Briceño Iragorry maestro de la venezolanidad | Por: Pedro Frailán

 

Por: Pedro Frailán

 

Mario Briceño Iragorry fue un escritor de gran amplitud en las diversas áreas del conocimiento, dejando un patrimonio cultural cargado de sentimiento venezolano. Se dice que hoy día son documentos históricos, pero con una vigencia intacta, donde el tiempo pareciera que no hubiese pasado, se piensa que sigan teniendo una presencia viva  por una larga duración. Al recordar algunos textos podemos mencionar a Mensaje sin destinoAvisos a los navegantes, La hora undécima, Diálogos de la soledad. Su gran honestidad como escritor fue que reseñó los hechos, sucesos, procesos y los hombres tal como fueron con sus virtudes  y defectos. Desde el criterio humanista elaboró un legado que lo dio a conocer como ensayista, político, diplomático y  maestro en ejercicio  e idealista como pensador, un visionario y soñador.

Cuando se afirma que es un maestro de la venezolanidad, es porque en sus constantes escritos, se dedicó a destacar la importancia de los valores de Venezuela, como conjuntos de principios culturales. Por esa razón a Uslar Pietri le responde desde la tribuna de Mensaje sin destino, que antes de sembrar el petróleo primero había que sembrar cultura.  Se dedicó a resaltar la patria, la identidad, la república, las costumbres, las tradiciones, la nacionalidad como elementos para fortalecer a la nación, lográndose por medio  de un proceso educativo, que tuviera la oportunidad de llegar a todos los sectores de la vida.  Pero con un sentimiento de cariño y amor por la tierra que nos ha  visto nacer y, al mismo tiempo, poder retribuirle con ese mismo cariño, amándola cada día, y para ello está la historia como un recurso para engrandecer y fortalecer la patria.

En el transcurso de su vida tuvo la oportunidad de encontrarse con la enseñanza como un manantial para la formación de las nuevas generaciones de la época. Cumplió con el ejercicio de la docencia como profesor en el colegio Santa Rosa de Lima. Después como director del colegio Andrés Bello. Planteó la construcción de una teoría educativa venezolana basada en los siguientes postulados: “Necesidad de la formación educativa de las masas fundamentalmente en lo cívico. Atención prioritaria a la creación de una conciencia moral. Valorización de las obras de la cultura universal como instrumento de superación del hombre. Papel del Estado en la educación del pueblo. Conceptualización de la educación universitaria. Misión de la educación primaria”. (1991:58). Estaba convencido que con esta doctrina educativa la formación del hombre venezolano era un mayor compromiso con la nación.

Su gran pasión fue la historia como un recurso didáctico, reflexivo y entusiasta,  desde ahí  demostró un gran entusiasmo  por la enseñanza de la historia de Venezuela como un magisterio. Dictó  esa cátedra en el Instituto libre de La Cultura Popular, donde elaboró un trabajo titulado La historia como elemento de creación. Afirmando lo siguiente: “Debemos encaminar nuestros mejores esfuerzos hacia un etapa historicista que nos capacite, por medio de mejores instrumentos de investigación y de crítica para el cabal conocimiento de las leyes de nuestro desenvolvimiento” (1972:28). Justificaba esta posición porque era un convencido de que la vida  presente es una continuidad necesaria.  De investigar los antecedentes inmediatos y lejanos en el tiempo, para la comprensión y el equilibrio del mundo actual que cada día, se iba haciendo más complejo.

Para el año de 1926, publica lecturas venezolanas con la finalidad de que este texto se convirtiera en un corpus de pensamiento venezolano, se iniciaría con uno de los más hermosos documentos bolivarianos como lo es Mi delirio sobre el Chimborazo, es decir, esta publicación venía envuelta en el manto de iris. La temática planteaba el estudio sobre la patria, la naturaleza, las actividades sociales, la mujer y el amor, el hogar, la muerte y la religión. Toda una construcción de conocimiento integral, para que el niño conociera las raíces venezolanas. El propio autor en el prólogo dijo: “Nada más lógico que cuando el niño ya sepa leer, dirija sus miradas a nuestros propios escritores: esto  más que realizar un fin patriótico contribuirá a preparar la cultura del alumno para ulteriores estudios de literatura”. (1959:5). Decía que este libro sería de fácil interpretación para los niños, ya que las colecciones por su condición voluminosa, no los motivaba a la lectura y, como es obvio, a su comprensión.

