
Ateneo de Valera Cátedra Libre
Mario Briceño Iragorry
APUNTES PARA LA DESMEMORIA | PEDRO MALAVE COLL
Por: Raúl Díaz Castañeda
El 31 de enero de 1974 murió, después de una corta agonía, Pedro Malavé Coll. Valera entera lo lloró. Había nacido en Pampatar, Isla de Margarita, el 15 de enero de 1914. Una vida muy corta, apenas 60 años. Pero la vivió intensamente, sin desperdicios, desde su niñez, con una resistencia corporal forjada en innumerables dificultades, reforzada por una espiritualidad sincera, y una dignidad de tan alta categoría, que le ganó de la ciudad de Valera un respeto sin tacha.
La vastedad sonora del mar de su isla, seca y rústica, le dictó una ansiedad de horizontes abiertos y soñadas invenciones. A los ocho años de su edad, quedó huérfano de madre. Tuvo una bondadosa madre sustituta, pero en la desolación bañada por las espumas marinas y techada por el vuelo de las gaviotas, buscó respuestas imposibles. Se refugió en lecturas de grandes escritores y poetas, que le sensibilizaron el espíritu, para encontrar un tardío sentido de su existencia en la Biblia. Por eso, en su madurez, cuando se consagró como orientador de jóvenes que querían dedicar su vida a la literatura, les sentenciaba: «Quien no ha leído la Biblia no es persona culta».
Su padre era un buen lector, pintaba y le gustaba el trasnocho y la bohemia, pero fue muy rígido con él. Recordaba a su madre como adornada de una serena belleza, con una transparencia casi milagrosa en la que podía uno ver su alma. Del padre sólo recordaba su mal carácter, aunque nunca lo maltrató físicamente. Con un buen sexto grado pasó su adolescencia y temprana juventud en la Isla, desempeñándose en diversos oficios que le permitieron cierta independencia, pero cuando cumplió los 23 años de su edad, se dijo «Esto no es lo mío» y se fue de allí para no regresar.
Con aquel viaje de adiós a la Isla para ir a buscar un incierto destino, de la mano de Dios o del diablo, emprendió una larga aventura que muy pocos pueden narrar de sí mismos. Vivió en Cumaná, Caracas y Maracaibo. Fue aprendiz de sastre y mecanógrafo de dos dedos en una oficina de embarques, aburrido centinela, alegre empresario teatral, buhonero, viajante de comercio, fabricante de jugos, político clandestino, auxiliar de farmacia, funcionario público, concejal, empresario tipográfico, preso político, periodista, editor de periódicos, revistas y libros, espontáneo servidor público, activista cultural y lector incansable de las Santas Escrituras. En Maracaibo estuvo recluido en un sanatorio antituberculoso. Fue torturado por sus ideas políticas. Fue hombre de providencia, compañero oportuno y eficaz, amigo fiel y útil, prójimo de mano abierta hacia las calamidades. Y cuando le pareció que su partido Acción Democrática le daba la espalda a sus principios doctrinarios, renunció su militancia y pasó a ser opositor.
Llegó a Valera en 1941, sin nada en el bolsillo, a fundar con dirigentes locales el partido de Rómulo Betancourt, Rómulo Gallegos, Andrés Eloy Blanco, Valmore Rodríguez, Raúl Leoni, Luis Augusto Dubuc y Luis Beltrán Prieto Figueroa, sus admirados amigos de siempre. Y aquí se quedó durante 33 años, para convertirse por su hacer excepcional en una de las figuras de mayor relieve en la historia de la ciudad, con epicentro en la Editorial Valera, su empresa tipográfica, que fue por muchos años un animado centro cultural, como lo había sido muchas décadas antes el Centro Industrial del bachiller Pompeyo Oliva, en sintonía permanente y hermanada con el Ateneo de Aura Salas, Ramón Vielma Briceño y Alicia Jelambi. Actividades en las que siempre, con fervor y lealtad, le acompañó su esposa, doña Albertina Quevedo Durán, con quien se había casado en 1948.
