UN TSUNAMI DE SOLIDARIDAD | Por: Francisco González Cruz

 

Apenas la gente se empezó a dar cuenta de la magnitud de la tragedia se inició un movimiento que se extendió rápidamente, inicialmente en los lugares cercanos y luego más allá. Primero los familiares y vecinos escarbando con las manos entre los escombros con la esperanza de encontrar vivos a sus parientes y amigos. Luego llegó más gente para alumbrar con sus celulares las tareas, cargando agua, bandages y medicamentos. También, tristemente, para sacar los primeros cadáveres, cubrirlos dignamente con alguna tela disponible y colocarlos por allí.

A las 24 horas de los dos terribles terremotos, casi todo dependía de la inmensa red humana que se tejía espontáneamente para ayudar en lo que se pudiera, con la sola coordinación de la voluntad y la lógica natural de un pueblo ya experto en resolver calamidades cotidianas. En los sitios de la tragedia se armaron toldos, y enfermeras y médicos improvisaron sus elementos para curar a los heridos, mientras cientos de voluntarios estaban dedicados por entero a remover restos de lo que fueron casas y edificios.

Desde las cercanías donde había alguna normalidad, partían cientos de motorizados llevando ayuda que incluía guantes, linternas, porras y cinceles, mascarillas, agua y alimentos. Luego llegaron autos, camionetas y camiones cargados de insumos que se distribuían rápidamente. Más lejos, los agricultores cargaban sus camiones con verduras, los comerciantes con víveres, otros disponían de maquinarias, de ropa y de todas esas cosas que la gente, por pura intuición, sabía que eran necesarias.

Es frecuente que luego de un terremoto en el mar se desate un tsunami: el agua se recoge, toma fuerza y luego descarga en las costas gigantescas olas que causan muchos daños. Los dos terremotos y sus réplicas fueron en tierra, y allí el tsunami fue la respuesta humana convertida en gigantescas olas de solidaridad; primero en las cercanías, luego en toda Venezuela y más allá a través de la diáspora. Muchos testimonios dan cuenta del apoyo de personas en Caracas y otros lugares que recibían algún dinero de los emigrantes, compraban las cosas necesarias de acuerdo con los reportes de la emergencia y salían en sus motos a llevarlas.

Mil maneras de ayudar rápidamente, sin burocracia, sin formularios y sin trámites; tan solo la confianza y el deseo de servir.Todo el mundo estaba ocupado en tratar de ayudar, pero también se preguntaban: ¿y a estas alturas dónde está el gobierno? Las primeras señales de la burocracia oficial fueron tardías y torpes, con la honrosa excepción de las iniciativas casi personales de bomberos, defensa civil y policías que actuaron casi sin equipamiento.

Un gobierno que nació con “El Deslave de Vargas” en diciembre de 1999, que causó daños enormes en estos mismos lugares, pudo haber aprendido de la experiencia. Primero despreció la ayuda internacional de la que hoy depende décadas después, pero luego hubo algunos intentos de seriedad que devinieron en desprecio al talento y la capacidad técnica, hasta llegar al desastre institucional que es hoy.

Estos lamentables sucesos naturales demuestran, en primer lugar, la enorme capacidad de solidaridad y organización que ha ganado el pueblo venezolano, que ya sabe que no puede contar con un Estado que no sea para otra cosa que estorbar, robar y perseguir a quien haga algo útil. Segundo, la urgente necesidad que tiene Venezuela de ir a refundar la República, tal como está establecido en la Constitución Nacional, mediante elecciones libres, bien organizadas y supervisadas.

La sola capacidad de organización y solidaridad de la sociedad civil venezolana no basta frente al tamaño de los desafíos. Venezuela necesita encaminarse por la vía del desarrollo humano sostenible, en paz, con trabajo digno, con sus familias restituidas y un Estado decente y honesto. El pueblo está claro y sabe responder, pero urge ir a una institucionalidad que también responda al clamor popular. Esta es la hora de que el pueblo decida.

 

 

 

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