Oh ciudad contra el cielo
Saint John Perse
No entiendo a Valera. Es como un tablero de juego en el que no sé qué pieza mover. Es como una rockola con infinidad de canciones, una encrucijada de caminos que me lleva a insospechados y encantados paisajes, personas y climas. Valera es un poema en verso libre, con sus disonancias semánticas y formales, difícil de comprender: hay que disfrutarlo. Vivo en Trujillo, que, aunque es la capital del Estado, tiene dimensiones y rasgos de pueblo. Quienes vivimos en Trujillo siempre necesitamos viajar a Valera. Hoy, como tantas veces la visito. Siempre es como la primera vez. Muchas cosas cambian, muchas cosas me sorprenden. El trayecto de Trujillo a Valera, una pequeña ciudad del occidente de Venezuela, es un interesante paseo a través de una extensa autopista de 25 kms aproximadamente, de vistas rurales, de pequeñas poblaciones ubicadas en los márgenes de la carretera, en los que podemos visualizar ventas de cocos, de refrigerios y algunos moteles. Para el turista o viajero que viene de otros estados como Zulia, Lara y Aragua, Valera es la entrada a los Andes venezolanos y es paso obligado para subir al páramo merideño o continuar viaje a la ciudad de Mérida.
Voy en busca de alimentos y medicinas que no encuentro en Trujillo. Venezuela vive hoy, cuando esto escribo, una tensa situación política. Algo pareciera que va a ocurrir. Valera, como las ciudades soñadas de Italo Calvino, también gira alrededor del misterio, pero un misterio que tiene una dimensión trascendente, poética.
Ya entrando en Valera me encuentro un semáforo, lo que me indica que debo tener cuidado. Estoy en las cercanías de la parroquia San Luis. Un cruce hacia la izquierda me llevaría a una empobrecida Zona Industrial. Sigo hacia adelante y observo signos, señales, dispositivos, avisos comerciales propios de una ciudad. Debo conducir con más cuidado pues la afluencia de vehículos es mayor. Noto que el clima se ha vuelto más cálido y los ruidos del tránsito de carros, camiones y motos se ha intensificado. Enciendo el aire acondicionado de mi auto. El ritmo de vida, se torna también más intenso. De todos modos, no estoy en Nueva York, estoy en Valera, una activa e interesante ciudad provinciana, ubicada en un valle, bordeada por los ríos Motatán y Momboy y rodeada de colinas (se le conoce popularmente como la ciudad de las siete colinas) en la que sus gentiles habitantes resisten la globalización apelando aún a formas de comunicación espontáneas, a sanos hábitos de convivencia y a algunas costumbres de origen rural.
A medida que avanzo, el paisaje adquiere decisivos perfiles urbanos. Ya en la ciudad, una serie de pequeños y medianos negocios muestran sus avisos y productos: ferreterías, ventas de pinturas, talleres mecánicos, alguna farmacia, alguna carnicería, algún supermercado, algún banco. Mi auto se desplaza a través de una extensa avenida, llamada Bolívar, la principal de la ciudad, que la divide en dos. Estoy como en el juego de la rayuela. Valera, como la novela de Cortázar, es una ciudad abierta. A veces me ocurre que no sé exactamente por donde cruzar pues tengo diversas opciones a mi derecha y casi ninguna a mi izquierda. Cruzo hacia un sector que llaman “El Bolo”, cercano al Mercado Municipal. Muchas personas se mueven alrededor. Unos compran frutas, verduras, hortalizas venidas de los páramos, otros venden panes, arepas o dulces caseros. Es una zona activa, dinámica. Me detengo a comprar unas semillas de ajonjolí. Olores y sabores diversos son parte de esta atmósfera tropical. Estoy en los predios de la antigua hacienda de Mercedes Diaz. Creo haber caído en un pasado como de treinta años atrás. Hace calor. Ferreterías y ventas de productos agrícolas o de repuestos para automóviles y motos ofrecen también sus mercancías en las inmediaciones. Vuelvo a mi auto. De pronto estoy frente a una bifurcación.
