Durante años, su casa fue para Yendry González el lugar donde la rutina encontraba descanso. Allí, junto a su familia, construía, poco a poco, una vida que parecía inalterable. Bastaron 39 segundos para que esa certeza desapareciera. Ahora, cuando mira hacia el edificio donde vivió, se encuentra con una pila de escombros de la que sobresalen artículos que durante años formaron parte de su rutina: un lavamanos, cuadros, la caja de un árbol de Navidad.
Como ella, cientos de habitantes del eje Guarenas y Guatire, en el estado Miranda, siguen viviendo lejos de sus casas tras los terremotos que sacudieron a Venezuela el 24 de junio de 2026. Algunos permanecen en refugios temporales; otros sobreviven repartidos entre casas de familiares, amigos o vecinos solidarios. Hay quienes duermen en campamentos improvisados y quienes hacen guardias nocturnas frente a edificios inhabitables para evitar robos mientras esperan autorizaciones para comenzar a reconstruir ese lugar donde encontrar paz: su hogar.
A tan solo unos minutos de distancia, en Guarenas, municipio Ambrosio Plaza, las evaluaciones técnicas determinaron que más de 70% de los 21 edificios inspeccionados presentan condiciones que impiden habitarlos con seguridad. Algunos centros comerciales reconocidos en la zona como el Buenaventura, Vista Place y el recién inaugurado Megacenter también sufrieron daños de mampostería. Incluso, la Catedral de Nuestra Señora de Copacabana se encuentra inhabilitada por los daños resgitrados por los terremotos. En la Urbanización Oropeza Castillo, las réplicas del sismo provocaron el desplome del Bloque 8 (el 27 de junio) y posteriormente el colapso estructural del Bloque 9. Ambos edificios habían sido evacuados a tiempo de manera preventiva.

“Dios me guardó la vida tres veces”
“Yo quería avanzar, pero no podía. Entonces me puse a orar: ‘Señor, por favor, guárdame la vida. Guárdanos la vida a mi papá, a los vecinos, a todos”, recordó.
La primera pared cayó hacia el interior del edificio. Después vino un segundo movimiento todavía más intenso. Mientras intentaba mantener el equilibrio, otro muro cedió y un enorme enjambre de abejas salió de un panal oculto entre la estructura. Ambos quedaron atrapados entre el terremoto y las picaduras.
Más de 50 aguijones terminaron incrustados en su cuerpo. Apenas podía respirar cuando finalmente fue rescatada por funcionarios policiales y trasladada a un hospital por la reacción alérgica que sufrió producto de las picaduras. Horas después de haber sido dada de alta sufrió una nueva reacción alérgica por un medicamento que obligó a ingresarla nuevamente.
“Una amiga me contó que tuvo que reanimarme dentro del carro porque dejé de respirar por cerca de un minuto. Yo no recuerdo nada de eso”, contó.

Sobrevivió al terremoto, a las picaduras y, una semana después, salió del edificio tan solo unos minutos antes de que colapsara la mitad del Bloque 9 debido a las fallas estructurales que dejaron los sismos. Desde entonces habla de tres oportunidades en las que volvió a nacer.
“Dios me guardó la vida tres veces: durante el terremoto, por las picaduras de las abejas y por salir del apartamento justo a tiempo”, dijo.
Pero ninguna de esas experiencias le resultó tan difícil como asumir que jamás volvería a vivir en la casa donde transcurrieron los últimos años de su vida.
“El hogar es el refugio de todos nosotros. Es el lugar donde uno encuentra paz. Perderlo rompe toda la rutina y el equilibrio de la vida. Son muchos años de recuerdos”, manifestó.
Mientras intenta reorganizar su vida, recibe atención psicológica para procesar el trauma que dejó aquella tarde y, a través del humor, busca recuperar esa seguridad que tanto necesita para salir adelante. Su padre ya consiguió una silla de ruedas gracias a una donación. Ahora la familia espera que las autoridades puedan ayudarla con una vivienda.
La frase se repite, con distintas palabras, en casi todas las conversaciones sostenidas con habitantes de Guarenas y Guatire durante las últimas semanas. El terremoto derrumbó edificios, pero también quebró la sensación de seguridad que acompaña a la palabra hogar.

