Un tachirense varado junto a sus hijos y sobrino después de cruzar el Darién

Eduardo Parra es del municipio Bolívar, frontera del estado Táchira con Colombia. El pasado 28 de septiembre decidió emprender camino para cruzar la selva del Darién y trasladarse hacia los Estados Unidos buscando mejor calidad de vida. Lo que no esperaba es que al llegar a México se iba a encontrar con una medida migratoria que les impediría cruzar y que los dejaría en el limbo. El dinero que les quedaba les alcanzó para devolverse a Guatemala, donde están varados

Eduardo cruzó el Darién junto a sus tres hijos y sobrino con la esperanza de llegar a los Estados Unidos, pero en México se encontraron con la nueva medida migratoria para venezolanos. Fotos: cortesía

El 28 de septiembre de 2022 Eduardo Parra (49) agarró un bolso con poca ropa y se fue junto a sus tres hijos y un sobrino de 19, 25, 27 y 28 años de edad a recorrer Colombia con la finalidad de llegar a la selva del Darién en Panamá, y de ahí rumbo a los Estados Unidos donde un hermano los estaba esperando.

Eduardo es del barrio Pinto Salinas, municipio Bolívar del estado Táchira. Antes de la pandemia por COVID-19, que aisló a las zonas fronterizas con Colombia del resto de Venezuela, era conductor y comerciante particular, pero como no pudo seguir laborando entró en una recesión económica que lo mantiene desesperado.

Por eso, planeó junto a sus hijos el viaje. Para ello vendió la casa donde vivían y un carro. A su esposa la dejó viviendo en un rancho, junto a las esposas de sus hijos y sus nietos, a la espera de que ellos pudieran ganar dinero suficiente para llevárselas y empezar una vida distinta, pero todo cambió por las nuevas medidas de ingreso que estableció el gobierno de los Estados Unidos para los migrantes venezolanos. Los cinco quedaron en el limbo, viajando de un lado a otro para buscar un retorno humanitario a su país.

“Yo estoy acostumbrado a trabajar y a tener lo mío, a tener mis bolivaritos en el bolsillo, como decimos nosotros los venezolanos. El desespero de no tener nada lo lleva a uno a hacer cosas que atentan contra la vida de uno. Bendito mi Dios que eso se acabó por la selva del Darién”, destaca en medio del relato que realizó a través de notas de voz de WhatsApp al Diario de Los Andes.

Eduardo y sus hijos se fueron vía terrestre hasta Necoclí- Colombia. Allí llamaron a un coyote que les habían recomendado para pasar en lancha a la población de Candín. Este les cobró 250$ a cada uno, es decir, 1.250$ en esa primera parte de la travesía. Se trata de una finca en la que les hacen pasar la primera noche, cree Eduardo que para “hacerles gastar plata a los migrantes”. De allí los trasladan al día siguiente a otra finca donde también deben dormir. “Lo hacen pasar otro día ahí para que hagan el gasto, y después si es que lo llevan a uno a la selva”, dice.

 

Venezolanos en medio de la ruta hacia los Estados Unidos. Cortesía

En el camino no sufrieron robos, ni observaron alguna situación irregular en ese sentido, pues la selva estaría controlada por grupos subversivos que impedirían este tipo de hechos, lo que si presenciaron fue a ciudadanos enterrarse en el lodo, caminaron horas entre lluvia, ríos crecidos y un sol incandescente, que no saben cómo logaron superar.

“Son unas montañas muy empinadas, el paso es muy malo, mucho lodo. Hay personas que caían al lodo y quedaban enterrados más del 60% de su cuerpo, más arriba del estómago. De hecho, una señora cayó también al lodo y se hundió totalmente, no lograron sacarla. Estiraron la mano para sacarla y no la encontraban. El temor de uno es seguir… Hay que subir demasiados cerros, pero lo peor es bajarlos, la condición de bajarlos es igual o peor que subiendo. Hay que caminar 8 o 10 horas atravesando ríos, un día completo atravesando ríos. Ese río es muy traicionero. Todos los días nos llovió, todos los días estábamos mojados. Empezaba a llover y uno se daba cuenta que en cuestión de segundos el río crecía. El que estaba metido a las orillas del río se lo cargaba, porque venía con una inmensidad de agua que uno, el ser humano, no era capaz de atravesarlo”, relata Eduardo.

