¿Riqueza real o espejismo? El reto de decidir más allá del petróleo | Por: José Luis Colmenares Carías

A partir de los acontecimientos de este inicio de 2026, Venezuela parece asomarse a un nuevo umbral. Los movimientos internacionales sugieren la posibilidad de un incremento en los ingresos externos, lo que podría generar un «efecto rebote» en nuestra economía. Una vez más, nos encontramos frente al espejo de nuestra propia historia.

Sin embargo, antes de dejarnos llevar por la expectativa, es vital preguntarnos: ¿Estamos listos para gestionar esta energía o volveremos a caer en los viejos hábitos? La crisis que hemos atravesado ha estresado nuestra estructura social, pero también nos ha dejado lecciones que no podemos ignorar.

El mito de «El dorado» y la cultura del pícaro

Desde tiempos de la conquista, hemos vivido bajo la sombra de El Dorado: esa fantasía de una riqueza que no requiere esfuerzo, solo ser «encontrada». Con el tiempo, el petróleo sustituyó al oro en nuestra mente, pero la actitud permaneció intacta.

Como señalaba con agudeza el maestro merideño Mariano Picón Salas en su obra De la Conquista a la Independencia:

«La economía del pícaro es fundamentalmente una economía de aventura que no difiere en sustancia, por los elementos de magia y sorpresa que la alimentan, de la economía del conquistador. Y en ninguna página literaria se vierte esta actitud tan antimoderna del alma española […] como en la famosa Epístola satírica y censoria de Don Francisco de Quevedo, verdadero paradigma del ethos hispano».

Esta «economía de aventura» de la que hablaba Don Mariano es el caldo de cultivo de una mentalidad donde el bienestar se asocia al azar y no al trabajo consciente. Esta dinámica mental nos ha hecho oscilar, por más de un siglo, entre fortunas repentinas y hospitales con carencias básicas. Es lo que podemos identificar como un patrón donde el dinero se desconecta de la productividad real.

El «Bochinche» y el falso maná

El Profesor Francisco Contreras rescató un término muy nuestro para describir el desorden de nuestras finanzas: el «bochinche». Es ese estado donde el corto plazo lo domina todo y la coherencia desaparece.

Hemos visto el petróleo como un «maná del subsuelo», una provisión mágica que nos hizo creer que no necesitábamos cultivar competencias para sobrevivir. En un sistema complejo, donde todo está conectado, esa ligereza tiene consecuencias: cuando el ingreso sube, descuidamos las bases de nuestra economía, y cuando cae, el golpe llega directamente a la mesa de cada hogar.

Soberanía Humana: La decisión «suficiente»

Frente a este panorama, quiero retomar un concepto que tratamos en el artículo anterior, muy acorde con el tema de hoy: La Soberanía Humana. No me refiero a conceptos políticos lejanos, sino a la facultad subjetiva de cada individuo para ejercer su autonomía. Esta soberanía pasa por cultivar una consciencia integral: darnos cuenta de nuestra existencia, de nuestras capacidades y de nuestro «aquí y ahora».

La soberanía real germina en la capacidad de tomar la «decisión suficiente». En una economía volátil, esperar a que el entorno sea «perfecto» para emprender o educarse es una forma de parálisis. El soberano humano es quien, reconociendo las restricciones, decide con los recursos que tiene a mano, asumiendo su propia capacidad de respuesta. Nuestra capacidad de maniobra no tendría por qué ser un subproducto de los precios del crudo, sino el resultado de un propósito consciente.

Del «Dame dos» a sanar el trauma

Muchos recordamos la frase «Está barato, dame dos». Fue el síntoma de una época donde el dinero se separó del esfuerzo. Para los más jóvenes, esto suena a cuento de camino: hubo un tiempo en que vender una rifa escolar bastaba para costearse un viaje de graduación al exterior con hotel y comida incluidos, regresando con maletas llenas de regalos.

Esa «magia» quizás contribuyó a erosionar nuestra ética del trabajo. Hoy, el trauma de la hiperinflación nos ha dejado una fijación extrema en la supervivencia diaria y una profunda desconfianza hacia el futuro.

El reto de este 2026 es sanar esa relación con el dinero. Se abre la oportunidad de transitar de la mera urgencia a la construcción de valor real: un valor que articule lo económico con lo emocional y lo ético. Resulta poco estratégico permitir que las cicatrices del pasado nos impidan invertir hoy en procesos de largo aliento.

¿Una nueva forma de entender la riqueza?

La verdad es que la riqueza no es un flujo que «cae» del cielo; es un ecosistema que se cultiva a través de decisiones soberanas. En esta era tecnológica, la resiliencia no se mide por reservas de divisas, sino por la densidad de nuestro talento y la fuerza de nuestras redes de colaboración.

La soberanía humana se manifiesta cuando dejamos de ser observadores pasivos de la renta y nos convertimos en arquitectos de soluciones. El destino de este año no dependerá sólo de cuántos barriles exportemos, sino de nuestra madurez para entender que la única soberanía financiera real es la sustentabilidad que somos capaces de crear.

Al final, el dinero es solo una representación de la confianza que tenemos en nuestra propia capacidad de transformar la realidad con sentido humano.

Fuente: https://laimagendeldinero.wordpress.com/2026/01/20/mas-alla-del-excremento-del-diablo-estamos-listos-para-dejar-de-ser-rehenes-de-la-renta/

 

 

 

 

 

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