Para algunos, el hogar ya es un recuerdo
Iris Leal todavía recuerda la sensación de ver cómo una parte del edificio, tan solo dos pisos más abajo de Yendry, comenzaba a desprenderse mientras intentaba escapar junto a su hijo.
Había terminado su rutina diaria. Se había cambiado de ropa, se había bañado y se disponía a descansar cuando sintió que la cama comenzó a moverse. Al principio creyó que se trataba de uno de los tantos temblores que suelen sentirse ocasionalmente en la región. Pero bastaron unos segundos para comprender que aquello era distinto.
“Pensé: ‘Esto ya es un terremoto”, recordó.
Las escaleras pronto quedaron colapsadas por vecinos que intentaban salir al mismo tiempo. Ante la imposibilidad de descender, decidió lanzarse desde el primer piso. No tuvo tiempo de calcular el riesgo. Aunque cayó en una mala posición al piso, logró salir del sitio con algunas raspaduras y una lesión en el hombro.
Cuando finalmente logró llegar al estacionamiento, el edificio seguía desprendiendo fragmentos de concreto. Poco después, Iris vio, al igual que Yendry, cómo un enorme panal caía desde la estructura y cientos de avispas comenzaron a atacar a quienes acababan de escapar del terremoto.
Después llegaron el apagón, la incomunicación y con ello la incertidumbre de no saber dónde estaban sus otros hijos. Fue más de 24 horas después que pudo comprobar que toda su familia se encontraba a salvo.

Tras varias inspecciones y luego de que parte del edificio colapsara, los vecinos recibieron la noticia de que los bloques serían demolidos. La decisión cerró definitivamente cualquier posibilidad de regresar al apartamento donde construyó su historia familiar.
“Lo que sí esperamos es que nos construyan nuevamente nuestras viviendas. Porque esto no fue culpa del gobierno, pero tampoco fue culpa de nosotros. No queremos quedar a la deriva”, afirmó.
Su esperanza ahora depende de una solución habitacional que todavía no tiene fecha ni modalidad definida.
Como Iris, decenas de familias censadas esperan conocer cuál será el siguiente paso una vez concluyan las demoliciones.

La incertidumbre del volver a comenzar
En el casco central de Guatire, Marisela Donis observa todos los días la vivienda donde vivió durante 38 años junto con sus hermanos y sus cuatro hijos. Las paredes permanecen abiertas por enormes grietas. El techo amenaza con desplomarse. Las tuberías colapsaron por el movimiento sísmico y comenzaron a expulsar aguas negras. Protección Civil concluyó que la estructura es inhabitable y recomendó su demolición.
Abandonar aquella casa ubicada en la calle Monagas significó mucho más que cerrar una puerta, fue despedirse de una parte de la historia de Guatire, pues gran parte de la vivienda tiene más de 200 años de antigüedad.

Actualmente la familia permanece refugiada en la Fundación Parranda de San Pedro. Allí cuentan con alimentación y apoyo de voluntarios, pero cada día recuerdan que esa no es su casa.
“La vivienda es la necesidad más urgente”, afirmó Marisela, reconocida docente del área cultural del municipio.
Aunque agradece la solidaridad recibida, reconoce que ahora comienza una etapa mucho más compleja: reconstruir desde cero una casa con más de dos siglos de historia. Los especialistas que han visitado el lugar coinciden en que las reparaciones ya no son suficientes. Habrá que demoler completamente la estructura, levantar un nuevo piso, sustituir las tuberías y volver a construir cada espacio.
La magnitud del reto resulta abrumadora incluso antes de calcular cuánto costará. “Duele muchísimo. Yo llegué aquí siendo una niña. Sé todo el esfuerzo que hizo mi familia para conseguir esta casa. Durante años fuimos reparándola poco a poco y, de repente, en apenas 39 segundos, te dicen: ‘Esto ya no es tu casa. Tienes que comenzar de cero”, expresó.

La incertidumbre pesa aún más cuando la reconstrucción debe enfrentarse en medio de una economía marcada por salarios insuficientes y dificultades para cubrir incluso las necesidades básicas.
“Uno tiene que decidir si compra comida, paga la luz, compra medicinas o compra un par de zapatos. Entonces uno se pregunta cuál es realmente la prioridad”, reflexionó.
Los terremotos alteraron la geografía urbana de Guarenas y Guatire, pero también modificaron profundamente la vida cotidiana de quienes sobrevivieron. Las conversaciones ya no giran alrededor del trabajo, la escuela o los planes familiares. Ahora se habla de informes técnicos, etiquetas amarillas, ingenieros patólogos, demoliciones, donaciones de bloques y cemento.
“Nunca estamos preparados para perder el hogar”, afirmó.

Volver, pero solo cuando sea seguro
En El Doral, otro edificio ubicado en la calle Monagas, la escena es distinta, aunque el sentimiento termina siendo el mismo.
Olinda Pinto conserva intacto el interior de su apartamento, ubicado en el noveno piso. Las paredes de su vivienda apenas muestran daños menores, las ventanas resistieron el movimiento y las columnas que sostienen su hogar no presentan afectaciones visibles. Sin embargo, desde hace semanas no puede dormir allí.
Una etiqueta amarilla colocada por los organismos encargados de las inspecciones técnicas convirtió su apartamento en un lugar al que solo puede entrar por períodos breves. El edificio requiere una evaluación estructural más profunda antes de autorizar el regreso de sus habitantes.

