Por: José Napoleón Hernández
«La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla».
Gabriel García Márquez
In memoriam de Isabelino, mi hermano querido.
La placa continúa aferrada a la pared. Cada vez que paso por esa esquina, vuelvo a leer las mismas palabras grabadas en el metal:
«EXP. DE CERVEZA Y VINOS. REGISTRO N.º 071-C-201. MARÍA E. MATOS DE BARRIOS».
Aquel nombre tenía su razón de ser. No era casualidad. Los primeros días, el negocio funcionó a la calladita: una cancha de bolas criollas, algunas cervezas y poco más. Una mañana, sin avisarle a nadie, María Ester regresó de Valera con la autorización.
Esa tarde, casi de noche, Rufo llegó del conuco de Agua Negra y se sentó a cenar: dos arepas con chicharrón, picante de maguey y un jarro de fororo. María Ester deslizó el documento junto a la taza de café.
«Rufo, ya podemos trabajar tranquilos», dijo, y respiró hondo.
María Ester resolvía; Rufo le ponía la conversación.
Afuera, en el aviso de Cerveza Zulia ilustrado con el águila de alas desplegadas, se leía «Bar Altos de Milla». Pero para todos era el Bar de Rufo, aunque el papel estuviera a nombre de María Ester. Sin titubear repetíamos: «Nos vemos en el Bar de Rufo».
La casa sigue en pie, en La Cabecera, en una de las esquinas de entrada a Curazao. En aquellos años, los hombres acudían a conversar, a jugar dominó, a escuchar canciones dolorosas y a tomarse las primeras cervezas de un sábado cualquiera. Desde la rocola, la voz de Leonardo Favio se filtraba hacia la calle:
Yo estaba en el bar
me miró al pasar
yo le sonreí
y le quise hablar…
Desde la puerta del bar, bastaba levantar la mirada para ver el camino amarillento de mulas que subía hasta El Alto de la Cruz, en zetas por la cuesta. De allá Pablo bajaba los domingos a visitar a su hermana en Valera. Más arriba se imponía La Teta de Niquitao, el único cuatromil del estado Trujillo.
Por el frente, la carretera seguía hacia el sur hasta La Parada de los Burros y luego doblaba hacia San Genaro. Allá sonaba otra rocola, la del Bar La Esperanza, de Miguel «Papujo». Hacia el norte, la carretera descendía y se perdía de vista más allá de la casa de la maestra María de Simancas.
Aún la recuerdo como la maestra de primer grado, sección B, del Grupo Escolar José Antonio Velazco; yo estudiaba en la A. Ella escribía en la pizarra verde esas tareas que extendían el aula hasta la casa. ¡Madre escuela! Aquel era un mundo de normas claras y cuadernos rayados.
Pero en el Bar de Rufo regían otras normas. No era un lugar de perdición. Nunca arrastró la mala fama que los forasteros les inventaban a otros bares. Las mujeres casi nunca cruzaban el umbral, salvo los días de torneos de bolas criollas. El resto de los días pasaban por la acera, miraban de reojo y seguían de largo. Nosotros íbamos a lo nuestro: dominó, bolas criollas, cerveza fría y rocola. Y a hablar picheras, como decimos en El Alto de la Cruz.
María Ester andaba siempre entre las mesas, las botellas, las piedras de dominó y el humo espeso de los Belmont y Cónsul. Llevaba blusas sin mangas. Era pequeña, pero con una voz de mando, como si le dictara órdenes a Juan Primito en El Miedo. Esa misma voz sabía bajar el tono al inclinarse para limpiar con un trapo húmedo la barbilla de su hija, Alba Marina.
En el bar se cantaba a grito herido. En la entrada, a la derecha, estaba la rocola. Con una moneda de un bolívar, el brazo mecánico —guiado por un código de letra y número— escogía los discos de 45 rpm y los hacía girar uno tras otro.
