Gabriel Montenegro
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Muchos historiadores, literatos, políticos avezados, investigadores y estudiosos de los grandes acontecimientos de los pueblos a través de los tiempos, señalan abiertamente que Venezuela nació, es y ha sido siempre una nación guerrera; tierra orgullosa, fraterna, independiente y próspera, pero por encima de todo soberana; sin embargo, los acontecimientos dentro de los cuales nos hemos formado como ese gran país a lo largo de los años, demuestran que todavía persiste de manera enquistada en el sentimiento colectivo, la sombra nefasta de la separación, el odio, las envidias y el resentimiento. Sobre eso hay una verdad irrefutable, de esta manera, ningún pueblo o familia separada llegará a ser feliz.
Un camino de verdad y reconciliación sincera
De todos los ciudadanos, es conocido que el aspecto político ha jugado papel preponderante dentro de los procesos para la conformación de las estructuras de gobierno a través de nuestra historia republicana, partiendo desde la conformación colonial desde el siglo XVI hasta la actualidad.
Tras la emancipación colonial, Venezuela se proyectó de manera vertiginosa como una nación de futuro promisor; un pueblo que destacó y ha destacado por la gesta de grandes ideólogos y ciudadanos de enraizados sentimientos venezolanistas, talentos amantes de esta patria bella, grande y hermosa a la que sin dudas amamos con la mejor de nuestra profundidad de sentimiento humano y particularmente moral.
Referir de nuevos las epopeyas del padre libertador Simón Bolívar, del mariscal Sucre, Francisco de Miranda, Rafael Urdaneta, Andrés Bello, Simón Rodríguez y de insignes ciudadanos de esta apasionante tierra nuestra, como nuestro primer santo, José Gregorio Hernández. Cisneros, sería reeditar lo que tanto se ha dicho de nuestros más apreciados y venerados emblemas ciudadanos.
En recuerdo y para honra de todos ellos y de nuestros héroes nacionales, hombres y mujeres de alta talla moral, debo reconocer que uno de los pasos más significativos dados por el gobierno nacional ha sido la Ley Nacional de Amnistía, medio legal a través del cual se dio inicio al enorme propósito de iniciar la verdadera y necesaria reconciliación nacional.
Sin el ánimo de pecar de adulante, ni pretender buscar protagonismo alguno, como ciudadano maduro y consciente, tengo que reconocer que la presidenta encargada Delcy Rodríguez; su hermano, el presidente del Parlamento Nacional Jorge Rodríguez y connotados legisladores tanto del bloque opositor y el gobierno han dado un paso gigantesco y a la vez temerario pero muy bueno, para luchar por la posibilidad, (para muchos remota), de un gran entendimiento político nacional; una decisión trascendental que nos obliga a reflexionar y a apartar de un porrazo, resquemores, terquedad y el radicalismo de continuar en un enfrentamiento soterrado y permanente que solo nos ha dejado crisis, caos, dolor, pobreza y lamentos.
Ha llegado el momento de darnos la mano y el abrazo sincero; de sentarnos a conversar, de olvidar odios y es también premisa ineludible, reconocer a quien no hemos tolerado ni aceptado, desde cualquier trinchera política o ideológica donde estemos ubicados.
Venezuela nos necesita a todos; no solo a quienes tienen responsabilidad dirigencial de alta política; necesita a los industriales, obreros comerciantes, inversionistas, educadores, clero, transportistas, médicos y enfermeros, policías, ejército, armada, gente de la aviación, guardias fronterizos y por supuesto al pueblo noble que es la razón existencial prioritaria de una nación.
Ya basta de discusiones y ofensas estériles; de descrédito y persecuciones, porque los ejemplos de los cambios los tenemos a la vista; gente que estuvo en la «cresta de la ola» y que por las circunstancias actuales hoy en día son catalogados como simples delincuentes o personas acusadas de abusos y excesos contra sus propios connacionales.
Pueblo venezolano…no se trata de cobardía, de tolerancia complaciente ni de «jalabolismo»…se trata de «REFLEXIÓN» y de aceptar que no hubo de nosotros tiene la la última palabra.
Ya nuestra patria no aguanta más incertidumbre, ni acepta a quienes han hollado sus más sagrados intereses a costa de la mentira, engaño al colectivo humilde y la manipulación por el andia del poder y dominio.
Tomémonos definitivamente de la mano con total convencimiento y aceptemos nuestros errores y equivocaciones…Entendamos también a nuestros «antagonistas», quienes también tienen sus razones.
Es tiempo de volver al diálogo sano y no impositivo; a la palabra franca y al respeto mutuo, ese respeto que en otras épocas de prosperidad, unidad nacional y libertad nos hizo famosos en todo el mundo.
Sin miedo ni falsedad alguna, vamos a dar ese primer gran paso, para que nuestros hijos, nietos y generaciones futuras hereden el pais hermoso que tanto anhelamos.
Es sencillamente el tiempo de tan solo entendernos, de comprender la necesidad de coexistir, de sonreír juntos con sinceridad, y por supuesto de sacar lo mejor de nuestros corazones. Esos somos los venezolanos, conscientes, digan lo que digan, especialmente aquellos quienes solo buscan el enfrentamiento y lo negativo; esos indeseables perjuicios y perjuicios que tanto daño le han hecho a nuestra amada Venezuela. Que así sea!
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