Francisco González Cruz
La verdad sea dicha: ninguno de los que hoy están decidiendo la suerte de los venezolanos tiene legitimidad alguna para hacerlo. Pero hay algo más asociado a la legitimidad: la confianza. Nadie hace buenos negocios ni construye futuro con gente que no tiene la legitimidad para actuar ni goza de la confianza necesaria.
Si exhibieran con valentía y audacia una mínima dosis de ética política y de respeto a la dignidad propia y de los demás, al menos podrían abrir las puertas para salir de esta cárcel cruel que es el socialismo del siglo XXI, convocando elecciones lo más pronto posible.
Esta locura que mantiene en vilo a la mayoría de los venezolanos tiene que terminar, pues el pueblo, en quien reside de manera intransferible la soberanía, está claro en que quiere paz y bienestar y para ello es imprescindible la libertad, la democracia, el Estado de Derecho y de justicia. Esto se logra desplazando a quienes no tienen ningún mandato constitucional para decidir el destino nacional, y ser sustituidos por otros mediante elecciones libres.
Los que se oponen a esto aludiendo mil excusas, algunas de ellas pueden ser bien intencionadas, tienen que saber que todo se perjudica si se prolonga esta situación insólita. El deterioro de la nación hay que detenerlo mediante la restitución de la voluntad popular. La sociedad civil venezolana, en toda su diversidad y fortaleza, está lista para asumir el mayor desafío de su historia republicana. No hay espacio para más demoras: es hora de exigir y abrir, con audacia y determinación, el camino hacia elecciones verdaderamente libres que le devuelvan la legitimidad, la confianza y la libertad al país.