Sonaba el bolero ranchero y oscuro: «Sombras nada más, entre tu vida y mi vida…»;
la cumbia corralera de un amor extraviado: «Hace un mes que no te miro, hace un mes que no te abrazo…»;
y la tristeza jaramillera: «No puedo verte triste porque me mata, tu carita de pena, mi dulce amor…».
Tristeza jaramillera la llamó Joseíto, el muchacho del cuento aquel, el de Ojos tristes. Fue la única vez que bajó con su abuelo Encarnación a cazar lapas en el río Jiménez. Aquella noche, mientras el viejo cantaba esa canción, el muchacho dijo: «Las lapas tienen los ojos tristes, abuelo… como las canciones de Julio Jaramillo».
Pero la canción más escuchada, el Hit Parade de la máquina, era la de la casilla B2:
Por el amor a mi madre
voy a dejar la parranda…
La cantaban a todo pulmón hasta los que jamás pensaban dejar la parranda.
Mientras la rocola sonaba, María Ester, seria y desconfiada, patrullaba los salones y la cancha para frenar a cualquiera que se pasara de tragos. Rufo, en cambio, era afable y conversador. Siempre con una historia a la mano. «La palabra era su alimento», decía mi hermano Isabelino «Farmacia». Y Rufo parecía empeñado en demostrarlo.
Rufo había sido policía en Caracas, pero duró poco con el uniforme. Contaba que no había nacido para obedecer ciertas órdenes; entonces lo obligaron a renunciar. Llegó a Valera y estuvo unos meses entre rejas. «Los tiempos de Pérez Jiménez no estaban para contradecir a nadie, pero yo no hice caso».
Luego anduvo escondido en el Apure, hasta que cayó la dictadura. ¿Habría andado por las tierras de los hatos Altamira y El Miedo? Nunca lo aclaró del todo. «La democracia bien valió ese tiempo de encierro y huida. La libertad es una vaina muy buena», decía frotándose las manos.
Y llegó a Monay, todavía soltero y con más cuentos que equipaje. Allí conoció a María Ester y quién sabe si, por fin, había encontrado un botalón.
El 8 de agosto de 1931 nació María Ester Matos Santander, en El Zamurito de Santa Ana, en una casa asentada sobre tierra rojiza, frente a un abrigo rocoso. De niña, en aquel paisaje calizo, se acostumbró a buscarle formas a cada piedra. Casi diecinueve años antes, el 6 de noviembre de 1912, nació José Ramón Barrios Nava, «Rufo», en La Quebrada. De niño, desde los ventanales de la casona veía bajar las brumas de La Teta de Niquitao.
El día que se casaron prometieron celebrar cada Nochebuena con hallacas y majarete de coco. Cumplieron año tras año. Y no esperaban a diciembre: cualquier domingo Rufo amanecía con chispa y le susurraba: «María Ester, ¿por qué no hacemos unas hallaquitas?» Antes de que ella asintiera, él ya había encendido los leños en el fogón para asar las hojas de cambur. Otro día era ella la antojada de mazamorra, y Rufo ya había molido los jojotos.
Apenas cruzábamos la puerta del bar, Isabelino soltaba su sentencia de siempre: «María Ester es la autoridad; Rufo, la filosofía». Así los saludaba. Y era verdad. Rufo era larguirucho y de ojos pequeños; tenía algo de Aristóteles bajo la boina marrón que le guardaba los pensamientos.
Una noche, Rufo le respondió guiñando un ojo: «Tiene razón, Isabelino. Ella es mi autoridad eterna». Chocaron las botellas, se carcajearon y Rufo se bebió de un solo trago el resto de la cerveza. Cuando María Ester llegó al mostrador, él ya estaba con los brazos cruzados, mirando al techo.
Al principio, Rufo y María Ester iban los domingos a misa en la iglesia de Carvajal. Años después, asistían a la de San Benito, a unos cien metros más abajo del bar. Cuando faltaban, Rufo se justificaba risueño: «No quiero que Dios se canse de vernos tanto en la iglesia». «Rufo, usted tiene unas vainas», le dijo una vez Silvio Barrios mientras se acomodaba en su Impala amarillo.
