PROMOVER EL SABER CON SABOR | Por: Antonio Pérez Esclarín 

 

Por: Antonio Pérez Esclarín  (pesclarin@gmail.com)

             

El principio pedagógico esencial, base y condición de todos los demás, es el amor a los alumnos. En educación, es imposible ser efectivos si no somos afectivos, no es posible calidad sin calidez. Amor se escribe con a de aceptación, ayuda, apoyo, ánimo, acompañamiento, alegría, amistad. Amar no es consentir, sobreproteger, dejar hacer. El amor no crea dependencia, sino que da alas a la libertad, e impulsa a ser mejor. El educador es un amigo que ayuda a cada alumno, especialmente a los más débiles, carentes y  necesitados, a crecer, a superarse, a ser más responsables.  El amor crea seguridad, confianza, es inclusivo, no excluye a nadie. Es paciente y sabe  esperar. Por ello, respeta los ritmos y modos de aprender de cada alumno y siempre está dispuesto a brindar una nueva oportunidad.   De ahí que asume la evaluación como un medio de conocer qué sabe cada alumno, cómo aprende, cuáles son  sus fortalezas y carencias, para poderle brindar la ayuda que necesita.

En consecuencia, la función de la evaluación no es meramente poner notas y clasificar a los alumnos, sino recoger información, interpretarla, revisar los procesos formativos para tomar las decisiones pertinentes e introducir los cambios y correctivos necesarios. La evaluación es una herramienta para optimizar la calidad del proceso educativo y sus resultados. Todo debe ser evaluado para ser mejorado. De ahí que esta concepción de evaluación implica un profundo cambio cultural,  pues supone  acompañamiento, “ir de la mano” con los estudiantes para detectar su proceso de crecimiento, y orientarlos de manera adecuada. Implica también asumir el error como oportunidad de aprendizaje y no como fracaso.

El educador debe ser un defensor de la pedagogía del logro y, por ello, rechaza toda clasificación de los alumnos en buenos, regulares y malos: no los compara nunca, cree que todos son capaces, cada uno a su manera, y no acepta ni permite cualquier palabra o juicio peyorativo, ofensivo o humillante. Su pregunta no será quién merece una valoración positiva y quién no, sino cuál es la ayuda que necesita cada uno para que siga  avanzando según sus posibilidades y alcance los logros deseados.

Para hacer esto posible, se debe procurar un ambiente de motivación, entusiasmo y alegría. Si hay motivación, hay deseos de aprender. Si en los centros educativos resplandece la alegría, habremos logrado lo más importante. La pedagogía de la alegría  parte de las cosas que interesan o preocupan a los estudiantes, evitando la sensación de estar sumergidos en un mundo lejano, absurdo y aburrido. Todos los recintos educativos deben invitar a la alegría y ser atractivos en lo físico y en un ambiente irradiador de aceptación, comprensión y ayuda. La actual educación es demasiado fastidiosa y aburrida. Muchos alumnos abandonan los estudios porque no encuentran en ellos respuesta a sus intereses, preocupaciones y problemas. De ahí la necesidad de promover el saber con sabor.

A crear un ambiente alegre y motivador contribuirá una  sana disciplina, que no impone, humilla y cercena, sino que surge de la convicción personal y de las exigencias de la vida grupal. Disciplina que convierte al alumno en copartícipe de la programación, desarrollo y evaluación del proceso y que le estimula a construir su personalidad. Disciplina consensuada, orientada a crear un ambiente de trabajo, respeto, y comunicación, en el que los alumnos puedan expresarse con total libertad, y los conflictos se resuelvan mediante la negociación para convertirlos en fuente de avance y desarrollo personal para así lograr un contexto estimulante y respetuoso, en el que se establezca una verdadera comunicación. Comunicarse más y mejor es educar y educarse más auténticamente.

Por supuesto, para gestar este tipo de educación, va a ser necesario y prioritario que los educadores sean valorados y tratados de acuerdo a la transcendencia de su labor. Con docentes hambrientos, mal pagados, maltratados, y sin  la debida formación permanente que cultive su vocación y el orgullo de ser educadores, seguiremos teniendo una pobre educación y un pobre país. Es hora de que superemos la mera retórica y empecemos a demostrar con hechos que la educación de calidad para todos  es uno de los puntales esenciales para reconstruir el país y lograr una república próspera, justa  y  en paz.

 

@antonioperezesclarin  

www.antonioperezesclarin.com  

 


¡Mantente informado! Síguenos en  WhatsApp, Telegram, Instagram, TikTok, YouTube, Facebook o X

 

 

Salir de la versión móvil