
Por: Raúl Díaz Castañeda
A finales de la década de los 70’s, Valera, aunque todavía ciudad pequeña y joven (apenas a siglo y medio de su constitución como parroquia eclesiástica), lucía un esplendoroso desarrollo cultural. El Ateneo, corazón de la ciudad, dictaba el pulso con una enriquecedora actividad de puertas abiertas a todas las tendencias del sector en sus distintas manifestaciones, perfectamente ensamblada a la Federación Nacional de Ateneos. lo que le permitía participar localmente en festivales internacionales de teatro y presentar concertistas de reconocido prestigio y conferencistas de alta calificación intelectual.Los colegios profesionales funcionaban con vigilancia cuidadosa de la ética y activando programas de permanente actualización en los avances científicos. El colegio de periodistas, con sede propia, practicaba y hacía valer la libertad de expresión y de pensamiento. El diario El Tiempo, consolidado económicamente, era la viva voz de las comunidades, y al final de esa década (1978) es fundado el periódico Diario de los Andes, que con innovaciones técnicas, profesionalismo de lujo y secciones internacionales, con una cobertura triestadal andina, inicia una trayectoria que le merecerá en 1990 diploma como mejor diario editado en la provincia, dentro del Premio Nacional de Periodismo. Esa fue la Valera, dinámica y progresista (su lema), en la que el joven periodista Ramón Rivasáez comenzó el su hoy ya muy largo camino de poeta.
Rivasáez dentro del diarismo regional, principalmente en Diario de los Andes, siempre se encargó de las noticias producidas en la dinámica del sector cultural, y durante un tiempo excepcionalmente largo para estos propósitos, mantuvo en Diario de los Andes, con el escritor, poeta, ensayista y profesor universitario Rafael José Alfonzo (Coro, estado Falcón, 1949) unas páginas de temática literaria de altísima categoría, bajo el título Santa Palabra. Con otros amantes de la poesía formó parte de la que pudiéramos llamar Peña Poética de El Tequendama, un grupo desaparecido que logró ubicación legítima en la Historia de Valera. En torno de la figura del poeta Antonio Pérez Carmona, que la presidía, se reunían casi diariamente, para entre cervezas y los sabrosos platos criollos del lugar (con la empática aceptación del dueño, don Manuel Angel Peña), los más destacados intelectuales de izquierda de la ciudad, entre los que recuerdo a Nelson Pineda, Antonio «Toño» Vale, Henry Montilla, José Pumar Paredes, Ramón Palomares (ocasionalmente, cuando lograba desprenderse de Mérida), Lenín Pérez Rangel, y dos memoriosos y agradables contertulios, recitadores, William Cestary y Luis Daniel Terán, hermano de la Divina Ana Enriqueta. En esa época inicial, Rivasáez encarnó la figura y el pensamiento del poeta y creador plástico Dámaso Ogaz, chileno, discípulo de Pablo de Rokha, quien había sido activo participante de El techo de la Ballena, aquel extravagante movimento cultural contestatario de los sesenta que pretendió, sin lograrlo, urticar el nuevorriquismo de una Caracas que con un pañuelo pasaba de largo frente a la puerta de aquel lugar, hasta que lo cerró la Unidad Sanitaria, según lo referido por el escritor Salvador Garmendia.
Allí, en El Tequendama, celebró Rivasáez su primer poemario: disparos al Corazón inalámbrico, con presentación de Antonio Pérez Carmona y diagramación y dibujos de Dámaso Ogaz. Poemas nada convencionales (estructuralistas, los califica Pérez Carmona) que a veces enfrentan el espacio de la página o sugieren caligramas. La influencia de Ogaz es evidente. Ninguna de Palomares.
Después publicó: Monte de Venus (1991), Subterráneo (1994), El último bar del oeste y otros poemas (1996), Prodigios (1998), Diario de poemas (2003), La faena y los días (2005), Motatán canto al río (2005), El oficio de la mañana (2012).
Hace muchos años Rivasáez se residenció en Barquisimeto, donde ha continuado su trabajo como periodista cultural y escrito casi todos sus libros, y sigue siendo colaborador de Diario de los Andes. Al prologar su poemario Motatán canto al río dije:
«En su vuelta trajo dos libros (no publicados), La faena y los días y Motatán canto al río, en los que deja oir algunos ecos de su tierra, concisos, desnudos de alardes y sin las audacias gráficas de los primeros que escribió bajo el ojo de Dámaso, condensaciones con elegancia de haikú: sugerencias, destellos, murmullos; la humedad de un roce temprano, ciertos aromas, que dejan los deslumbramientos a la imaginación; poemas que nos devuelven con nostalgia a un olvidado José Juan Tablada… En su Canto, Rivasáez no menciona al río Motatán más allá del título, ni una sola vez, siquiera para evitar el desvarío. Lo deja a Merced de los tributarios…»
En el último de sus poemarios, El oficio de la mañana, su prologuista poeta Ramón Querales recomienda que la lectura de sus poemas «se haga sin apresuramiento ninguno, con la lentitud semejante a la que se adopta un añejo y buen licor de difícil adquisición por no ser común su elaboración». Así es.
Ramón Rivasáez nació en Valera el 12 de abril de 1949.
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De su primer poemario:
UNA MOSCA
CONFUNDIDA
EXTRAJO UN PEDAZO DE CARNE
POR UNA RENDIJA
ALCANZO SU MAXIMA ASPIRACION
LA MOSCA REVENTO
ESTABA ENCINTA
De Motatán canto al río
Rio Colorado
de los Cuicas
viene con el oro
sobre la pequeña meseta
pasa por cañaverales
tentado de saetas
mirando el sol
en caminos estrechos
de verde cerco
desciende haciendo jirones
la voz el pavor
Del último
Llegas espléndida
para socorrer el universo
contribuir al equilibrio
de la Venus de Boticelli
el porte todo tumulto de la sin razón
donde el espejo y el manantial
buscan la locura irremediable
de tu inquietante seducción
mujer que apareces de repente
enloqueces las palabras
las sometes al escarnio
al vaivén de los sueños
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