En enero, durante las paraduras del Niño Jesús, y en los velorios cantados a San Benito, al son del arriero y de la primera requinta de los chimbángueles, María Ester se lucía preparando la mistela con miche, panela, clavos y canela. Para los más allegados reservaba el miche macerado con ponsigué, el favorito de «Chayito», la toñeca de Isabelino.
En las vacaciones universitarias, el bar se medio alborotaba. Quienes estudiábamos fuera regresábamos al pueblo y caíamos por allí, entre unas cervezas, chistes y chismes acumulados. Pero aquella noche de sábado de junio había un solo tema. Al lado, en la casa de Marta Barrios, un televisor en blanco y negro sobre cuatro patas flacas anunciaba la final del Mundial entre Argentina y Holanda. Discutíamos que si Rensenbrink, que si Kempes. Cuando nos dimos cuenta, ya era de madrugada. Solo quedaba esperar el partido de ese domingo en la tarde. Y, por supuesto, a Mario Alberto «el Matador» Kempes.
Adentro, en la mesa del dominó, cuatro trasnochadores jugaban envueltos en el humo de los cigarrillos:
—Paso —decía bostezando Héctor «Bomba».
—Pasaste ayer, como brisa fugaz —le cantaba Enrique Montilla mientras acostaba el doble cinco en la serpiente de piezas.
—Te ahorqué la cochina —decía Carlos «Camba» Monsalve, arrastrando el seis tres.
—Trancado el juego —avisaba Alí Rodríguez al colocar el cinco tres, mirando, dudoso, a Enrique.
—¡Zapato! —gritaba Enrique y mostraba el doble blanco.
—¡Cuatro pa esta mesa! —pedía Alí, levantando los brazos.
En la sala del dominó, una pintura cubría la pared frontal. La había pintado Ramón «Cholero», el hijo mayor de Rufo y María Ester, sobre el friso. Una mujer semidesnuda sostenía un cigarrillo entre los dedos, y el humo pintado se enredaba con el de los jugadores. Los visitantes la miraban con disimulo y sonreían con picardía.
En la puerta, «el Chinche» entonaba la A5 de la rocola, la de “el Rey del Falsete”:
Ando volando bajo
mi amor está por los suelos
y tú tan alto, tan alto
mirando mis desconsuelos…
Más allá de la sala del dominó estaba el salón principal, el Centro de Operaciones Logísticas y Administrativas del bar: taburetes desordenados, sillas de plástico, cajas de cerveza vacías, colillas en las esquinas, paredes rayadas y el techo de zinc que crujía con la brisa. Estaban también los refrigeradores, con las cervezas «vestidas de novia», como las llamaba Ernesto Barrios “Perro Lobo”. Hasta algún borracho arrumado al lado de la cancha tenía su sitio.
De todas partes brotaban los pedidos:
—¡María Ester, anóteme tres frías!
—¡Rufo, dos pa mí!
—¡María Ester, seis pa cá!
—¿Cuántas debo, Rufo?
Todas las deudas iban a parar al cuaderno empolvado, anotadas con un lápiz mocho.
—Deme una cerveza bien fría, Rufo —ordenaba Goyo, golpeando el mostrador húmedo con la palma.
—Acuérdese de que me debe las de la última vez… —respondía Rufo con media sonrisa.
Y cada domingo remataba con la misma pregunta a Goyo:
—¿Cuándo salió del cuartel, soldado?
Rufo servía las cervezas con calma. «Con flojera», bromeaba Ricardo Paredes entre trago y trago.
Desde el salón principal, un sendero bordeaba el baño de emergencias cerveceras hasta desembocar en la cancha de bolas criollas. Era un rectángulo de tierra, cercado de madera, donde cada tarde y cada noche resonaban los golpes de las bolas. Se gritaba por un boche certero o por una jugada apretada. Los partidarios de la verde y los de la roja defendían su posición con guáramo:
—¡Gana la roja!
