DLA Columnas | 8/11/2016 | 7:27 pm
Cómo mueren las dictaduras

Por: Alexis Berríos Berríos

A lo largo de la historia universal los regímenes dictatoriales guardan similitud en cuanto a la manera de actuar como de desaparecer del espectro político. Conforme van andando las dictaduras la gente corriente y moliente va sintiendo el cerco militar en todos los órdenes de la vida diaria. Mejor dicho, el pueblo escucha el crujir de las botas confundido con la palabra progreso a cada segundo de una rutinaria existencia. Puesto al frente, el dictador iza símbolos e impulsa la adoración idolátrica con el fin de manipular la conciencia de esa gente de a pie que anhela vivir bien. Pero al propio tiempo, el dictador maniobra con los recursos del Estado al sentirlos suyos y coloca su organización partidista como la clave para alcanzar beneficios sociales. Aquí y acullá, el dictador utiliza fisgones con miras a precisar la disidencia que debe exterminar a sangre y fuego para así estatuir el pensamiento único, sea de derecha o de izquierda. Tomemos como primer ejemplo la dictadura de Francisco Franco en España y obsérvese, además de los estragos cometidos por ese sanguinario militar, el atraso en que sumió a la madre patria. De seguidas, reiteremos el consabido desastre ocasionado por las dictaduras del proletariado y los desafueros de algunas dictaduras suramericanas, a pesar de los alcances obtenidos desde el punto de vista infraestructural, educativo y sanitario.

Entiéndanme bien, los dictadores habidos y por haber en la historia mundial usan engañifas con respecto al soberano con vistas a lograr la legitimación necesaria para permanecer en el solio del poder. Ellos estilan ensanchar sus arcas económicas amparados en el ruido de los sables y perdidos en una fraseología contra el imperialismo. De acuerdo con la costumbre, los dictadores rechazan en todas sus alocuciones al primer mundo sin darse cuenta de lo anémica que se tornan sus voces a resultas de la perpetuación de la demagogia política. Entretejen un clima de terror cubierto con un vozarrón que repite y repite ofrecimientos para un pueblo que gradualmente se va cansado de la monotonía de vivir. Sin duda, el soberano producto de la represión empieza a escabullirse de las dictaduras al comprender el debilitamiento del término libertad y de la Constitución en cualquier país del mundo. Cabe considerar que, muy rápidamente, el pueblo calcula el resumidero de un poder como el venezolano que gira a menudo en la esfera de la inseguridad, la pobreza, la inflación, el caos eléctrico… Palmo a palmo, el pueblo capta lo importuno de las dictaduras y a la vez el oscurantismo que delinean a futuro después de escarmentar la iracundia de un poder que como subió a la cúspide bajará al subsuelo.

Dicho todo esto, queda bastante claro que, las dictaduras por dedicarse a pintar un cielo de ilusiones para el soberano, terminan trituradas por sus propias fantasías y acunadas en los más terribles recuerdos para la gente común. ¡Es cierto! ¡Absolutamente cierto! Las dictaduras al perder credibilidad comienzan a desplomarse aunque arremetan de modo furibundo contra un pueblo que reclama democracia, orden y proyección en conjunto para nivelarse con las circunstancias presentes. Sobre ello la historia da muestra clara y los esfuerzos por conseguir soluciones siempre funcionan de parte de un pueblo que no cesa en luchar contra los apabullantes dictadores. Por eso, con gran tenacidad, persiste en aclarar el horizonte en contraposición a quedarse de brazos cruzados y en espera de que el tiempo cambie las cosas por sí mismo. Mirado de cerca, el soberano en movimiento es quien asfixia a estos regímenes que poco a poco van escuchando lo dicho por Don Quijote: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida”.

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