DLA Columnas | 18/10/2016 | 1:00 am
Escrúpulos

Por: Carlos G. Jaime M.

El ESCRÚPULO (del latín scrupulus, diminutivo de scrupus, se refiere a las piedrecillas que suelen introducirse en el calzado, produciendo notorias molestias que obstaculizan la marcha y obligan a detenerse para revisarlo, y por supuesto eliminar la molestia. Por analogía, se dice que son esas situaciones o acciones que nos dan la sensación de culpabilidad, estando directamente relacionadas con la moral y la conciencia de cada individuo. En resumen: Aquello que está en contradicción con la escala de valores que nos han sido inculcados a todos nosotros durante el proceso de formación desde la infancia hasta la adultez: “Cuestión de formación de hogar”.

Ahora bien; EL NO TENER ESCRÚPULOS, coloquialmente tilda a una persona que no tiene esa campana que le alerta el estar cometiendo una falta; hecho irregular que está mal a la vista de la mayoría, y que luego de ejecutarlo no tiene el menor remordimiento de conciencia, trastorno o sentimiento de culpa. Es decir: Obró sin escrúpulos, sin nada que lo frenara.

Si nos remontáramos a las lecciones que nos dieron nuestros padres orientándonos por el camino de la rectitud y las buenas costumbres, luchando dentro de sus pocas facilidades económicas, inscribiéndonos en colegios religiosos para nuestros estudios de primaria, para posteriormente acudir al viejo liceo Simón Bolívar en donde tuvimos la dicha de contar con excelentes profesores, quienes nos encaminaron por la senda del estudio dándonos la formación que nos permitió afrontar la dura prueba de los estudios universitarios, en donde también pudimos  contar con otra pléyade de magníficos profesores que consolidaron nuestra formación profesional, inculcándonos el amor por el estudio constante y la imprescindible ética, leitmotiv de cualquier hombre de bien.

Retrospectivamente puedo decir que mi generación vivió una época excepcional, porque al iniciar nuestra carrera profesional, en lo que a varios colegas nos respecta, tuvimos la suerte de contar con un magnífico laboratorio experiencial,  como fue el viejo Hospital Central de San Cristóbal, en donde también contamos con otros magníficos especialistas fungiendo como insignes profesores, solidario personal de enfermaría; y por sobre todo, el insustituible aporte de inteligencia emocional que nos proporcionaron nuestros pacientes.

Toda nuestra trayectoria estuvo signada por valores y principios éticos que en todo momento fueron timbres de alarma que nos avisaban “in péctore” que algo no estaba bien, por lo que  había que revisar la ejecutoria para su corrección inmediata.

Pues bien; en los tiempos actuales, en los 3 últimos lustros hemos visto “ad nausean” cómo se ha producido una inversión de valores, en donde muchos se afanan por conseguir réditos económicos en cualquier actividad de la manera que fuese, e igualmente cuando la palabra empeñada no tiene ningún valor y con el mayor desparpajo se miente sin recato. No se tiene el menor respeto por nada, ni por nadie, y con el honor y la lealtad se hace ablución caudal. Ahora con la formación engañosa de unos muchachos a quienes les han dado un título dizque de: “Médicos comunitarios” graduándolos  adocenadamente con deficiente formación profesional, para una profesión sumamente difícil y complicada, y sin la menor práctica hospitalaria; uno se pregunta: ¿Si profesionales después de 6 años de duro y extenuante estudio todavía debemos pasar otros 6 años para considerarnos especialistas?, ¿qué va a pasar con la inevitable Iatrogenia que van a sufrir los pacientes de estos pseudomédicos? Aclaro que no quiero aparecer con discursos monacales; pero la verdad es que uno se pregunta: ¿Qué les espera a nuestros niños y jóvenes en su formación y desarrollo psicosocial?

Se vive sobre todo en los círculos gubernamentales lo que pudiéramos llamar “una política delictual”, y lo que es peor, mucha gente no se da cuenta que está cohonestando esta política. Decididamente, cuando finalice esta podredumbre oficial llegará el día de administrar justicia y sin visos de venganza, y habrá que establecer la responsabilidad civil y penal de cada cual.

Pronto se va a producir la implosión, y como dicen los mexicanos: “Veremos de qué cuero salen las correas”.

 

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