—¡No, la verde gana!
—¡Tres! —pedía Ramón Losada con ese mismo guáramo, en agosto, cuando venía desde El Corozal. Celebraba, con Manolo Montilla y con Víctor «Pipa» Parra, haber aprobado por fin Programación en LUZ. Estudiar petróleo tenía sus complicaciones.
Los sábados por la noche aparecía Eleazar Araujo, con los zapatos lustrados y la camisa y el pantalón sin una arruga. «Con distancia y categoría», como decía «el Musiú» Lacavalerie en la publicidad de Trajes Montecristo. Eleazar tomaba la bola verde y medía la distancia con pausa. El brazo, convertido en péndulo: atrás, adelante. Soltaba la bola. Bochazo preciso.
Del otro equipo, cuando se necesitaba un arrime a pata e’ mingo, “el Faro” era el campeón. Hincado sobre la pierna izquierda, con la derecha estirada al límite, dejaba ir la bola. Rodaba cautelosa sobre la tierra árida, «como una gata», aseguraba Luis “el Gato” Terán.
«¡¿Quién me quita ese arrime?!», gritaba “el Faro”, apuntando con el índice a «Cañaña».
Entraba entonces el árbitro Orlando Calderón «Mantequilla». Se acomodaba los “culos de botella” sobre el puente de la nariz, sacaba la regla de madera, se agachaba y medía para dictar sentencia: «¡Gana la verde!» Y «el Mentiroso» protestaba el fallo ante los aplausos de Omar, el hijo menor de Rufo y María Ester.
En la esquina de la cancha, Víctor «el Chopo», peinado con Brylcreem, miraba todo en silencio y escupía chimó, apoyado contra el tronco de una palma. Del bolsillo sacaba el cuarto de cocuy Jirajara, compañero de sus rondas nocturnas. A su lado, sentado sobre una caja vacía, Salvador «el Ñoco» sostenía la botella helada a medio camino. El preludio de la batería y el órgano llegaba desde la rocola y se colaba entre el bullicio hasta la cancha. «El Ñoco» ladeaba la cabeza y quedaba inmóvil, con la mirada en la claridad de la puerta.
Cómo quisiera decirte
algo que llevo aquí dentro
clavado como una espina
y así va pasando el tiempo…
En el Bar de Rufo a nadie le importaba si el otro llevaba alpargatas o mocasines Christian Dior, si comía fideos con sardina o lomito. Daba lo mismo si andaba a pie o en un Mustang, si mascaba chimó o fumaba Marlboro.
Goyo seguía tragando. Con nueve cervezas en el buche, iba de la cancha a la rocola, del mostrador al baño y volvía a la cancha. De regreso al dominó, se dejaba caer en la silla y se quedaba lelo mirando las piedras sobre la mesa, como si fueran un idioma que ya no entendía.
Y los que olvidé nombrar, que me perdonen. Todos pasaron por esa puerta.
Con el tiempo, Rufo y María Ester llegaron a aquella esquina de La Cabecera. Ahí se les agotaron los caminos. Así lo contaba María Ester: «Aquí nos quedamos; Dios sabrá por qué nos trajo acá». Y ahí permanecieron hasta el final.
Primero partió Rufo, el 21 de agosto de 1988. Casi treinta años después, el 2 de junio de 2018, la voz de María Ester bajó el tono hasta apagarse.
Hoy la rocola ya no suena. Tampoco se escucha el golpe seco de las piedras de dominó contra la mesa ni ruedan las bolas tras el mingo. El aviso de Cerveza Zulia se desvaneció en el óxido, pero basta con que alguien nombre la casilla B2 para que vuelva la sed.
Rufo y María Ester reposan en el cementerio de Carvajal, en la misma tumba, tal como compartieron el mostrador, las deudas del cuaderno empolvado, las mañanas de cafecito y conversa.
Como le dijo una vez Rufo a Isabelino: «Ella es mi autoridad eterna».
*Agradecimientos a Omar Barrios y “Chayito” Hernández.
