¡Quemen la bruja! ¡Quemen la bruja! / Por: Oswaldo Manrique

Sentido de Historia

La curandera de La Flecha

 

Es común escuchar en nuestras familias andinas, al comentar un hecho extraño, aquello de «no crea en eso, pero de que vuelan, vuelan».

A mediados del siglo pasado, de cuando en cuando, la tranquilidad de las familias de La Puerta era quebrantada por el «bicho malo», especie de ave de mal agüero, en que por voz de alguien de la antigüedad, había convertido a la lechuza paramera.

La alarma se propagaba porque el ave se posaba en un árbol cercano a la casa de la curandera y que los vecinos observaban a la distancia, mezcla de miedo y curiosidad. En aquella casa techada con fajina y paredes de bahareque, estaba ella; trabajando, mientras, las madres preocupadas, le prohibían a sus hijos, acercarse o pasar por ese lado donde quedaba, aunque estos, hacían lo contrario.

Hubo tanto temor, que en una oportunidad, el padre Trejo, párroco de la Iglesia en la misa dominguera, se quejó y desde el púlpito hizo un llamado y regaño a luchar contra los herejes y supersticiosos, creyentes de charlatanes y brujas. A la mañana siguiente, muy temprano, vieron a eso de las 7, a más de veinte personas, entre jóvenes y viejos, hombres y mujeres, entrando donde la yerbatera, a los llamados «pacientes», entre los que había los traicionados por un amor infiel, los no correspondidos o abandonados por su pareja, el que andaba buscando la vaca o la cosa perdida, el que iba por estar ayuno de fortuna, los busca entierros para que le impusiera la oración correspondiente, el que le avanzaba la culebrilla, la tontera, y los propiamente enfermos que llevan su orina en frascos o en cuarteritas de miche, haciendo cola en el pequeño solar de la casa, ubicado en la calle de Las Brujas, caserío La Flecha, parroquia La Puerta, para hacerse «reconocer» de la curandera-hechicera. Otros, simplemente iban a buscar los jarabes de Baldomero. Lo interesante de esto, es que la curandera no cobraba ni pedía ni un solo cobre por sus servicios, por lo menos directamente.

Se decía que, tomaba el frasco de la orina, se metía en un cuarto donde tenía un altar, si ella consideraba que era de los casos que debía ponerle sus manos sanadoras, lo hacía arrodillar de inmediato, le cerraba los ojos, le rezaba una oración que no se le entendía, y al terminar le decía váyase a su casa, y al día siguiente amanecía curado. La gente le tenía mucha fe, que es un elemento a favor de los curanderos, que no lo tienen los médicos que egresan de la universidad. Una vez le preguntaron a uno de los curados, qué fue lo que sintió con lo que le hizo la «médica», y contó que cuando cerró los ojos vio una luz muy intensa, como una bruma incandescente y cálida que lo tranquilizaba, y así le quitó una gran barriguera que lo estaba matando del dolor.

La fama de esta curandera llegó hasta gente de Maracaibo, Mérida y Barinas, que también hacían cola, inclusive llevaban personas en cama o en parihuela muy enfermos o aporreados, y salían caminando. Algunos en el pueblo, y en los páramos, consideraban que sus curaciones eran como «milagros» de Dios, era una buena «médica».

Memoria de supersticiones y espantos

 

Eran los tiempos en que, entre el Pitimay y el tótem de difuntos indígenas de Quebrada Seca, persistían los cruces de la tenebrosa carpeta abrillantada, hostigando como señal fantasmal a los pobladores de La Puerta, quienes presos de miedo, se arrodillaban y persignaban, cerraban las puertas y ventanas de las casas, sacaban las estampitas, imágenes y retablos de San Pablo Apóstol, de la Virgen y de José Gregorio Hernández, encendiendo velas, cirios, velones, y hasta mechurrios para dar luz a los santos, en obediencia plena, y para completar el cuido daban rienda suelta a los rosarios en familia; algunos al gritar, decían que era el mismo Keuña, que había salido nuevamente a desafiar a Kachuta y a la religión, para imponer sus designios.

