Don Cristóbal Colombo tenía años buscando apoyo para su proyecto de abrir nuevas rutas por el Atlántico para llegar al Asia, donde aguardaban las ricas islas de las que hablaba Don Marco Polo 200 años atrás. Estas tierras que hoy habitamos anunciaban su presencia fantástica en la literatura de entonces. También en la cartografía. Un mapa de Henricus Martellus de 1489 colocaba “la cola del dragón” en la maravillosa Asia de las ilusiones auríferas.
Por fin, después de tantas carreras, conferencias y demás reuniones, Colón logra firmar el 17 de abril de 1492 las Capitulaciones de Santa Fe, donde se acuerda, entre otras cosas del contrato, concederle el título “hereditario” como Almirante del Mar Océano, Virrey y Gobernador, además de gozar del diez por ciento de las ganancias. Estamos frente, entonces, al primer contrato para adueñarse de estas tierras “fabulosas” en nombre de Zutano y Mengano, etc. Poseedor y dador, el primer representante empresarial de nuestro “descubrimiento”. Un contrato para expandirse en nombre del divino señorío que así arrancaba en su experiencia como sistema colonizador, capaz de demostrar su superioridad mental e institucional para lograrlo. Detrás del fulano contrato se abre una historia tantos para aquellos como para nosotros. Esta larguísima etapa se cerrará en 1898 con la derrota de España por los Estados Unidos.
España comenzó a venirse desde las primeras embarcaciones, allí venían sus mundos que nos invadirán y convertirán. El nuevo mundo comenzó a montarse con todo el instrumental cultural de los conquistadores que ya poseían todo un sistema relacional y categorial para ponernos bajo su disposición. La cruz, la corona, la espada y la empresa sabían ponerse de acuerdo para que la cosa no fracasara. No había de este lado la fuerza esencial para resistir y expulsar al recién llegado. Los recibimos como dioses mitológicos. Al rato, nos sirvieron de aliados para derrotar a “nuestro enemigo vecino”, esa otra etnia que disputa mi territorio y mis dioses. Esto no es nuevo por estos lares, todo imperio tiene sus técnicas. La América Latina del siglo XVI, inaugura el choque desigual entre formas distintas de mundos a las que se le sumará luego la de los esclavos “comprados” en África.
En 1498, en su tercer viaje, Cristóbal Colón “descubrió” nuestro disputado paraíso terrenal. Ya este personaje histórico era Virrey de las Indias gracias a la Capitulación firmada con los sagrados reyes y sus financistas. Años después los hijos de Colón entran en conflicto con la Corona para conservar la herencia de su padre. En lo sucesivo, no sin conflictos, Diego Colón es nombrado gobernador de La Española. Las conocidas Capitulaciones de Santafé inauguran la historia de los contratos para repartirse “las fabulosas tierras infinitas que se abrían al porvenir de los imperios”. Quien primero llegaba decía sin tapujos, en nombre de la sublime autoridad del momento “esto y esto, todo esto es mío”. El fin de los contratos de este tipo era sin duda, legalizar tales apropiaciones. La historia humana está llena de este tipo de textos y procedimientos. Los modos de pensamiento de los jefes de los conquistadores y de los conquistadores mismos se mueven en la instrumentalización de estas doctrinas cuya base epistémica materializa “el ego conquisto”. Detrás de la invasión se instrumentaliza, la invasión misma es parte de ello, la mentalidad ecuménica de “un pueblo superior” que “emprendió en América una gran paideia sobre múltiples pueblos heterogéneos (…) entendiendo por paideia la transculturación unificante y universalizante de etnias dispersas y localistas. Quede claro: la transculturación no se hacía, ni podía hacerse, sobre la base de la igualdad entre transculturados y transculturadores; la batuta del proceso estaba en manos ibéricas” (JM. Briceño Guerrero, El laberinto de los tres minotauros, 2da edición, 2007, p. 156) … (Cap. 11, Casa Doble. Memorias breves de una casa amenazada, p.p. 65-67).






