Luis A. Villarreal P.
Antonio Nicolás Briceño, uno de los grandes personajes de nuestra historia patria realmente controversiales, ha sido interpretado de muchas formas, que van desde la acérrima y malévola crítica, la cómoda y aviesa ‘valoración’, hasta la comprensión más condescendiente, extrapolada en el crudo y real contexto de la guerra independentista venezolana.
Se podría afirmar que en el mundo del comportamiento militar –en lo que a aspectos humanitarios se refiere– durante la guerra de la independencia de Venezuela, el coronel trujillano, oriundo de Mendoza, es uno de los dos polos más diferenciados. Por un lado, el Coronel y por el otro el Mariscal. Entendiéndose a éste último como la figura militar más relevante en su prestancia magnánima ante sus adversarios y prisioneros, por lo que ha sido ensalzado más allá de nuestras fronteras, llegándose a inferir que es Precursor del Derecho Internacional Humanitario [DIH].
Antonio Nicolás; en general, y mucho menos en su vida civil, en la que ejerció de abogado en derecho civil y canónico, diputado por la provincia de Mérida ante el Congreso Constituyente [1811], firmante del Acta de la Independencia de Venezuela; a la luz de muchos análisis no fue una persona tendenciosamente de sentimientos crueles y malvados, todo lo contrario; con las aristas naturales de su personalidad, fue un ser rebosado de apasionamiento, lamentablemente en concordancia con las costumbres guerreras de la época por parte de quienes hicieron lo posible para que la independencia no sucediera.
José María España y Manuel Gual, solo son un ejemplo preceptivo de lo que autorizaba de diversa forma la última de las Siete Partidas de Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León, en el siglo XIII, en caso de traición, conspiración y otros atrevimientos contra el Rey. Fue ese ‘derecho obsoleto’, pero aún tendencia en el siglo XlX, a través del cual se precisó que José María fuera sacado de la cárcel, por una bestia arrastrado, y una vez decapitado [1799] se exhibiera su cabeza a la entrada de Caracas, y sus extremidades en Quitacalzón, Chacao, La Cumbre, y Macuto. Manuel fue envenenado en 1800 en Trinidad. De manera que a partir de 1810, qué podría esperarse.
Bolívar actuó ‘obligadamente’ con su legislación recíproca, con los matices inherentes, haciendo evidente el Decreto de Guerra a Muerte [15 de junio 1813], cuyo criticado precursor fue el mismo Antonio Nicolás Briceño, por haber sido tan drástico y alarde con las decapitaciones bajo su mando y la propuesta de otorgar grados de ascenso a alférez, teniente y capitán si consignaban respectivamente 20,30 y 50 cabezas de españoles o canarios. Siendo muchos los líderes oficiales que siguieron a Bolívar en esa guerra a muerte que concluyó en el Armisticio y la Regularización de la Guerra [1820].

Monteverde, Cervériz, Zuazola, Morales, realistas; Bolívar, Ribas, Arismendi, Piar, Briceño, patriotas, fueron máximos protagonistas de la guerra atroz recíproca, basada en la legislación de sus respectivos bandos
Hablar contra el salvajismo y exterminio, obvio; de los pormenores de las costumbres bélicas ante un derecho internacional por nacer, es la diferencia entre lo bueno, lo malo y lo feo, entendiéndose a un Derecho Internacional humanitario [DIH] y a la Convención de Ginebra evolucionando desde 1864 hasta 1949 ya bajo la mirada ‘acuciosa’ de la Organización de las Naciones Unidas [ONU]; organismo global instituido para la preservación de la Paz, y que por no poder garantizarla está ya en la antesala de un Nuevo Orden Mundial. Ejemplo: la ‘alevosía’ rusa contra Ucrania, con más de 4 años, entre otros casos.