Paradójicamente, perder el acceso a una vivienda que sigue en pie también significa perder el hogar. “Yo también quiero volver. Pero debemos respetar los tiempos”, dijo.
La frase resume el dilema que enfrentan decenas de condominios en ambos municipios. Muchas familias desean comenzar de inmediato las reparaciones, mientras los expertos insisten en esperar los informes de ingenieros especialistas para evitar que una intervención apresurada provoque un colapso mayor.
Pinto, por ser la presidenta de la junta de condominio de la residencia, forma parte de quienes deben explicar diariamente esa realidad a vecinos que solo ruegan por volver a sus viviendas.
“No es su zona de confort estar viviendo en casa de familiares o amigos. Solo queremos volver a casa. Sin embargo, como junta de condominio tenemos una responsabilidad civil y penal”, señaló al reconocer que la paciencia se ha convertido en el recurso más escaso estos días.

Cada réplica revive el miedo. Cada inspección genera nuevas expectativas. Cada retraso aumenta la ansiedad de quienes sienten que su vida quedó suspendida entre el lugar donde hoy duermen y el apartamento al que todavía no pueden llamar nuevamente hogar.
Mientras esperan el informe del ingeniero patólogo, la lista de tareas continúa creciendo: reparar las paredes del foso de los ascensores, sustituir tuberías antiguas, intervenir las fachadas, revisar filtraciones y calcular presupuestos que, para muchos propietarios, resultan inalcanzables.
“No consiste en buscar cualquier albañil para tumbar paredes. Hay un procedimiento técnico. Hay una forma correcta de demoler y reconstruir para no causar más daños”, explicó al destacar que ese proceso puede extenderse durante meses.
Mientras tanto, agradecen la donación de bloques y otros materiales de construcción que han hecho llegar la Alcaldía de Zamora, organizaciones, negocios y otras personas de la sociedad civil que buscan colaborar con la reconstrucción del municipio. Piden que las colaboraciones no paren, pues les queda un largo camino para recuperar al 100% sus viviendas.

La solidaridad llenó el vacío que dejó la emergencia en Guarenas y Guatire
Cuando Alejandra Medina recuerda las primeras horas posteriores al terremoto, la emoción cambia de tono. Aquel 24 de junio había salido apenas unos minutos antes de que iniciaran los sismos de su apartamento en las Residencias La Hacienda, ubicado en la Calle Zamora de Guatire. Sus tres hijos permanecían dentro del edificio cuando comenzó el movimiento.
Desde el estacionamiento observó cómo la estructura parecía doblarse mientras fragmentos de concreto caían sobre la entrada.
“No tengo palabras para describir lo que se siente ver desde afuera cómo el edificio comienza a desprenderse por partes, sabiendo que dentro están tu familia, tus amigos y tus vecinos”, recordó con lágrimas en los ojos.

El edificio no colapsó por completo, pero los primeros pisos quedaron completamente destrozados. Después de confirmar que sus hijos habían logrado ponerse a salvo, comenzó otra carrera: ayudar a evacuar a quienes seguían atrapados entre paredes desprendidas y puertas bloqueadas.
Tras la tragedia, cuando Alejandra por fin encuentra un momento de tranquilidad, aparece el duelo que el ritmo de la emergencia había mantenido en pausa.
“El hogar es el patrimonio de una familia. Es el lugar donde uno encuentra seguridad. Cuando estás cansado o tienes un mal día, sabes que puedes regresar a tu casa. Perder eso duele muchísimo”, manifestó.
Durante semanas sintió culpa por haber dejado solos a sus hijos pocos minutos antes del terremoto. Aunque dos de ellos ya son adultos, esa idea continúa acompañándola. “Jamás imaginé que pudiera ocurrir algo de esa magnitud. Cuando todo comenzó a caer solo podía pensar que tendría que buscarlos entre los escombros”, relató.
Con el paso de los días apareció otra preocupación: cómo sostener la vida cotidiana fuera de casa.
“El apoyo de la comunidad ha sido extraordinario”, afirmó Medina.

