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SEMANA SANTA: AMAR HASTA LA MUERTE | Por: Antonio Pérez Esclarín

por Antonio Pérez Esclarín
29/03/2026
Reading Time: 5 mins read
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Por: Antonio Pérez Esclarín (pesclarin@gmail.com)

                               

Jesús sabía  que había llegado la hora definitiva. Decidió subir a Jerusalén  aunque estaba seguro que posiblemente sería un viaje sin retorno. Aceptó entrar en la ciudad santa montado en un humilde burrito para evidenciar una vez más que sus ideas del poder y del  triunfo  eran  radicalmente opuestas  a las  de los reyes y emperadores que entraban por arcos de triunfo a las ciudades conquistadas montados en briosos caballos y seguidos de un impresionante séquito de guerreros  y esclavos.  Si los conquistadores dominaban a sus pueblos y levantaban su poderío sobre la opresión y la violencia, Jesús   había venido a liberarlos, pues su misión era servir a todos, especialmente a los despreciados y humillados, y no ser servido ni reverenciado. Si los poderosos dominaban y arrebataban vidas, Él estaba dispuesto a dar la suya  para que todos tuvieran vida en abundancia, que es lo que quería el Padre,  un Dios de  vida, con  especial predilección por los débiles, los pecadores, los pequeños, los rechazados.. El grupito de  sus seguidores y también algunos otros peregrinos que reconocieron en Jesús al Sanador de enfermos y al Maestro de la Misericordia,  contagiados por la alegría de entrar en la Ciudad Santa, empezaron a aclamarle  y, como muestra de su admiración y respeto, alfombraron el camino con sus mantos y con ramas,  hierbas y flores que cortaban del monte.  Algo muy sencillo, nada grandioso,  radicalmente opuesto a las entradas triunfales de los conquistadores. Su  triunfo  iba a consistir en su fidelidad  inquebrantable, hasta la muerte,  a la misión de anunciar el Reino de justicia y amor que el Padre le había confiado.

Los acontecimientos en el templo donde, incendiado de cólera santa,  derrumbó algunas mesas y sacó a los mercadores a latigazos por haberlo  convertido en  cueva de ladrones,  sin duda que precipitarían los hechos. Los dueños del poder religioso no iban a permitir los desvaríos de este galileo, que se las daba de profeta y estaba amenazando la esencia de la ley y poniendo en peligro toda la estructura de su religión.  Se la pasaba con gente impura, tocaba leprosos, y  comía con publicanos y pecadores. Su desfachatez y osadía había llegado incluso  a la blasfemia de decir que  las prostitutas y los pecadores entrarían en el reino antes que ellos, que eran los guardianes del templo y de la ley y, en consecuencia, los garantes de mantener pura la religión de Moisés y de sus antepasados.  Varias veces había violado abiertamente la ley al curar enfermos en sábado y hasta tuvo la osadía de defender  a sus discípulos cuando habían arrancado en sábado  unas espigas para mitigar su hambre.

 Jerusalén ardía de peregrinos  llegados de todos los rincones a celebrar la Pascua.  Los soldados romanos   vigilaban en la torre Antonia, listos para  mantener el orden a toda costa. Ese día Jesús  no quiso regresar a Betania a pasar la noche en la casa de sus amigos Lázaro, María y Marta, como acostumbraba cuando venía a Jerusalén.  Quiso más bien despedirse de sus amigos con una cena especial. Aprovechó en ella para  insistirles, con el lavatorio de los pies y  la institución de la eucaristía, en la necesidad de servir a los demás y convertirse en alimento de vida para todos.

Después de la cena, Jesús se retiró a orar en el huerto de los olivos. Allí  se sintió solo y  una angustia sin orillas empezó a oprimirle el alma.  La tristeza era tan profunda que parecía manarle  como sangre. Intuía que muy pronto lo apresarían, tal vez esa misma noche. Le aterraba la idea de ser crucificado. Desde niño había   oído hablar de este terrible suplicio, reservado para los rebeldes que osaban alzarse contra Roma Cuando él tenía dos o tres años, el general Varo incendió Séforis, ciudad muy cercana a Nazaret, destruyó Emaús, tomó Jerusalén, esclavizó a numerosos judíos y crucificó a unos dos mil. Ningún ciudadano romano, por grandes que fueran sus delitos y crímenes,  podía ser sometido a esa muerte tan dolorosa y humillante.

La crucifixión siempre era un acto público, pensado para que sirviera de  escarmiento. La agonía podía durar horas y hasta días. La asfixia oprimía sus pulmones, y para  respirar, los crucificados debían levantarse sobre los clavos, tomar un poco de aire y volver a caer. Y así, hasta la muerte. Algunas veces, para adelantarla, les quebraban los huesos de las piernas para que no pudieran levantarse y se asfixiaran pronto. Previamente, solían  ser flagelados y humillados a base de latigazos, golpes,  y todo tipo de afrentas, de acuerdo al sadismo de los verdugos..

La angustia en el huerto no doblegó su voluntad de llevar hasta el extremo su decisión de entregar la vida al establecimiento del Reino, una sociedad justa y fraternal. No huiría sino que  enfrentaría con valor la misión para la que había sido escogido. Se aferró a la oración aunque sintió como nunca la ausencia de ese Padre Bueno que permanecía callado. Él sabía, sin embargo, que en lo más profundo del silencio, el Padre lo abrazaba y lo acompañaba.  De la oración salió fortalecido a enfrentar a los soldados del templo que, siguiendo las órdenes de Caifás, se acercaban a apresarlo. Los amigos huyeron, excepto Pedro, que le siguió de lejos y luego  negó varias  veces que lo conocía cuando le acusaron de ser uno de los seguidores de  Jesús.  Después Jesús enfrentaría con gran valor y  dignidad amenazas y acusaciones falsas, los golpes, azotes, coronación de espinas, y la penosa subida   al calvario cargado con la cruz donde sería crucificado y moriría perdonando.

La muerte en cruz fue una consecuencia lógica del modo amoroso en que Jesús vivió su vida, fiel a su misión hasta el extremo. A Jesús no lo mató la voluntad del Padre, sino la maldad de los hombres. Lo mataron porque se atrevió a proponer un Dios distinto, cercano. Lo mataron porque propuso que la verdadera religión consistía en la misericordia y el servicio, y no en el cumplimiento minucioso de tradiciones, principios   y normas. Lo mataron porque puso de cabeza todos los valores del mundo: en vez del poder, propuso el servicio; en vez del egoísmo, la solidaridad;  en vez de la violencia, la mansedumbre; en vez de la venganza, el perdón; en vez del odio, el amor.

 

@antonioperezesclarin    

www.antonioperezesclarin.com

 

 


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