Carolina Jaimes Branger
Hace años, en una reunión social, un curador se le acercó a mi amiga Surpik Angelini para preguntarle qué coleccionaba. «¡Personas!», respondió. Y, ante la sorpresa de su interlocutor, añadió que llevaba coleccionando personas extraordinarias desde 1997. La lista, le informó, estaba disponible en su página web.
La anécdota tiene algo de provocación, pero también contiene una declaración de principios. Para Surpik, el arte no se agota en el objeto ni en la firma de quien lo produce. Está también en las conversaciones que suscita, en las preguntas que abre, en las relaciones que hace posibles y en las ideas que, al encontrarse, pueden transformar nuestra manera de mirar el mundo.
Conocí a Surpik a través de Sada Zarikian, su madre, con quien tuve una larga y fructífera amistad. Lo mismo me pasó con Surpik: nuestra relación se convirtió en uno de esos espacios privilegiados en los que una puede pensar en voz alta. No es poca cosa. Hay amistades que nos ofrecen compañía y otras que, además, nos ofrecen libertad: la libertad de disentir, de explorar una idea antes de saber adónde nos llevará, de formular preguntas incómodas y de reírnos en el camino. Surpik pertenece a esa segunda categoría.
Es una mujer de opiniones firmes, conversación inagotable, humor y franqueza. Tiene una generosidad que no necesita anunciarse y una lealtad que se reconoce en los hechos. No parece especialmente interesada en el halago, sobre todo cuando sospecha que detrás de él hay una intención. Le interesa mucho más la sustancia: lo que una persona piensa, lo que hace con ese pensamiento y lo que está dispuesta a poner en juego.
Quizá por eso Transart Foundation, la institución que ha impulsado durante décadas, resulta tan reveladora de su personalidad.
En 2018, cuando se inauguró el edificio de Transart en West Alabama, en Houston, la periodista y crítica Molly Glentzer escribió sobre una característica singular de Surpik: durante décadas había preferido mantenerse fuera del foco, hasta el punto de afirmar que había «borrado su propia presencia de la ecuación». La construcción de una sede para la fundación hizo más difícil conservar ese anonimato voluntario.
Fue su hijo Giorgio quien insistió en que tuviera «una habitación propia». El edificio, diseñado por el arquitecto Troy Schaum, terminó por hacer visible lo que durante años había crecido sin demasiado ruido: una plataforma de investigación, creación y encuentro en torno al arte y la cultura contemporáneos.
La paradoja es hermosa. Surpik, que había preferido trabajar desde un discreto segundo plano, terminó construyendo un lugar que la obligó a hacerse visible. Pero la visibilidad nunca fue el propósito último. Lo importante era que existiera un espacio en el que otros pudieran trabajar, investigar, crear y encontrar interlocutores.
En su discurso al recibir el premio a la trayectoria de Art League Houston, Surpik describió Transart como un portal para el aprendizaje y el activismo. Allí, artistas, académicos, escritores e intérpretes pueden desarrollar proyectos, dialogar con otras disciplinas, cuestionar los cánones culturales y vincular sus preocupaciones éticas con la búsqueda de un mundo mejor.
Mientras acompaña esos procesos, Surpik observa el hilo que atraviesa la creación de cada colaborador y escribe sobre él. No se limita a facilitar un espacio: escucha, estudia, interpreta y establece conexiones. Su trabajo tiene algo de antropológico —no en vano esa disciplina forma parte de su formación y de su mirada— y algo de curaduría entendida en su sentido más profundo: descubrir relaciones significativas entre personas, ideas y obras.
El resultado no se mide únicamente en exposiciones o proyectos realizados. Surpik habla con especial emoción de la amistad y el apoyo mutuo que persisten entre sus colaboradores. Ellos son, dice, su verdadera recompensa.
En tiempos en que tantas instituciones culturales parecen empeñadas en convertir el arte en una competencia por la atención, hay algo profundamente valioso en esta manera de entenderlo. Crear las condiciones para que otros puedan pensar, producir y encontrar su propia voz es también una forma de creación. Y acaso una de las más generosas, porque su éxito no depende de ocupar el centro de la escena.
Al recibir el reconocimiento de Art League Houston, Surpik dedicó el premio a su esposo fallecido, el doctor Paolo Angelini. Lo recordó como un investigador pionero de las anomalías cardíacas, un hombre de extraordinaria amplitud intelectual y un artista de corazón. A él atribuyó la libertad creativa y el amor incondicional que dieron forma a la vida familiar. «Fue el viento bajo mis alas», dijo.
La imagen revela una dimensión íntima de su historia. La autonomía creadora no nace necesariamente del aislamiento; también puede alimentarse de un amor que no pretende domesticarla, sino darle espacio para desplegarse.
Al final de su discurso, Surpik se reconoció como un eslabón de una cadena que su abuela y su madre habían dejado, gracias a toda una vida de servicio a sus comunidades. Y celebró que esa vocación continuara en sus hijos, a través de la antropología comunitaria y la realización de documentales socialmente relevantes.
Hay, por tanto, una continuidad entre generaciones: el compromiso con los demás como una forma de vida. No se trata de una herencia que se transmite por decreto, sino por el ejemplo, por las decisiones cotidianas y por la convicción de que el talento adquiere una dimensión distinta cuando se pone al servicio de algo que nos trasciende.
Surpik recibió un premio a la trayectoria. Pero su discurso permite comprender que una trayectoria no siempre se construye acumulando reconocimientos ni ocupando espacios. A veces se construye abriéndolos para otros.
Y quizá esa sea la lección que mejor resume su vida: hay personas que dejan una colección de objetos, otras que dejan una obra y otras que dejan instituciones. Surpik ha hecho algo más difícil de medir y, por eso mismo, quizá más perdurable: ha creado una comunidad de personas que, gracias a ella, han podido encontrarse, pensar, crear y hacer algo con sus ideas.
Su colección no cabe en una vitrina. Está viva. Y su verdadero valor reside en todo lo que todavía puede producir.
@cjaimesb
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