Tomo una de las dos vías y ya estoy en pleno y caótico centro de la ciudad. El tránsito es lento. Cerca veo la plaza Bolívar y la Catedral. Más allá está el edificio de la Alcaldía. Solo las motos avanzan desordenadamente a ambos lados de mi auto, sin respetar leyes de tránsito. Decido buscar un estacionamiento y andar a pie. Las aceras peatonales están congestionadas de tarantines y los transeúntes deben tomar las calles, disputándose espacio entre ellos y las ventas ambulantes de frutas, jugos, verduras u objetos diversos (ropa, sandalias, perfumes, cosméticos, etc). De todo venden los vendedores informales, compitiendo con los precios que ofrecen negocios establecidos que intentan atraer la atención con música de vallenatos o canciones llaneras a todo volumen. Quiero comprar unos víveres en alguno de los varios supermercados chinos, que supuestamente ofrecen buenos precios. Ya en una acera observo que debo andar con precaución y lo más distante que pueda de la música que agrede mis oídos. Debo igualmente tomar la precaución de no tropezar con tarantines, peatones o de caer en un hueco de alguna calle. Valera, lo constato de nuevo, es una ciudad comercial. Tiene algo de la antigua Fenicia. Como si me moviera en un confuso tiempo circular, o en un laberíntico relato borgeano, observo que buena parte del comercio está en manos de chinos y árabes.
Todo en esta zona de Valera es un poco caótico, imprevisible y quizás eso sea parte de su belleza. Ahora hace calor y sol, pero en algún momento podría llover. Su ritmo de vida comercial no le impide ser amena y hospitalaria. Las valeranas y valeranos siempre están dispuestos al buen trato y a la conversación grata y cordial. Hoy, sin embargo, noto una tensa calma en el rostro de las personas. Mucha gente al parecer, está, como yo, comprando cosas. Un buhonero me ofrece un pantalón, otro una franela, otro mangos y guayabas. El ruido de los autos, la música, el poco orden y espacio para caminar, la agitación reinante, me confunden. Por fin encuentro el supermercado que busco. Es de asiáticos, a juzgar por el rostro de quien vigila a la entrada, sin duda alguien venido de alguna lejana comarca china. Por su hermetismo parece un personaje de un cuento policíaco. Como es día de pagos institucionales, el supermercado está abarrotado. Invoco a los dioses de la serenidad y entro. Comprar, me digo, debe ser un acto de placer. Probablemente alguien me vigila. Busco los víveres orientándome con la ayuda de empleados del hipermercado. Debo hacer una larga cola para pagar. La cajera, una simpática joven valerana me entrega el ticket de compra y me indica que debo ir a una mesa cercana donde otro asiático poco expresivo chequeará mi compra, como condición para poder salir.
Ya en la calle el ruido de las cornetas de autos y la música a todo volumen, me aturde un poco y me devuelve al agitado presente de Valera. ¿Estoy en el siglo XXI? Con cierta dificultad, pues llevo algunas bolsas, logro llegar al estacionamiento. Busco el camino hacia un sector de la ciudad más apacible, para comprar algunas medicinas y escapar de mi ofuscación. Paso por una calle en la que veo algún viejo negocio que me recuerda lo que debió ser antes una antigua pulpería. Es el sector donde al parecer existió aquí un viejo mercado. Me he movido hacia finales del siglo XIX. Aún queda la huella en algunas viejas tiendas, carnicerías y ferreterías. A escasos minutos estoy ya en las inmediaciones del parque más importante de la ciudad, el parque “Los Ilustres», recientemente remodelado. Es el sector Las Acacias, un lado opuesto al caótico centro de la ciudad. Parece increíble, pero el clima y el ambiente se tornan aquí más amables, hospitalarios. Me he liberado de la algarabía y del desorden del centro.
