DLA Columnas | 24/03/2017 | 1:00 am
Aburrimiento

Por: Arianna Martínez Fico

Hasta hace poco solía jactarme de pertenecer al privilegiado grupo de a quienes les resulta difícil aburrirse. Alardeaba de mi capacidad para inventar cualquier cosa, o en última instancia echar a volar mi imaginación, antes de abrirle las puertas al aburrimiento. Ni siquiera siendo adolescente -época en la que es casi un must aburrirse- recuerdo haber experimentado una sensación profunda de tedio.

En esta etapa de mi vida donde pongo en cuestión incluso mi memoria, ya no sé si es cierto eso de que yo no me aburría, más bien pienso que me asustaba. A veces suelo sentir temor de encontrarme conmigo y creo necesidades de todo tipo para mantenerme ocupada. De hecho, aburrimiento viene del latín ab-horrore“horror”. ¡El aburrimiento puede ser muy aburrido! La soledad nos resulta casi insoportable y esa sensación de vacío existencial abrumador buscamos llenarla con trabajo, diversión, movimiento, pensamiento, placer, comida, drogas, diversión y pare de contar.

Hay quienes dicen que el aburrimiento es el mal de la postmodernidad pero es tan antiguo como la existencia misma. Admirando la magnífica arquitectura de Fatehpur Sikri en India -antigua capital del Imperio mogol- mi amiga Mónica y yo especulábamos acerca de lo aburridos que debían estar aquellos emperadores y reyes de la antigüedad para ocurrírseles erigir semejantes ciudades o inventar conquistar nuevos territorios con pocos caballos, ejércitos medio escuálidos, escasos recursos, sin celular ni GPS. Quizás -decía ella entusiasmada- le debamos al fastidio de esa gente gran parte del mundo que hoy tenemos, algo así como “del aburrimiento a la conquista”.  Esta conversación ociosa, banal y divertida me motivó a estudiar el fenómeno del aburrimiento para descubrir que ha sido objeto de reflexión -aunque poco común- de varios filósofos importantes.

Hablar de aburrimiento -además de aburrido- puede resultar algo complejo. Milan Kundera identifica tres clases de aburrimiento: pasivo (mujer que baila y bosteza), activo (aficionados a hobbies) y rebelde (jóvenes que incendian autos y rompen vidrieras). Habría que agregar el situacional (actividad específica), el de la saciedad (exceso de lo mismo), el creativo (nos sentimos obligados a hacer algo nuevo) y el existencial  (el mundo nos resulta aburrido). Kierkegaard se refiere al aburrimiento como eje fundacional de la creación “los dioses estaban tan aburridos que entonces crearon a los seres humanos” aunque también lo consideraba la causa de todos los males, desde las adicciones hasta la violencia. Heidegger, por su parte, aseguraba que aburrirse nos permite concientizar que hemos tocado fondo y así alcanzar la autenticidad. Hay quienes entienden el aburrimiento como el “cansancio del ánimo originado por la falta de estímulo o distracción” (RAE). Para mí esta definición es peligrosa, una suerte de reduccionismo donde queremos que todo sea divertido y el aburrimiento conecta más con deseo que con necesidades reales.

Podemos aburrirnos de cosas, personas o sin ninguna causa. El aburrimiento aparece con la ausencia de sentido, bien porque lo que hacemos no es lo que queremos o porque no tenemos idea de lo que queremos hacer. Visto así, el aburrimiento se nos aparece como un estado de lucidez intelectual y una oportunidad de profunda conexión con nosotros mismos, con las personas y las cosas. Aceptar el aburrimiento como parte de nuestra humanidad, mirarlo a la cara y no esconderlo detrás de un pasatiempo, podría quizás ser la salvación del aburrimiento existencial -el taedium vitae por el que los romanos aceptaban el suicidio- que se nos instala cuando no somos capaces de afrontarlo.

 

"Contra el aburrimiento luchan en vano incluso hasta los dioses" Frederick Nietzsche. 

 

 

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