Valera no es solo una ciudad; es un sentimiento de pertenencia que se forjó sin decretos reales, naciendo directamente de la voluntad de su sociedad civil. A través de las voces de quienes la han caminado por décadas, descubrimos que la «Ciudad de las 7 Colinas» es un tejido de anécdotas que van desde el vapor de los antiguos trapiches hasta los aplausos en escenarios internacionales.
La Valera de las Haciendas y la Palabra Empeñada
Medicci recuerda con viveza un enorme pozo de agua que Don Mario construyó para regar los sectores que hoy conocemos como La Plata. Allí, los jóvenes paseaban en lanchas hasta que el miedo se apoderó del lugar tras el rumor de que habían soltado «babas» (pequeños caimanes), transformando un sitio de recreo en una leyenda local.
“Me acuerdo cuando se inauguró el Teatro Libertad, que vino Libertad Lamarque, bellísima”.
El Retorno al Mercado y los Iconos Inmutables
Pedro Frailán nos transporta a la Valera del año 63, cuando la entrada por Villa Mercedes revelaba una Avenida Bolívar ancha, poblada de quintas con paredes altas y el imponente aviso del «Comercial Natal» como faro visual.
Para Pedro, la identidad valerana se encuentra en los detalles que resisten al tiempo. Recuerda las visitas al mercado con su madre para comer las arepas de la señora Lina y, sobre todo, la fotografía gigante de un pescado que colgaba en una de las paredes. Décadas después, ese mismo pescado, aunque deteriorado por los años, sigue allí, sirviendo como un portal de «regresión» hacia su niñez.
Tradición, Fe y el Sueño Industrial
La vida dominical era el eje social de la ciudad. Eladio Muchacho relata una ciudad de tradiciones profundas, donde los domingos la familia se «enflusaba» (vestía de gala) para ir a misa por respeto a la casa de Dios, a pesar del calor. Era la Valera donde, tras la fe, venía lo pintoresco: la bajada de la bandera con honores policiales, las retretas en la Plaza Bolívar y el «lorito de la suerte» en el mercado viejo que predecía el destino por un real.
Pero Valera también fue escenario de luchas por el progreso. Eladio destaca la figura de su hermano «Chuchi» Muchacho, quien se enfrentó a los tecnócratas de Caracas para fundar la fábrica de vidrio Los Andes en Valera y no en el centro del país, defendiendo la posición estratégica de la ciudad ante el Zulia y Lara.
Esa misma tenacidad la compartía con el ingeniero Ernesto Rosales, cuya guía fue fundamental para importantes obras de la ciudad.
El Ateneo: Corazón Cultural del Mundo
Luis recuerda sus inicios como operador del «Seguidor» (el reflector de luces), una tarea de prestigio que le asignaba el profesor Simón en el Ateneo.
Tuve el privilegio de ser parte de lo que la arquitecto Nancy Newman denominó la «Generación de Oro» del teatro. Todo cambió en los años 90 con el regreso de la maestra Pilar Romero, quien sembró en Valera el sistema del TNJ (Teatro Nacional de Jóvenes). No solo hacíamos arte; nos profesionalizamos. Gracias al Instituto de Teatro (hoy UNEARTE), un grupo de jóvenes valeranos nos hicimos licenciados en artes, trabajando y creando simultáneamente.
Pilar, con su visión cosmopolita, nos permitió llevar nuestra idiosincrasia trujillana a latitudes impensables. Llevamos la obra «Con la mano izquierda» (o El zurdo), hasta el Cairo, Egipto. Recorrimos Costa Rica y llegamos a España demostrando que el talento nacido en estas colinas podía dialogar de tú a tú con el mundo. Valera se convirtió en una referencia internacional de la danza y el teatro, con academias floreciendo en cada sector.
Marlene destaca que el Ateneo no era una élite cerrada, sino el «punto de encuentro» donde coincidían desde motorizados hasta artistas internacionales. Tal era su prestigio que Valera fue sede del primer encuentro mundial de Ateneos, recibiendo delegaciones de Uruguay, Colombia, Puerto Rico y España. Incluso pianistas de la talla de David Ascanio, tras tocar en el Teresa Carreño, aseguraban que no había público más caluroso que el valerano.
En el Ateneo se rindieron homenajes a cientos de artistas nacionales e internacionales, y se cumplía con una amplia agenda cultural que incluía a niños y a adultos.
Un gran numero de valeros recibieron sus títulos de primaria y bachillero en el Ateneo
Un Futuro de 206 Años
Hoy, al cumplir 206 años, la sociedad civil se niega a dejar morir este legado. A pesar de las dificultades económicas que mantienen cerrados espacios icónicos como el Teatro Libertad o el propio Ateneo, la comunidad cultural está activa.
El Ateneo de Valera y la sociedad civil tienen previsto una serie de eventos especiales para celebrar este aniversario. El objetivo es «relanzar» la identidad de la Ciudad de las 7 Colinas, exigiendo claridad histórica sobre sus orígenes y buscando el apoyo necesario para reconstruir su infraestructura artística, para que Valera siga siendo referencia cultural a nivel nacional e internacional.
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