Rayadas en Tinta Azul | Por: Orlando Rosales

                  

 

Por Orlando Rosales

      Yo le había dicho al amigo haber leído, en algún momento, “Cambises” y “Cumboto”. Pero ya no lo recordaba. Y hasta para ir un poco màs lejos (era domingo, por la mañana y necesitábamos dirigirnos a atender un Programa Radial) me preguntó el significado de Cambises.

Por supuesto no pude responderle aunque me quedé mirando La Memoria.

Luego, el amigo me dijo que Cambises era El Hombre de La Levita Gris. Pero de ambos escritos, estuve pensando: Sabes, debo hacer, ahora, la lectura lenta; la pausada para poder opinar. Para algún juicio valorativo con un argumento válido, serio y adecuado.

Lo que sí pude mostrarle al amigo, en Cambises, fue lo marcado en una de sus primeras páginas preliminares: Los días transcurridos para haberla revisado. Pero no alcanzaba a evocar màs nada, salvo unos hombres (ruidosos. Irascibles. Sudorosos. Iletrados y patas en el suelo) a caballo y en montoneras moviéndose por unas montañas difuminadas entre mucha neblina.

Y el silencio extenso de la ruralidad venezolana.

Después de sentarme, para continuar revisando Cumboto (desde hacía muchos días siempre la estaba viendo entre los libros, en una vitrina que papá nos dejó. La miraba sin volver a ponerme a contar sus vestigios) no logré encontrar la marca para dejar constancia del momento de haberla revisado.

Las cosas, en La Caja de La Memoria, van diluyéndose como una gota de tinta deleble en un vaso de agua.

Me quedé mirando el viento del lunes en septiempre: ¿qué me había pasado al olvidar marcar la fecha de inicio, los días transcurridos y el momento exacto de terminar la revisión de aquéllos vestigios escriturales?

No me entretuve en màs nada. Y es como si hubiese cerrado los visillos de la memoria. Yo sabía que había vuelto con Cumboto (dentro de algunos días estaría mirando las páginas vivas de Antonio Pérez Carmona) y esa revisión lenta. Atenta. Pendiente. Atrapando cada ruido, cada olor, cada lugar perdido, cada bulla y suspiro muerto entre el aire de cañaverales; cada olor de Trapiches, de caminos empolvados y hasta el peso de aquéllas imágenes sombrías moviéndose en aquéllos espacios y oquedades de papel. Reales. Tangibles. Trémulas memorias salpicadas de ventisca. De luz de luna.

Y de noches sosegadas De llantos y susurros ya olvidados.

Yo no me había equivocado: Mientras revisaba el ruido y el palpitar de cada fragmento, de disímiles vestigios; en varias páginas aparecieron las marcas y los estigmas entre algunas palabras y frases. Rayadas en Tinta Azul. Debí detenerme mientras escuchaba aquél murmullo tibio; quedo: “En sus pupilas flotaba un velo de melancolía”.

Y aunque eran pocos trazos azules, uniformes, callados, firmes, no encontré aquéllos momentos. No hallé el día. El mes. Mi edad. Si antes o después de la partida de papá. La Memoria me pareció un pozo séptico obscuro. A pesar de utilizar la claridad de aquél día (en plena época del despertar de las lluvias del año) para alumbrar la memoria, no encontré nada. Nada de nada: La Memoria està llena del lado obscuro de la cara de la luna. Silencio.

A pesar de todo, de veras sentía alegría por las marcas azules dejadas por mi mano en algunas páginas. Aunque cuando intenté mirar por ellas, nada pude ver: Dì gracias a Dios (de todas maneras) de volver a mirar, con detenimiento y sigilo, los vestigios de Cumboto, la palabra favorita de los Negros Cimarroneros ya perdidos. Ausentes. Mencionados con cenizas en la Memorias de Papel de La Historia. Manumisos.

“Junio volvía, cálido y luminoso…En esa habitación permanecía Federico muchas horas, cuando no bajaba a la biblioteca, con un libro en las manos o acodado en el alféizar de la ventana mirando hacia el campo…Le vì salir a la terraza donde se quedaba contemplando el cielo lleno de estrellas. Yo también miré las estrellas, interrogante…Ahora todo estaba tranquilo. Y sin embargo en el aire saturado de olores salvajes había estremecimientos imperceptibles”.

De todas maneras, había revisado sus páginas. Eso lo recordaba perfectamente. Con claridad entre la luz de la luna. Sus restos escriturales. Las marcas de las manos. Y por supuesto mi amigo lo sabía. Aunque la memoria estuviera a obscuras.

Y a medida que hacía mi lectura lenta. Silenciosa. Callada; retrocedía en la mirada: Allì estaban rayadas en tinta azul.

Mi amigo, las podía ver.

 

 

 

     

 

 

 

 

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