Una constante insistencia para él fue la familia, que la calificaba  como la institución primogénita de la sociedad, la más cercana a todas las acciones y hechos en que se desenvuelven sus actores, dentro de una codificación de valores o antivalores. Por ello es que tiene esta inquietud de elaborar un capítulo al hogar y trae a la memoria trabajos de Andrés Eloy blanco, su conocido poema los hijos infinitos, Enrique Planchart, Luis Valera Hurtado, Mariano Picón Salas, Julio Calcaño entre otros. El espacio más apropiado para la formación de un ciudadano es el hogar, por ello Luís Javier Hernández  sostiene que: “La transmisión de conocimientos se da por medio de la trilogía Madre – Padre – Hijo en el seno del hogar como la gran caldera donde se funden los más amorosos ingredientes para la formación de los miembros de la familia.” (1993:138). Este juicio demuestra que la entidad  es esencial para el aprendizaje, la formación del hombre y el ciudadano de una nación, reside en la familia.

La educación es una actividad humana que le garantiza al hombre una realización propia, es una herramienta para generar cambios. Es una esencia natural de los agentes sociales, en consecuencia son ellos, los ciudadanos  que fundan las instituciones, que han permanecido en cualquier etapa de la humanidad. Por esta razón, es que siempre se ha hablado de un presente histórico, que ha de engrandecer la memoria y el destino de los pueblos con valores  y  ética. “A esta  dimensión ética, agrega una dimensión operativa en la cual la territorialidad espiritual de la patria  guarde relaciones  de correspondencia con los contenidos de pueblo y nación”. (1998:138). La patria para Briceño Iragorry siempre fue su principal preocupación, que desde la escritura debió fortalecer, porque en ella reside un sentido de amor maternal entre la progenitora y sus hijos, por lo tanto, el amor debe ser reciproco y con un compromiso fraterno.

El maestro Briceño Iragorry sintió una honda preocupación por la pérdida del sentido histórico y de los valores del venezolano, la cual debilitaba grandemente a la identidad nacional. Es por ello que escribe la historia de la patria para fortalecer la nacionalidad, se transforma en defensor de la dignidad e integridad de la nación observando las realidades sociales, políticas, económicas, pero sobre todo, las culturales del país. Testificaba que estábamos viviendo una crisis de país, de la cual no se escapaba la educación, trayendo como consecuencia  la crisis de hombres. Para superar estos males de la nación no quedaba otra solución que educarlo, necesariamente porque un pueblo sin formación es un pueblo sin conciencia, por esto y muchas razones se convirtió  en el maestro de la venezolanidad y, mientras no superemos estos males, su pensamiento seguirá vigente.

Lecturas Venezolanas, un libro para leer en los primeros años de nuestra existencia, un texto que es una descripción de lo que es el país, desde el contexto cultural. Es un viaje por los distintos géneros literarios. Además recuerda una serie de personajes que han hecho posible la creación de una nación llamada Venezuela, que no solo han sido guerras, caudillismo, militarismo y presidencialismo, sino que es una construcción de todos en los distintos tiempos históricos.

 

Nota: El presente trabajo fue presentado en el marco del evento Memoria, Voces, y Nuevas Letras, en homenaje al 129.° aniversario del natalicio del Don Mario Briceño Iragorry y al Centenario de Lecturas Venezolanas, organizado por la Cátedra Libre del Ateneo de Valera en el SADET (Valera, Venezuela) 17 de septiembre 2026

 


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