¿Por qué escribo tan buenos libros? | Por: Camilo Perdomo

 

“Yo no hablo meramente de amor. Yo traigo a los hombres un presente Zaratustra. II. Prólogo.”

El título del Tópico lo tomé prestado de F. Nietzsche en Ecce-homo, 3ª. Parte. Es un reproche a la humanidad por la indiferencia con su libro Así habló Zaratustra. Pienso que dentro de toda sociedad se reproducen seres de la incomprensión de lo actual frente a lo inactual. Una resistencia a no ver sino lo inmediato legitima una idea de la vida cercana a lo póstumo, no viven aunque respiran y caminan. A veces escribimos poniendo en calor las neuronas, pero hay lectores atrapados en lo inmediato, en la lógica del titiritero o payaso. Esos nunca nos leerán. Son cultivadores de las moscas del mercado, del jubilado del espíritu, del salivador del micrófono. En ellos no hay un oído dejando pasar sonidos para alimentar sus neuronas, sino sonidos de manos que aplauden y boca que emite chillidos y gritos. Atrapados en cultivar el silencio de aquello que les desnuda la falsedad de sus valores, no viven sino el simulacro de lo que piensan es vivir. No por azar siguen con fanatismo a quienes les prometen una vida luego de muertos, siguen a quienes les dicen que los aman y si les prometen intercambiar votos por migajas del poder mejor se sienten. También a esto contribuye la ignorancia, de allí que no basta con ir a la escuela o aprender a leer; es necesario saber leer entre líneas y eso no lo tolera el ignorante. La obra de Nietzsche se silencia de muchas formas, una de ellas con frases comunes que también nos aplican en estos tiempos. Para leerlo a usted es necesario un diccionario, no comprendo lo que usted escribe, usted no toca la realidad. Aquí va un texto interesante de la experiencia de Nietzsche: “Yo creo que el más alto homenaje que puede tributarse un hombre a sí mismo consiste en tomar uno de mis libros. Comprendo y admito que ese caso se descalce, incluso que se quite las botas” Ecce-homo, P. 63. Al autor del Zaratustra, no le sorprendían esas críticas, y él veía normal tales observaciones, pues ya era bastante que el lector intentara leer sus libros. ¿Por qué aspirar a ser leído como quien toma un libro enseñando a jugar dominó? Así como a unos sujetos les agrada el jugo de limón con azúcar hay otros que no. Uno escribe intentando abrir ventanas para que el lector tenga otra mirada, pero ni modo si sus ojos ya no ven, si sus oídos no oyen y si su boca no cultiva el sabor del espíritu. Seres asustados por carecer de piso donde pisar, en ellos la ingenuidad y la inocencia los obliga a quejarse de no comprender, de no entender y amar la vida, pues lo póstumo les cubrió sus neuronas al nacer. En mi caso solamente deseo ser leído por los predicadores de la vida, no por los predicadores de lo póstumo. Me agrada más el contenido que el continente, no amo la palabra patria, ni pueblo, ni chusma. A los críticos, incluso cuando se promocionan en el mundo de la literatura, los invito a escribir para la vida. Seguro estoy que si viven lo logran, de lo contrario disfrazarán el vivir con la muerte y lo jubilado como existencia real. Pasa lo mismo cuando corro un maratón, allí los críticos, salvo si son corredores, tienen algo qué decir. Pues es imposible dar allí sugerencias si usted no aprendió a sacarle fuego al asfalto. Y para finalizar, el superhombre de Zaratustra no es mitad hombre y mitad santo. Es ante todo una propuesta de reafirmación de la autonomía del hombre en la tierra. Saque sus conclusiones.

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