Entre los asiduos contertulios que allí hablaban de política, historia, literatura, poesía y problemas sociales, recuerdo al padre Juan de Dios Andrade, a los doctores Pedro Emilio Carrillo y Jacob Senior, a los poetas Pedro Pablo Paredes, Antonio Cortés Pérez y Antonio Pérez Carmona, casi todos los periodistas que como tales ejercían su oficio en Valera, sus compañeros de la Asociación Venezolana de Periodistas, de la que había sido miembro fundador, y cuando a la ciudad venía, Adriano González León, de quien, en la adolescencia de este, había sido su admirado tutor.
Don Pedro Malavé Coll y doña Albertina Quevedo no tuvieron hijos, pero creo que ninguna pareja matrimonial en ninguna parte haya apadrinado tantos niños como ellos, más no la simple ceremonia de las aguas lustrales y la bendición casual, sino desde ese momento y hasta la adultez en contacto permanente, y algunos vivieron en el agradable ambiente amoroso de su hogar. Fueron dadivosos sin ningún otro propósito que remediar o paliar situaciones difíciles de gente sin recursos; nadie que a la puerta de aquella casa tocó para solicitar una ayuda, se fue con las manos vacías. Pedro Bracamonte, que llegó a ser un exitoso empresario en las artes gráficas, entró a Editorial Valera como aprendiz de tipografía a los 13 años de su edad, donde con el apoyo de Pedro Malavé, y oyendo a los contertulios luminosos que allí se daban cita, no sólo se hizo hombre de cultura respetable, acucioso corrector de escritos y excelente diseñador gráfico, sino que, al separarse de aquella empresa para montar la suya, fue desde esta un colaborador de los sectores culturales, lo que había aprendido de quien pudo decir fue su padre putativo.
Editorial Valera, fue la primera empresa tipográfica regional que introdujo el linotipo, que con una guillotina industrial, máquina de cosido de libros y otra de reproducción de imágenes le permitió imprimir libros y revistas. De los periódicos y revistas que allí se imprimieron, tuvieron duración significativa: Principios (1953), Voz Popular (1952), Fragua (1952), Época (1953), Martes (1956), Voz Valerana (1956), Diario de Valera (1963), Mensaje (suplemento literario dedicado a Laudelino Mejías) (1964), La tarde (1965), Actualidad (1967) y Carmania (revista,1966), y entre 1962 y 1974, 22 números, en ediciones de lujo, de la Revista del Colegio de Médicos del Estado Trujillo.
Y para estimular los escritores trujillanos, Pedro Malavé Coll creó Ediciones Piedras Vivas (nombre bíblico), que publicaron los siguientes trabajos: José Ortega y Gasset y la filosofía de la alusión, de Juan de Dios Andrade, 1959; Trujillo en la historia, de Pedro Emilio Carrillo, 1963; Medicina, literatura y periodismo, de Raúl Díaz Castañeda, 1967; Homenaje a Adriano González León (plaquette) 1969; Homenaje a Salvador Valero, 1970; Valera como aventura y realidad, de Adriano González León, 1972; Pedro Malvé Coll de cuerpo entero, de Raúl Díaz Castañeda, 1975. A partir de esta fecha, muerto Pedro Malavé Coll, su viuda continuó las publicaciones: Sones menores (sonetos) de Raúl Díaz Castañeda, 1977; La soledad histórica del hombre, de Ignacio Burk, 1997; Rastros familiares (poemario) de Hernán Valera, 1982; Punto de cruce (5 poetas en Valera), 1983; Las ideas educativas de Simón Rodríguez, de Luis Beltrán Prieto Figueroa, 1984; Aproximación a la personalidad de Salvador Valero, de Raúl Díaz Castañeda, 1986; Penúltima estación (poemario) de Raúl Díaz Castañeda, 1989; Puertas que no me pertenecen (poemario) de Milagro Haack, 1992, y Décimas andinas, de Ana Enriqueta Terán, 1988.

PEDRO MALAVE COLL
¡Mantente informado! Síguenos en WhatsApp, Telegram, Instagram, TikTok, Facebook o X






