Miguel Ángel Malavia
Sin entrar en análisis pormenorizados, una visión general de la historia del hombre nos arroja una certeza: la inmensa mayoría de las personas, ayer, hoy y mañana, pertenecemos a la clase trabajadora. Son pocos los que pueden vivir sin que una nómina (o varias) entre en su hogar. Y son poquísimos los que tienen tanto que no necesitan levantarse al salir el sol para acudir al lugar en el que están empleados.
Tal vez nos cueste tener perspectiva para verlo claro, pero, con la excepción de nuestro tiempo (y no en todas las sociedades, ni mucho menos), los ‘abajados’ por la estructura social dominante (desde el feudalismo hasta el dominio de las aristocracias, y aun el de las burguesías que imponían la trampa del turnismo entre facciones políticas, en democracias falseadas) solo han podido abrirse paso en un choque convulso. Cada derecho humano y social conquistado ha sido a precio de sangre.
Ahora, cuando vivimos en democracias plenas en las que la protección y mejora de la justicia social puede abrazarse a través de un voto libre, el materialismo imperante nos ha ahogado la pulsión. Paradójicamente, los que más poseen nunca lo han tenido más fácil a la hora de imponer sus intereses, que son absolutamente contrarios a los de la inmensa mayoría. Estamos abotargados por una falsa sensación de bienestar en la que creemos que tenemos todo y no nos falta nada. Pero nos frustramos porque queremos más y nos cuesta ser felices.
Pocos lo han visto tan claro como el papa Francisco en su encíclica Laudato si’, en la que clama por la digna custodia del mundo que nos ha sido regalado, así como contra la injusticia climática (que no sufran sobre todo las consecuencias de la depredación del planeta quienes menos la han causado). Pero también ahí, y en otros numerosos mensajes, Jorge Mario Bergoglio nos deja una maravillosa lección de vida al apelar a “la sabiduría de los pueblos indígenas”, que, ajenos a esta apoteosis de los intereses trastocados, nos regalan “la sabiduría del ‘buen vivir’.
Pero, ¿en qué consiste esta? Sencillamente, en “vivir en armonía con la creación”. Esto es, en andar despacio, degustando cada detalle, mirando a los ojos a nuestros semejantes y disfrutando de conversaciones auténticas y sin mirar el reloj. Y, aún más, siendo conscientes de lo que somos. De nuestra identidad. De que está en nuestras manos salvaguardar la armonía, el buen vivir y la justicia social.
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