Pornografía, prostitución y violencia sexual: el deseo sin reciprocidad

Concentración convocada por varias asociaciones feministas para reclamar la abolición de la prostitución, en la plaza Mayor de Gijón. EFE/ Alberto Morante/Archivo

Madrid, 31 ene (EFE).- La violencia sexual y la prostitución comparten el mismo esquema: un hombre se excita y obtiene placer con una mujer que no lo desea. Una investigación explica que la construcción de la masculinidad y la pornografía desempeñan un papel clave en que sean fenómenos tan frecuentes, asumidos e incluso legitimados.

En la prostitución, los hombres pagan por poner en práctica un tipo de sexualidad -de poder y sin reciprocidad- que les permite sentirse superiores a las mujeres, convertidas en objetos y cuyos deseos y emociones no son relevantes, explica a Efe la investigadora Mónica Alario Gavilán, especialidada en estudios interdisplinares de género.

Alario ha sido premiada por el Ministerio español de Igualdad por su tesis doctoral «La reproducción de la violencia sexual en las sociedades formalmente igualitarias: un análisis filosófico de la cultura de la violación actual a través de los discursos y el imaginario de la pornografía».

Cuatro de cada diez hombres recurren a la prostitución en España y el punto de partida de la investigación de Alario fue esta pregunta: «¿Cómo es posible que tantos varones puedan obtener placer realizando prácticas sexuales con mujeres que no los desean o no dan su consentimiento?»

Aunque esta sociedad tiene integrado a nivel discursivo el valor de la igualdad, las cifras de violencia sexual son elevadas y, más allá, están asumidas e incluso legitimadas prácticas que constituyen violencia contra la mujer y ni siquiera se perciben como tal. En el origen, la construcción de la masculinidad.

(Las fuerzas españolas de seguridad detectaron 15.319 delitos contra la libertad e indemnidad sexuales en 2019, un 11,2 % más que en 2018, según el Ministerio del Interior. El 97 % de los detenidos o investigados eran hombres, 46,2 % de las víctimas eran menores; y el 85 %, mujeres.)

«En el avance hacia sociedades más igualitarias, los hombres cada vez tienen menos terrenos donde posicionarse por encima de las mujeres, y el deseo de sentirse superiores se ha llevado al terreno de la sexualidad. Hay un deseo sexual masculino que en el contexto patriarcal vincula excitación con la sensación de poder sobre las mujeres», indica Alario, doctora de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.

Eso explica, continúa, por qué cuatro de cada diez hombres prostituyen a mujeres, por qué la pornografía está tan asumida, por qué hay tantos abusos sexuales en la infancia: ese deseo no necesita reciprocidad, no se basa en la igualdad.

 

PORNOGRAFÍA, COACCIÓN Y VIOLENCIA INVISIBLE

Una situación sin reciprocidad, precisa la investigadora, implica violencia y se aprende en gran parte con la pornografía, que tiene dos estrategias fundamentales para la reproducción de la violencia sexual.

La primera es la invisibilización y normalización de la violencia sexual como si fuera sexo: presenta una situación de violencia sexual de manera que el consumidor cree que es sólo sexo.

Es cuando se muestra a una mujer que no opone resistencia activa a una práctica (no llora, no grita, no se defiende), pero deja claro que no quiere ejercerla, si bien termina haciéndolo tras la presión del hombre. Sin deseo, es un consentimiento bajo coacción.

En esos vídeos, las mujeres se comportan de manera pasiva hasta que comienzan a actuar de forma activa mostrando placer. «Se normaliza que eso es sexo, que cuando una mujer dice ‘no’ se hace la difícil y en el fondo sí quiere. El ‘no’ se convierte en un ‘sí’ por medio de la coacción y la violencia se invisibiliza».

 

DOLOR, HUMILLACIÓN, OBJETO SEXUAL

La segunda estrategia, prosigue Alario, es la erotización de la violencia sexual. Vídeos en los que se capta perfectamente que hay violencia porque la mujer llora, grita e intenta defenderse.

«Podríamos pensar que el consumo de estos vídeos es minoritario, pero el más visto que he encontrado durante cinco años de investigación, con 225 millones de visitas, es el de la violación grupal a una mujer que intenta escapar», ilustra.

La investigadora denuncia que la sociedad abra la puerta a una masculinidad que puede llegar a excitarse con situaciones que las mujeres no desean e incluso les producen dolor y las humilla.

Sin embargo, alerta de que es un continuo que comienza con la socialización desigual de niños y niñas y que va normalizando distintos niveles de violencia sutil.

Para llegar a poner en práctica lo que ven en la pornografía, muchos hombres recurren a la prostitución. Y es necesario que previamente hayan cosificado a la mujer y la perciban como objeto sexual, que se produzca un distanciamiento emocional.

Subraya Alario que, en la prostitución, «al interponer la estructura del dinero», se legitima esa violencia.

«Para que algo sea sexo tiene que contar con el deseo de las mujeres. No existe la compra de sexo, existe el pago para dejar de sentir que estás ejerciendo violencia. No se puede transformar la violencia en sexo con dinero», reflexiona.

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