Por: Antonio Pérez Esclarín
Ya resulta un lugar común el afirmar ante la velocidad y profundidad con que hoy se producen los cambios en los ámbitos más diversos que vivimos un Cambio de Época más que una Época de cambios. Es verdad que, en la historia humana, siempre ha habido cambios. La novedad consiste en la rapidez e intensidad de dichos cambios. Hoy todos somos hijos de nuestra época más que de nuestros padres. Las mutaciones políticas, técnicas, científicas, culturales y sociales se van incorporando a un ritmo tan vertiginoso que ni siquiera nos dejan tiempo de asumir nuestras perplejidades. Hasta tal punto es esto cierto, que el propio cambio, es decir lo novedoso y original se convierte en el valor fundamental. La vida económica, profesional y personal contemporánea exige no sólo adaptarse a la nueva situación, sino prepararse para vivir permanentemente adaptándose a las exigencias del proceso de cambio continuo.
Si las generaciones anteriores nacían y vivían en un mundo de certezas y valores absolutos en el que los cambios eran a un ritmo tal que podían asimilarlos con naturalidad, hoy sentimos que el vértigo de los cambios recientes nos asoman a un mundo desconocido, misterioso, extremadamente complejo y que, en consecuencia, se hunden bajo nuestro pies muchas viejas certezas y seguridades. Frente a otros tiempos históricos y culturales, las explicaciones actuales han perdido la simplicidad. Hoy nada es simple, ni equívoco ni unilineal, ni responde a una única causa. Estamos rodeados por la complejidad. Y la complejidad conduce a la inestabilidad, a la ausencia de claridad, a la incertidumbre. Hoy ninguno de nosotros podemos imaginar el futuro cercano, no somos capaces de responder, y por ello cada vez nos atrevemos menos a plantear la pregunta fundamental de “¿a dónde vamos?”, y nos asomamos con temor y temblor al horizonte insospechado que nos presenta la revolución de la informática, las nuevas biotecnologías, la robotización, la inteligencia artificial, la clonación, el genoma humano, la proliferación de las armas nucleares, los fundamentalismos y dogmatismos, los populismos y el creciente abandono de los derechos humanos, las nuevas enfermedades, la acumulación de desechos tóxicos, el recalentamiento del planeta y efecto invernadero, y en general, el deterioro ecológico que pone en peligro real la desaparición de la especie humana o incluso de la vida sobre la Tierra.
Nunca en verdad hemos ido tan rápido sin saber a dónde, e incluso sin el valor necesario para preguntárnoslo o para plantearnos si es allí donde queremos ir. Con su increíble sabiduría, Mafalda resume extraordinariamente el momento incierto y de una velocidad alocada que vivimos: “Paren la tierra que me quiero bajar” .
La incertidumbre genera inseguridad y angustia, resulta difícil hacer planes, pero también ofrece la posibilidad de crear, de proponer, de inventar, de nacer de nuevo. La incertidumbre es compañera de la libertad y cómplice de la creación. Si bien suele asociarse al miedo, podemos, con un simple cambio de vocales, convertirla en medio de creación y proposición, transformar la tensión en tesón para asumir con vigor y coraje nuestra vocación de sujetos históricos. Por todo esto, a los genuinos educadores, que somos militantes de una esperanza activa y comprometida con la humanización de nuestras sociedades, los tiempos actuales se nos presentan preñados de posibilidades, convocan nuestra osadía y nuestra vocación de entrega y de servicio. Nunca como hoy se ha evidenciado con mayor radicalidad el poder transformador y creativo del ser humano, que si bien es capaz de ocasionar un holocausto cósmico, también es capaz de lograr una vida digna y plena para todos. Nunca como hoy hubo mayor conciencia de la dignidad absoluta de todos los seres humanos ni se le dio tanta importancia a la educación. Si la humanidad avanzó larga y penosamente de la Época muscular, a la Época de la energía, hoy nos estamos adentrando con pasos cada vez más firmes en le Época del conocimiento. Pero sólo podremos desempeñar apropiadamente nuestra misión de educadores si nos comprometemos a cambiar profundamente nuestras ideas y nuestras prácticas. Por ello, si bien hoy se insiste mucho en la necesidad de aprender a aprender, esto sólo será posible si aprendemos a desaprender.
La escuela crea su propia cultura que tiende a su reproducción permanente. La mayor parte de las cosas que se aprenden y se hacen en la escuela tienen como única finalidad mantenerse en el sistema educativo formal, pasar de un grado a otro, aceitar la maquinaria escolar, con poca conexión y relación con la vida. Por ello, sólo sirven para seguir en el sistema educativo.
Muchas propuestas de cambio, asumidas al comienzo con ilusión, van languideciendo poco a poco, devoradas por esta cultura escolar, que se alimenta de normas, rituales, costumbres, que determinan las formas de hacer, pensar y sentir, es decir, la cultura; y pronto todo vuelve a la vieja práctica transmisiva y cansona, que tanto fastidia y aburre a los alumnos. Cambia la cultura, cambia la vida, cambia todo, menos la escuela o son meros cambios de forma con frecuencia seducidos por el discurso innovador y las propuestas de moda, con lo que terminamos preparando a los alumnos para un mundo que ya no existe o, peor aún, sin atrevernos a preguntar a dónde va el mundo y sin plantearnos la intención de transformarlo.
De ahí la necesidad de cambiar la visión y los mapas culturales de todos los que intervienen en el hecho educativo empezando por las autoridades responsables de los Ministerios de Educación, que no suelen ser elegidos por su pasión educadora, ni por su temple innovador o apasionado por promover una educación verdaderamente humanizadora y, junto a ellos, los supervisores, directivos, maestros, gremios, alumnos y representantes. Se trata de aprender a desaprender para que cada uno asuma su papel de un modo radicalmente distinto; ya no basta hacer mejor las cosas que hacemos, sino de hacerlas de otro modo y hacer otras totalmente diferentes. De no hacerlo, de bien poco van a servir las reformas educativas, los cambios curriculares, las directrices ministeriales, las proclamas y propuestas innovadoras, los programas de capacitación y formación de los docentes y la proliferación de los postgrados que están contribuyendo muy poco a mejorar la educación y con frecuencia la empeoran, pues asumen un lenguaje academicista que tiene muy poco que ver con la realidad y las necesidades de los alumnos y de la educación..
Tal vez el aprendizaje más difícil , sobre todo para las autoridades educativas, sea reconocer con hechos la importancia de la educación y, en consecuencia valorar apropiadamente la labor de los genuinos educadores, remunerándolos y tratándolos de acuerdo a la transcendencia de su trabajo y su misión, y propiciando su formación permanente que propicie sobre toda la crítica y la creatividad. .Esto va a suponer desaprender esa cultura y esa mentalidad que les ha llevado a descuidar la educación y a minusvalorar a los educadores, pensando que cualquiera, con unos cursitos apresurados y un barniz de ideología, podía convertirse en educador.
@antonioperezesclarin
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