. Palmarse, calmarse. Así comienzan a reunirse las cualidades para el enlace. Cualidades. A veces hay condiciones, pero no cualidades. La cualidad es una energía que se desprende de las manos y palmean los hombros del mundo, lo animan a entenderse. A veces el mundo es un féretro pesado que pesados hombros llevan con sus manos midiendo el instante trágico.
Luego del instante, se sacuden las manos. Unas se van a la siembra y otras a la guerra de los loros. Los loros se repiten incesantemente, los que siembran hablan, hablan un poquito hasta que todos hablen y siembran las palabras. Es el origen de la agricultura del lenguaje.
Las manos que hablan les dan tres palmaditas al cuerpo de la vida. Por la crisis del tiempo el calor intenta derretirlas para volverlas melcocha, no mermelada. La mermelada viene de las frutas de las palabras, del racimo viviente del camino. Caminar, ahora, hacia dentro y hacia fuera, regar el árbol de las palabras buenas para comer y alimentar al pobre cuerpo sediento y hambriento.
“Sin el agua de ese río primordial no podemos vivir. Se le llama líquido vital, fluye y se filtra, con el temor de evaporarse, en lo más adentro de las conciencias. Este es un lugar dinámico, eléctrico, detonante y plácido. El agua riega los árboles amenazados por la quema, nutre sus frutos y nutre las manos sembradoras. Por la tarde celebran con una taza de café y hablan otro poco, meditan”.
Debemos abonar este mundo interior, personal. Salir a flote navegando este río, este delta que nos distribuye hacia todos los lados. Sin este espíritu, nos volvemos polvo seco y nos perdemos de las maravillas del compromiso con la vida sonora, esa vida que se mueve con la brisa y mueve sus frutos y los acerca para alimentarnos.
Las manos, la boca y las palabras necesarias. Palmarse y calmarse mientras por el frente los loros se pasean pavoneándose entre sí. Este río no ríe, este río pavoroso está lleno de costras y no llega a ningún lugar.
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