Por Adalberto Gabaldón
Conocer y evaluar la magnitud real del desmoronamiento de los servicios públicos en Venezuela exige un ejercicio de rigor. Requiere trabajos de investigación rigurosos y evaluaciones serias que nos alejen de las exageraciones o de las aseveraciones sin soportes reales. Sin embargo, hay realidades tan abrumadoras que prescinden de grandes estadísticas para demostrarse.
El colapso de los servicios eléctricos y de agua potable pertenece a esta categoría de lo evidente. No se necesitan complejos modelos de estudio cuando casi el 80% del territorio nacional padece un racionamiento brutal de energía eléctrica, cuyas consecuencias son devastadoras para la vida cotidiana de los ciudadanos. Lo propio ocurre con el agua potable; el caso de Cumaná y el Oriente del país está a la vista de todos, desnudando el abandono total de una infraestructura tan delicada como vital.
Ante este panorama, las respuestas oficiales rozan el absurdo. Recientemente, para asombro de toda la nación, el nuevo jerarca del sector eléctrico aseveró que las fallas del sistema se debían a que los ciudadanos habían adquirido masivamente electrodomésticos, provocando una sobrecarga en la red. La declaración desató una carcajada nacional teñida de indignación. Resulta trágico ver cómo un profesional del área —presumiblemente obligado por la narrativa del poder— exhibe tal falta de respeto hacia el ciudadano. Un insulto a la inteligencia en la recordada frase de la película El Padrino. La cancelación de un evento promovido por la Universidad Simón Bolívar sin explicación alguna me imagino que se conecta con evitar justificar el absurdo. El agua y la electricidad se han convertido en los tristes estandartes de lo que ya podemos tipificar como un desastre nacional.
Pero, ¿qué pasa con los otros sectores? ¿Qué ocurre con aquellas realidades que intuimos de forma dramática pero cuyas estadísticas desconocemos por la opacidad y la falta de seguimiento oficial?
La respuesta suele llegar vestida de desastre. El reciente colapso de la pila central del viaducto que une a Barquisimeto con la zona de Cabudare es el ejemplo más alarmante. Las fotografías que circulan en las redes sociales son sorprendentes: una estructura maciza de concreto que fue cizallada como si fuera de mantequilla. Este hecho genera profundas suspicacias e incógnitas. Lo más grave es que los profesionales y gremios técnicos de la zona pasaron años haciendo llamados e insistiendo en la fragilidad de la estructura, la cual ya daba señales claras de fatiga. La respuesta oficial fue el silencio absoluto; ni siquiera se colocó un avisito que advirtiera transitar con precaución. Tuvo que ocurrir el desplome para que las autoridades improvisaran medidas de última hora. El gobernante local, en modo similar a su colega del Estado Sucre tartamudea una lista de acciones con la consabida invocación de reuniones de expertos de técnicos …que brillan por su ausencia.
Este no es el primer puente que falla. Pudo haber sido por obsolescencia o por imprudencia en permitir cargas que sobrepasaron la capacidad para la cual se diseñó hace muchas décadas. Por la razón que haya sido, aflora una inquietante pregunta. ¿Cuál es la situación del sector de transporte y comunicaciones terrestres? Los tristemente famosos mamotretos de concreto que se erigen inútilmente en la autopista regional del centro frente a Maracay o en el tramo Petare Guarenas – Guatire serán objeto de estudio dentro de mil años por arqueólogos intrigados. Ni hablar de la fallida interconexión ferroviaria que, saliendo de la estación del metro de gato negro, descendería por la autopista, pasaría por ciudad caribia, continuaría hasta carayaca, desde donde descendería hasta la meseta de mamo para continuar hasta Naiguatá, ascender al Ávila y mediante 2 túneles atravesarlo y llegar a Guarenas. No es tomadera de pelo. El brazo brasilero ejecutor de obras que no se hacían pero que si facturaba millones de un delirante contrato de 8 mil millones de dólares. En el país del asfalto no hay asfaltadoras, no hay asfalto para tapar un hueco. Las torres de refinación donde se transforma el petróleo en sus diversos componentes duermen inactivas.
Parodiando el conocido proverbio popular, la situación actual de Venezuela es la viva estampa de que «no cabíamos en el rancho y parió la abuela». Ahora se nos viene encima la crisis vial, sumando una línea sumamente costosa al inventario del desastre nacional.
Nos enfrentamos a un problema que parece no tener fin ni un rumbo claro de contención. La gran interrogante que queda en el aire es cómo se va a poder resolver esto. Recuperar las condiciones de operatividad y bienestar que el país tenía hace 28 años no será cuestión de decretos. Recientemente se anuncia que un ministro hará la reingeniería de todo el aparato del gobierno. La tiene fácil. Basta con volver al esquema desconcentrado de gestión de agua y electricidad. Y verá resultados en 90 días. Si mantiene el absurdo de Hidroven y Corpoelec tendrá más de lo mismo. De lo contrario mejor llame a María.
Adalberto Gabaldón
mayo 2026
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