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Alabado seas, mi Señor | Por: Antonio Pérez Esclarín 

por Antonio Pérez Esclarín
25/05/2025
Reading Time: 3 mins read
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Por: Antonio Pérez Esclarín 

 

El 24 de mayo se cumplen diez años de la firma de la encíclica  “Laudato Si” (“Alabado seas mi Señor”),  la  más importante y de mayor trascendencia universal, del recientemente fallecido Papa Francisco.  La encíclica, que toma su nombre del Canto Universal de Francisco, el pobrecillo de Asís, que se hizo hermano de todos los seres vivientes, e incluso del agua, del fuego, del sol y de las estrellas,  presenta los graves problemas de la naturaleza que afectan a millones de personas en el mundo, especialmente a los más vulnerables.

En la encíclica, el Papa nos recuerda que la tierra, “nuestra casa común” es también “como una hermana con la que compartimos la existencia, y como una madre bella que nos acoge entre sus brazos.  Nuestro propio cuerpo está formado por elementos del planeta, su aire nos da el aliento, y su agua vivifica y restaura”.

Pero ahora, esta tierra maltratada y saqueada clama y sus gemidos se unen a todos los abandonados del mundo. El Papa Francisco nos invita a escucharlos, llamando a todos y cada uno a una “conversión ecológica”, según la expresión de San Juan Pablo Segundo,  es decir, a  “cambiar de ruta”, asumiendo la urgencia y la hermosura del desafío que se nos presenta ante el “cuidado de la casa común”, y el cuidado de los pobres y marginados.

La propuesta de la Encíclica es la de una “ecología integral, que incorpore claramente las dimensiones humanas y sociales”, inseparablemente vinculadas con la situación ambiental.

En la encíclica sobresalen dos grandes mensajes del Papa. El primero es un mensaje de alarma: Hemos sobrepasado los límites. No podemos seguir así. La vida misma está en peligro. El segundo es un mensaje de esperanza. A pesar de la gravedad de la situación, estamos a tiempo de salvar el planeta y salvarnos nosotros. Pero ello va a exigir un cambio profundo en nuestras ideas y en nuestros estilos de vida.  La sobrevivencia de la especie humana exige que desarrollemos con la naturaleza unas relaciones de ternura, respeto y cuidado. Debemos todos aprender a ser ángeles guardianes del ambiente y no ángeles exterminadores. La naturaleza no nos pertenece, sino que nosotros pertenecemos a ella y, en consecuencia, debemos proteger, cuidar, querer, y trabajar sin descanso para que los bienes de la tierra alcancen a todos y les permitan una vida digna.

En palabras de Leonardo Boff, teólogo brasileño, “Hoy nos encontramos en una nueva fase de la humanidad.  Todos estamos regresando a nuestra casa común, la Tierra: los pueblos, las sociedades, las culturas y las religiones. Intercambiando experiencias y valores, todos nos enriquecemos y nos complementamos mutuamente (…). Vamos a reír, a llorar y aprender. Aprender especialmente cómo casar Cielo y Tierra, es decir, cómo combinar  lo cotidiano con lo sorprendente,  la inmanencia opaca de los días, con la trascendencia radiante del espíritu, la vida en plena libertad con la muerte simbolizada como un unirse a los antepasados, la felicidad discreta de este mundo con la gran promesa de eternidad. Y al final, habremos descubierto mil razones para vivir más y mejor, todos juntos, como una gran familia, en la misma Aldea común, bella y generosa, el planeta Tierra”.

Afortunadamente, el nuevo Papa, León XIV, parece muy dispuesto a continuar e incluso profundizar la visión ecológica y fraternal del Papa Francisco. Eso esperamos.

 

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