El nivel del lodo era tal, que algunos venezolanos que usaban botas de caucho, las perdían en medio del humedal y no las encontraban, por lo que les tocaba continuar el trayecto descalzas.

Había momentos que caminaba bajo la lluvia, con hambre, o con demasiado sol, y veía como a su alrededor la gente se desmayaba. “Si yo como ser humano hubiera sabido que esa travesía iba a ser así, yo no me hubiera prestado, ni hubiera apoyado a mis hijos a que hicieran esto. De hecho, nosotros cargábamos a una muchacha que se lesionó una rodilla, y si no hubiera sido por nosotros se hubiera quedado allá, porque no era capaz de caminar”, expresa Eduardo.

Al salir de la selva unos indios le cobraron 25 dólares a cada uno para trasladarlos en lancha a otro pueblo de Panamá. Se trata de dos trayectos sobre el agua para que el viaje sea más corto.

En Panamá los esperaban funcionarios de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), de quienes asegura no recibieron ningún apoyo. Tan sólo los registraron con el fin de llevar una data y los dejaron avanzar.

En Guatemala

Una vez llegan a Guatemala se suben en unidades de transporte público para trasladarse hacia México. Cada 15 minutos los conductores de los autobuses se paraban para que la policía guatemalteca le cobrara 20 quetzales a cada uno, es decir 100 quetzales por punto de control. Para finalizar el trayecto tuvo que cancelar 70$ aparte.

Estando en la frontera con México, para pasar por el río, un coyote les cobró 70$ a cada uno con el fin de dejarlos en Tapachula. Al llegar a esa población de México, migración agarró a Eduardo y pasó tres días en prisión.  “Todo es una corrupción, una mafia con nosotros los migrantes”, dice Eduardo.

El migrante tachirense destaca con preocupación que las mafias de Guatemala están secuestrando los venezolanos. “El 19 de octubre secuestraron a 30 venezolanos, una muchacha logró escapar y en el temor de huir se partió un tobillo. La van a enviar a Venezuela en un avión desde México”.

 

Migrantes venezolanos en una cancha en Tapachula, México. Cortesía

Hay partes de México en las que está prohibido que el migrante agarre vehículo para ser transportado, por lo que deben caminar largos trayectos, y los ciudadanos se niegan hasta a darles a un vaso con agua a quienes van en ese trayecto hacia los Estados Unidos. “La gente de México ve al migrante como una escoria y no le presta a uno ayuda. Con decirle que no le regalan ni un vaso de agua al migrante, porque yo mismo le pedí agua a la gente y nos rechazaban, no nos daban ni un vaso de agua”, recuerda.

Estando en México conocieron que no podían pasar hacia los Estados Unidos, y después de haber caminado horas, haber aguantado hambre, estado en prisión, de tener sus cuerpos y mentes agotados, de haber gastado casi todo el dinero que se habían llevado, y de tener las plantas de los pies ampolladas de tanto andar en altas temperaturas, deciden retornar a Venezuela, pero llegando de nuevo a Guatemala.

“Hemos dormido en la calle, hacemos una comida al día. Tengo ampollas en los pies de tanto caminar al sol, he bajado de peso. Andamos sin dinero esperando a ver qué familiar nos colabora para regresar… Son miles y miles de migrantes que se encuentran tanto en las carreteras hacia México, Panamá, Costa Rica, Guatemala varadas porque no pudieron pasar. Regresar a nuestro país para seguir aguantando esos atropellos que hay”.

A la espera

Eduardo Parra, sus tres hijos y su sobrino duermen en las calles de Guatemala esperando una decisión del gobierno de repatriarlos. El boleto de retorno tiene un valor de 308 dólares para cada uno, y no disponen ya de ese dinero. Hasta el momento no han conseguido apoyo de ninguna ONG, ni una medida humanitaria que les permita volver a Venezuela y salir del limbo en el que se encuentran.

Al recordar todo lo que vivieron, agradece a Dios porque sus hijos, su sobrino y él permanecen con vida. “La travesía fue muy fuerte, algo que no se le desea a nadie que haga esa travesía. Quedamos absolutamente sin nada, y ahora toca empezar desde cero”, finaliza diciendo este tachirense, proveniente del municipio Bolívar al Diario de Los Andes, quien sólo espera volver a reencontrarse con su esposa y estar en tranquilidad.

 

 

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