El coronel Briceño, bajo la óptica retrospectiva, incluso a las prácticas de pre guerra o en curso, incluso en plena modernidad, estaba usando una estrategia, si no intuitiva, deliberada, de acción psicológica y desmoralizadora, ante la deshumanización rival cometiendo degollamientos y fusilamientos sistemáticos, partiendo de lo que los españoles habían hecho en su férrea colonización imperial y continuaron haciendo hasta el deslinde final en Ayacucho. También fue una firme advertencia a quienes seguían profesando ‘lealtad’ a la Corona, colaborando con sus designios, delatando patriotas, en una avalancha de traiciones y detracciones a la causa republicana; configurando con todo ello una guerra civil entre venezolanos.
Esta apreciación, por supuesto, no pretende justificar los procedimientos infortunados, ajenos a la dignidad castrense, ni entonces ni hoy día, pero no está demás repasar el concepto y las implicaciones de la guerra, tampoco la forma como reaccionan muchos de sus exponentes militares en el espíritu y alcance de su humanidad misma.
Los realistas venían con todo, dejando una estela de sufrimiento y rencor; sus abusos y atrocidades simplemente hicieron posible la animadversión, el repudio a su dominación. La aparición de otra fuerza colosal acumulada en los corazones de la inmensa mayoría de la estratificación social, en su alma herida, golpeada y dolida y llena de cicatrices, que fue multiplicando el odio profundo contra todos los que formaban parte de su bárbara opresión.
El odio es parte muy significativa de la condición humana. Para controlarlo y dominarlo, según se sabe, se necesita de mucha sensibilidad y conciencia, y en él va envuelto la justificada retaliación, máxime cuando no hay canales de justicia limpia y confiable
Antonio Nicolás, asumió lo que en toda confrontación bélica siempre se ha adoptado: la propaganda aterradora tendiente a infundir el pánico necesario en las fuerzas y actitudes beligerantes y realmente hostiles, a quienes se pretende lógicamente neutralizar o de algún modo convencer de que es en serio la determinación de eliminarlos por considerarlos incompatibles a sus justos e irrenunciables intereses existenciales.
No hay razón ni tiene caso eclipsar, disimular o disminuir la estatura moral y revolucionaria de nuestro prócer del Valle del Momboy, Antonio Nicolás Briceño. Así se han expresado quienes, sin ambages, han tenido a bien honrar su nombre y su legado, convirtiéndolo en el orgulloso epónimo de instituciones y urbanismos como parte luminosa del acervo de la Patria
Asumiendo que el sentimentalismo la mayoría de las veces hace que el mal pernocte y se extienda, la injusticia se ancle per secula seculorum en el alma de las naciones, es preferible valorar el arrojo de quienes quieren cuanto antes salir del estado deplorable, aunque no coincida con la ‘estética’ de nuestro pensamiento, con el debería ser civilizado y humanitario, deseados. No esconder, ni maquillar lo que hemos sido, es la más cónsona manera de honrar nuestro pasado histórico y glorioso.
Hagamos que su gloria también resplandezca en su lugar de cuna, en nuestro paradisíaco Valle del Momboy, refaccionando su casa natal en Mendoza, adicionándole un parque inmenso, con atención oficial permanente, considerando su condición de Monumento Histórico Nacional desde 1982; en concordancia con que el valle es un Área Bajo Régimen de Administración Especial [A B R A E] y potencialmente de Interés Turístico, para recibir a tantos visitantes que seguramente quieren saber más sobre uno de los más polémicos próceres de la independencia de Venezuela.
Vive el coronel Antonio Nicolás Briceño, en la memoria de los venezolanos, con la hidalguía asumida en su capilla ardiente en Barinas [1813], a sus 31 años, coincidiendo su fusilamiento con la promulgación y publicación del Decreto de Guerra a Muerte, acto y sello característico de la Campaña Admirable instauradora de la Segunda República. Terminantemente irreversible respecto a sus actuaciones; absolutamente estoico y conmovedor en su epístola de despedida a su esposa e hija, y a los deseos de independencia; valiente y sin temor de ver la muerte en la andanada, luego decapitado y amputado. Gloria a su transparencia.

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