El león, el tigre y el caminante

Carlota E. Egáñez. M

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“Entre sus fieras garras oprimía un tigre a un caminante. A los tristes quejidos, al instante un león acudió con bizarría.

Lucha, vence a la fiera y lleva al hombre a su caverna. Toma asiento -le decía el león-; nada te asombre, soy tu libertador, estate atento.

¿Habrá bestia ceñuda y enemiga que se atreva a mi fuerza incomparable? Tú puedes responder o que lo diga esa fiera pintada despreciable.

¡Yo, yo solo, monarca poderoso domino en todo el bosque dilatado! ¡Cuántas veces la onza y aún el oso, con su sangre el tributo me han pagado!

Los despojos de pieles y cabezas, los huesos que blanquean este piso, dan el más claro aviso de mi valor sin par y mis proezas.

Es verdad, -dijo el hombre- soy testigo; los triunfos miro de tu fuerza aireada; contemplo a tu nación amedrentada. Al librarme, venciste al enemigo;  en todo esto, señor, con tu licencia, solo es digna del trono tu clemencia.  Sé benéfico, amable, en lugar de despótico tirano; porque señor es llano que el monarca será más venturoso cuando hiciere a su pueblo más dichoso.

Con razón has hablado, y ya me causa pena el haber buscado la gloria en la desdicha ajena.  En mis jóvenes años el orgullo produjo mis errores, que me han cubierto con engaños una corte servil de aduladores.  Ellos me aseguraban de concierto que por mundo todo. No reinan los humanos de otro modo. Tú lo sabrás mejor. Dime: ¿y es cierto?” “Es de sabios manejar el poder con benevolencia” Fábula de Samaniego.