Miro hacia las montañas y el cielo luce aún despejado. Valera es una yuxtaposición de tiempos y espacios, un caleidoscopio de rutas, de estilos de vida, de climas, olores y sabores. El paisaje cambia del cerro La Peineta al sector El Country. Pronto, si lo quisiera, en un breve lapso de tiempo, podría trasladarme en mi auto al bello pueblo de La Puerta y vivir allí su tiempo colonial y su intenso verdor y topografía andinas o al bucólico poblado de Escuque, reino idílico del poeta Ramón Palomares, hermosamente asediado de pájaros, plantas y flores. ¿Ciudad tropical o andina? Quizás las dos a la vez. La luz de Valera es única, a la vez andina y tropical, ilumina sin cegar, cobija con su suave humedad, propicia un clima amable, dialogante, hospitalario.
Estaciono a un lado de la calle y camino para llegar a la farmacia. Hay frondosos árboles en los márgenes de las calles y viejas casonas, algunas lucen un tanto abandonadas o descuidadas como signos de la crisis económica del país. Hay musgo en sus techos, pero en sus patios y lo que debieron ser bellos jardines, sobreviven algunas flores silvestres. Testimonian mejores tiempos. Quizás, me digo, sus dueños han emigrado. Más adelante, una hermosa quinta convertida hoy en un simpático y moderno restaurante abre sus puertas. Decido entrar a comer una pizza. Una agradable joven me atiende. La he visto en otras oportunidades pues trabajó antes como secretaria de un médico amigo. Se llama Katty. Viste una atractiva blusa de azul. Es casi como una amiga. La ambientación, de un minimalismo funcional, con una iluminación cálida, es propia de un lugar acogedor pero ultramoderno. Le ordeno una pizza y como no hay más clientes, le pido que, por favor se siente y me acompañe. Compartimos la pizza. La conversación se extiende sobre varios asuntos y caemos en el tema de Valera. Me dice que vive en Plata 2, que nació aquí, que esta es su ciudad, que Valera es para ella su amor, un amor, me dice, a veces incomprendido, a veces es un gusanito que llevo adentro y me da miedo, otras veces es como una mariposa de colores que cuando más me le acerco, se escapa. A ella, me confiesa, le gusta escribir, quiere hacer una novela. Y Valera, me confiesa, será como un personaje central, pues Valera misma, me insiste, es como una novela de muchas voces. De pronto, llega otro cliente y Katty debe atenderlo. Yo he terminado de comer. Nos despedimos.
Dicen las viejas crónicas que la ciudad siempre tuvo una impronta comercial, por ser cruce de caminos, pero hubo tiempos de mejor economía y más tranquila vida social, de memorable cortesía, tanto en el amor como en las costumbres. Algunos mayores recuerdan retretas, tempraneras misas de aguinaldos, serenatas en las ventanas de las casas y celebraciones festivas con puertas abiertas en los patios y jardines, de galanteos y noviazgos sostenidos en románticas cartas de amor. Decido caminar hacia arriba por estas anchurosas calles, para conocer mejor la agradable zona.
Hay lujosos y modernos edificios residenciales, seguramente construidos en tiempos de mejor economía. Una pared cercana, protección de un terreno baldío, muy visible en plena avenida, muestra una lista con nombres de personas, algunos muy jóvenes, según se indica, caídos en las protestas de 2014 que se extendieron por todo el país. Es una suerte de memorial que recuerda cercanos años de rebelión popular. Me remonto imaginariamente a esa otra Valera de los barrios o sectores pobres de la ciudad ubicados en cerros como “Caja de Agua” o “La Marchantica” que han sobrevivido a veces en límites de extrema pobreza o en
barrios construidos a pulso de sus esfuerzos populares como “El Milagro” o en urbanizaciones que han vivido a ras de sus medianías, entre el rigor y la distensión como “La Beatriz” o en sectores que han transitado también economías fluctuantes como Morón, Plata 1 o Plata 2. Entonces algo me dice que Valera es como un mar revuelto, un mar misterioso, por ahora en tensa calma.
