Por: Francisco González Cruz
Los venezolanos en su gran mayoría estamos viviendo al límite de la mera sobrevivencia. Al grave deterioro de la economía lo acompaña, como causa y efecto, la insoportable situación de la electricidad y del agua, dos servicios indispensables que a la par de su colapso suben de precio. Nada mejora, todo se deteriora, entre tanto uno ve con estupor la grosera exhibición de los enchufados y lavadores de riqueza mal habida.
Pareciera que todo lo que hace el Estado es causar más dolor a las familias, con una perversidad combinada de maldad, impericia, cinismo y descaro, que para mantenerse en el poder no tiene límites, incluso en esta situación tan particular de orden institucional. Es una situación que está llegando al límite.
El pueblo venezolano sabe, en su gran mayoría, que la solución es el cambio de gobierno que aliente la confianza para que la inversión fluya. Nadie en su sano juicio va a invertir, prestar o asociarse con vagabundos. A menos que sea parecidos. Y mientras no exista confianza esto no tiene remedio.
¿Cómo se restaura la confianza? Dejando que la soberanía popular se exprese, tal como lo contempla la Constitución Nacional. No hay otra vía, aunque los malabaristas inventen sus cabriolas. Son las elecciones nacionales, de la presidencia de la república y de la asamblea nacional lo que puede restituir la confianza.
Esos “partos de los montes” de dolarización, reformitas, contratos con empresas de dudosa reputación, de elecciones regionales y locales, elecciones de consejos comunales y otras artimañas no restauran la confianza necesaria que ponga seriedad en las instituciones. Las elecciones de gobernadores y alcaldes son necesarias, evidentemente, pues desde las localidades han sido la vanguardia en la resistencia a la dictadura, pero ese proceso no conduce a la restauración de la confianza como país, que incluso hagan posible la propia gobernabilidad provincial y local.
La confianza se restaura con el regreso de la decencia y la experticia a los altos niveles del Estado. Unas elecciones libres y bien supervisadas tendrán como resultado la instauración de unos nuevos poderes públicos que expresen la voluntad popular. Lo demás es alargar la agonía de un pueblo que ya está al borde del colapso. Justo lo que busca la maldad instaurada en el poder. Ese y no otro es el mejor camino.