Recuerda Oscar Volcán, nativo de La Maraquita, que para algunos, lo que ocurría era que la conocida curandera de La Flecha, a quien consideraban una especie de hechicera iluminada, salía en actividad nocturna propia de sus poderes, para lograr «secar» a quien iba dirigido el trabajo contratado por otro ser con non sancta intención, enfermando la salud mental y física de la víctima. Se llegó a comentar, que la veían caminar y encaramarse en las casas de La Maraquita, o se deslizaba por Comboquito hasta El Viso, y como lo hacía en la lúgubre noche, de forma burlona se cambiaba de ropa negra a la blanca; también hubo quien afirmó que era confundida con una guaca grande que tornaba las plumas de colores oscuros a claro.

El espanto tenía atemorizadas a las familias, no podían dormir de tanto rezar, pendientes con los ojos “pelaos” enfocando los caballetes de los techos, con mucho miedo a que les llegara aquel bicho «pestoso y re-fiero» como decía Concio Rivas. Eran los comentarios que dejaron nuestros mayores, aunque la realidad era otra, expresó el amigo Volcán.

¡Quemen la bruja! ¡Quemen la bruja!

 

Era “ñora” Matilde. Vivía en la muy mentada Calle de las Brujas, ese corredor largo que comienza en el árbol de La Flecha, cerca del billar y va a salir a la Cordillera, y al toldo. Al parecer, era oriunda de Timotes, de familia indígena, en donde adquirió sus conocimientos curativos ancestrales, y de mojanería.

Estaba casada con el señor Baldomero Dávila, quien era agricultor, muy colaborador y conocedor de la yerbatería, especie de herbólogo, preparaba los jarabes y «tomas» para los males del pecho, pero tenía una ocupación alterna, y por eso lo procuraban mucho las madres: curaba esa extraña cosa denominada «mal de ojo»; asimismo, con unos mentoles que hacía de resinas de plantas, sobaba aquellas torceduras y esguinces que siempre se adquieren al caminar o por mala postura o brusco movimiento. A uno de sus hijos, a quien llamaban «El Cacharrito», comenta todavía la gente que cuando era muy peleador y buscador de problemas callejeros, tenía facultad de desaparecer; inclusive, cuando en una oportunidad saliendo de ver la función nocturna de «El Dólar Perforado» en el Cine Parroquial, tres hombres le montaron una emboscada en El Calvario, él se salvó en la pelea a cuchillo y los otros no tuvieron igual suerte; el mismo fue y se entregó voluntariamente a la policía.

La querían quemar por una vaca

 

Un día, Matilde, que gustaba de alimentarse sanamente ella y sus hijos, se fue como hacía a menudo a El Viso, a comprar leche recién ordeñada, a poca distancia de su casa, donde una señora dueña de vacas, y esta le negó la leche, no le quiso vender y le dijo:

– Leche no tengo ahorita, cuando ordeñe, le dijo la dueña de la vaca.

La curandera, inmediatamente le soltó una frase amenazante:
-Ahh, me negaron la leche, ¡Ahora no van a ordeñar más!.

Al día siguiente, la vaca amaneció con la ubre hinchada, la revisaron y al rato se murió. Varios curiosos se acercaron a ver aquello, y se persignaron, les entró miedo. Se desconoce si el animal estaba enfermo y coincidió con la molestia de Matilde, pero eso ocurrió un día del año 1962.

La señora dueña de la vaca denunció a Matilde en la Prefectura de La Puerta, y bajó una poblada gritando:

-¡Quemen la bruja! ¡Quemen la bruja!

A Matilde la curandera, estigmatizada ahora como hechicera, la iban a quemar en la plaza Bolívar, según gritaban los paisanos dizque por bruja. Cansados de las actividades profanas de Matilde, los vecinos estaban decididos a quemarla.

En la plaza, solo se oía ¡Quemen la bruja! ¡Quemen la bruja!

La llevaron detenida para la Prefectura. El frente del puesto policial, comenzaba a rodearse de poblada, parecido a cuando cayó la dictadura de Pérez Jiménez. Esto preocupó al Prefecto y a un funcionario policial, quienes salieron a aplacar la ira de los que la protestaban, y lograron calmarlos, diciéndoles que la mujer estaba embarazada y que cómo iban a mandarla para Trujillo, en ese estado. La curandera se salvó porque estaba preñada.

Igualmente, no se borra del recuerdo colectivo, su reacción cuando la revuelta de la comunidad, frente a la Prefectura, por aquellos improperios y exigencias, ella solo les gritaba:

-¡Sabañones, mal agradecidos!

Matilde se salvó de este desagradable percance. Un buen día, esta curandera, muy cansada se marchó de La Puerta, y a pesar que la buscaron en distintos lugares y ciudades, no se volvió a saber de ella.

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