Valera es también para mí un palimpsesto de recuerdos en el que se superponen y se desdibujan tiempos y espacios distintos. Me traslado a otros momentos. Corría el año 1982 y el escritor Adriano González León, natural de Valera, como él solía decir, visita su ciudad. Aquí creció entre solares de viejas casonas y haciendas, a saltos de matas y entre frutos silvestres. Vivió tiempos apacibles. Ahora viene de la agitada Caracas. Nos convoca a reunirnos, en la complicidad de unas cervezas, a un grupo de amigos en un café de la avenida Bolívar. Es una tarde cálida y hermosa. Hablamos de diversos temas. Sale a relucir su vida de diplomático en Argentina, su conocimiento personal de Borges y de tantas figuras de la vida intelectual de Buenos Aires. Es un gran conversador Adriano. Recordamos también a la extraordinaria poetisa Ana Enriqueta Terán, de fascinante belleza y presencia en sus tiempos de juventud, cuya poesía refigura su infancia en lo que debió ser una Valera de altivos hacendados y caudillos de a caballo prestos a dirimir orgullosas disputas de parentelas y lejanías. Se comenta que en Uruguay cuando hacía presencia en algún auditorio se la aplaudía como a una reina. Más adelante correrán los tiempos del buen teatro a sala llena en la sede del Teatro Nacional Juvenil de Valera, o en el Teatro Ana Enriqueta Terán, frente a la plaza Bolívar, bajo la sabia rectoría de la escritora Pilar Romero. Fueron noches en las que aplaudimos a rabiar el genio de nuestros mejores dramaturgos y la magia de estar congregados por la poesía.
Para muchos venezolanos quizás Valera no sea sino un nombre más entre los tantos nombres de pueblos y ciudades de la remota y desconocida cartografía nacional. Pero para quienes, como yo la transitamos desde hace años y bastante ocasionalmente, Valera es una geografía espiritual, un cruce de caminos y de tiempos entre la magia, la necesidad y el azar, un reclamo de la memoria y el deseo. Reconozco, en efecto, que Valera es para mí un amplio espectro de recuerdos y fantasmas. Tanto puede ser una olvidada callejuela por la que últimamente no he transitado, una ventana de una vieja casa en la que al pasar se asoma el pícaro rostro de una niña, como un viejo bar del centro o la imagen deslucida de una bodega o de una pueblerina iglesia en la periferia, que se resisten a un futuro incierto, amenazador.
Vuelvo al presente. Ha comenzado a llover. Busco mi auto. Doy por cumplido mi objetivo del viaje. Ahora sé que volveré otros días para moverme entre la agitación y la calma, entre el placer de comprar y la gentileza y belleza de las mujeres valeranas. Valera es diversa, enigmática, agitada y cordial. Es el gusano y la mariposa de Katty, un amor difícil de entender, a veces íntimo, a veces extraño.
Ya de regreso a Trujillo, con la misma incertidumbre con la que inicié mi viaje, pero un poco liberado de tensiones, me detengo a un lado de la autopista para disfrutar de un agua de coco y conversar plácidamente con el viejo Luis Linares, quien sobrevive en su humilde y a la vez orgullosa pobreza. El viejo Luis parece ajeno a la tensión social que se vive, pero estoy seguro que ama este país y sueña alguna vez con una vida más próspera. Me despido con la certeza de que algo disonante y bello podría ocurrir. Nadie lo sabe. La poesía, me digo, mientras cae la lluvia sobre mi auto y pienso en este abatido país, tanto tiempo tocando fondo, es un arma cargada de futuro. Es lo que dice el poeta Gabriel Celaya en la canción que ahora escucho en el auto, magistralmente interpretada por Paco Ibáñez.
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