Mientras los organismos oficiales realizaban las evaluaciones estructurales, vecinos de urbanizaciones cercanas llegaron con comida, agua y ropa. “De verdad vivimos el amor de la comunidad”, afirmó.
Actualmente varias fundaciones continúan suministrando desayunos y cenas, mientras los propios residentes cocinan para quienes permanecen resguardando el edificio junto con funcionarios encargados de la vigilancia.
La ayuda, sin embargo, evoluciona al mismo ritmo que la emergencia. Ahora las necesidades apuntan hacia otro horizonte. Bloques. Cemento. Arena. Cabillas. Tuberías. Materiales eléctricos. Todos los materiales necesarios para comenzar la reconstrucción de los dos edificios de la residencia, que no sufrieron daños estructurales.
“Un bloque ya representa un aporte. Sabemos que esto apenas comienza y que la reconstrucción será larga”, dijo Medina.

Dormir a la intemperie mientras llega la reconstrucción
En Residencias Guatire Plaza III, el terremoto obligó a desalojar entre 240 y 250 familias. Algunas lograron refugiarse en casas de familiares. Otras no tuvieron esa posibilidad.
Wilson Camacho, residente y miembro del equipo de apoyo del conjunto residencial, explicó que fue necesario improvisar espacios colectivos dentro de la misma urbanización para albergar a decenas de personas, especialmente adultos mayores, niños y familias sin otra alternativa en la que pasar la noche.
La rutina se reorganizó alrededor de turnos para cocinar, distribuir agua, recibir donaciones y atender a quienes necesitan medicamentos.
“Seguimos viviendo prácticamente a la intemperie”, resumió.

Aunque organizaciones religiosas y vecinos han colaborado con alimentos, hidratación y colchones, reconoce que las ayudas disminuyen conforme pasan las semanas.
“La mayor parte del apoyo ha llegado gracias a organizaciones, iglesias y ciudadanos”, manifestó al recordar con especial cariño a un hombre que apareció solo con una harina de maíz y un kilo de queso porque era lo que podía aportar.
Ese gesto terminó convirtiéndose en una metáfora de lo ocurrido durante la emergencia.
En Guarenas y Guatire, miles de personas comenzaron a reconstruir el ánimo colectivo con aquello que cada quien podía ofrecer. Un plato de comida. Un colchón. Una linterna. Una bolsa de hielo. Incluso, un abrazo.

Las inspecciones técnicas determinaron que las torres de Guatire Plaza III presentan daños principalmente en elementos de mampostería, razón por la que recibieron una etiqueta amarilla que impide su ocupación permanente mientras continúen las evaluaciones y persista la actividad sísmica.
Esa conclusión ofrece cierta tranquilidad respecto a la estabilidad de la estructura, pero no resuelve el problema más inmediato. Nadie sabe exactamente cuándo será posible regresar.
“Nadie esperaba vivir una situación como esta y quedó demostrado que no estamos preparados para responder a una emergencia de esta magnitud”, reflexionó Camacho.
La incertidumbre pesa tanto como las pérdidas materiales y cada réplica reabre el miedo.

El duelo por una casa también necesita tiempo
Los especialistas suelen explicar que, al ocurrir un desastre natural, las personas atraviesan un proceso de duelo similar al que provoca cualquier otra pérdida significativa. En Guarenas y Guatire ese proceso se percibe en conversaciones cotidianas.
“No quiero estar aquí”, recuerda Olinda Pinto sobre lo primero que dijo cuando vio la magnitud de los daños desde la parte trasera de su edificio.
Yendry González todavía cuenta que alcanzó a bañarse por última vez en su apartamento horas después del terremoto para quitarse el veneno de las picaduras de abeja. “Hasta lo último disfruté mi casa”, dijo.

Marisela Donis revive el esfuerzo acumulado durante casi cuatro décadas cada vez que ve las grietas de una vivienda levantada hace más de dos siglos.
Alejandra Medina todavía rompe en llanto cuando piensa en el patrimonio que su familia tardó años en construir.
Las historias cambian de protagonistas, pero el sentimiento permanece.
Mientras tanto, las campañas de recolección de materiales de construcción comenzaron a multiplicarse en redes sociales. Una de ellas, impulsada por el alcalde de Zamora, Raziel Rodríguez, denominada “Dona un Bloque”, es una iniciativa que busca apelar a la solidaridad ciudadana y del sector privado para acelerar la fase de reconstrucción de las viviendas y edificios residenciales gravemente afectados en el municipio. Hasta los momentos se han logrado recolectar más de 36.000 bloques, sumado a la compra institucional por parte de la alcaldía de 1.120 sacos de cemento.

Los vecinos de Guarenas y Guatire aseguran que cada bloque representa la posibilidad de devolverles a cientos de familias la esperanza de volver a decir, con tranquilidad, una frase que durante semanas ha sonado más como un deseo que como una realidad: “Ya estamos en casa.”
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