Política y Ciudadanía | La estupidez no es lo que usted cree | Por: Luis A. Coronado P.

Y por qué entender qué es realmente puede salvar nuestra democracia

 

Cuando llamamos «estúpido» a alguien, casi siempre nos equivocamos. Porque la estupidez verdadera —la peligrosa, la que destruye países y democracias— no tiene que ver con la inteligencia. Tiene que ver con algo mucho más profundo. Y todos, sin excepción, deberíamos preocuparnos por entenderla.

Permítame contarle una historia que empieza hace 2.500 años y termina, posiblemente, en su próxima conversación de café. Una historia donde el villano no es quien usted imagina.

El insulto griego que hoy usamos al revés

En la Atenas de Pericles existía una palabra terrible: idiotes. Hoy creemos que significaba lo mismo que «idiota» en español: alguien con poca inteligencia. Pero no. El idiotes griego no era un tonto. Era algo peor: era el ciudadano que se desentendía de los asuntos públicos. El que decía «la política no me interesa», se metía en su casa, cuidaba su negocio y dejaba que otros decidieran el destino de la ciudad.

Para los atenienses, ese ciudadano era un inútil cívico. Pericles lo dijo sin rodeos en su famoso discurso fúnebre: «No consideramos al que no participa de los asuntos públicos como alguien tranquilo, sino como un ser inútil». Aristóteles, más tarde, remataría: el hombre que vive solo, apartado de la política, «o es una bestia, o es un dios», pero ya no es del todo humano.

Mire alrededor. ¿Cuántos idiotes griegos modernos conocemos? El vecino que se queja del gobierno pero no vota. El profesional brillante que «no se mete en política». El que protesta los servicios pero nunca ha leído un presupuesto municipal. La famosa frase «yo no soy de izquierda ni de derecha» que se ha vuelto la coartada perfecta para la cobardía cívica. Pues bien: para Pericles, todos esos serían idiotes.

Del idiota antiguo al antipolítico moderno

El idiotes griego evolucionó. En el siglo XX se convirtió en algo llamado el «apolítico»: ese ciudadano que ya no se retira porque sí, sino porque la sociedad moderna lo entrena para preferir el consumo a la política. Compra, trabaja, paga impuestos, se entretiene. Vota cuando le toca, sin mucho convencimiento, eligiendo como quien escoge entre marcas de detergente.

Pero la historia no terminó ahí. En el siglo XXI apareció una mutación inquietante: el «antipolítico». Y este sí es peligroso de verdad. No se retira de la política como el idiotes. No la consume con apatía como el apolítico. Hace algo mucho más radical: participa activamente en política para destruirla.

El antipolítico vota, milita y sale a la calle. Pero lo hace para acabar con las instituciones que sostienen la convivencia democrática. Los datos no mienten: Hitler fue elegido democráticamente. Fujimori fue elegido democráticamente. Bolsonaro, Orbán, Le Pen, todos llegaron por las urnas. Sus votantes no eran ignorantes ni pobres necesariamente. Muchos tenían educación universitaria. Lo que pasaba era otra cosa. Algo que tres pensadores del siglo XX vieron con claridad espeluznante.

Brecht: usted puede ser analfabeto sin saberlo

Bertolt Brecht, el dramaturgo alemán, escribió un poema brutal sobre el «analfabeto político». No hablaba del que no sabe leer. Hablaba del que sabe leer perfectamente, pero no entiende que el precio del pan, el costo del transporte, el valor de su jubilación, son decisiones políticas. «El peor analfabeto es el analfabeto político», escribió Brecht. «No oye, no habla, no participa de los acontecimientos políticos». Y luego viene la frase demoledora: «No sabe el imbécil que de su ignorancia política nace el político corrupto».

Le pongo un ejemplo cercano. El comerciante venezolano que jura que «la política le da igual» mientras se queja todas las noches del control cambiario, la inflación y la inseguridad. Ese hombre es un analfabeto político brechtiano. Sabe mucho —de negocios, de números, de gente—, pero no sabe leer las estructuras de poder que determinan su vida cotidiana. Y mientras no las lea, será siempre víctima de ellas.

Cipolla: la ley estadística que nadie quiere oír

Carlo María Cipolla, historiador italiano de las universidades de Berkeley y Pavía, escribió en 1976 un libro pequeño que cambió mi manera de entender la política: «Allegro ma non troppo». Allí formula sus famosas leyes fundamentales de la estupidez humana. Y la tercera ley es la que necesitamos memorizar urgentemente.

Cipolla define al estúpido así: «Una persona estúpida es alguien que causa daño a otros sin obtener ninguna ganancia para sí mismo, e incluso causándose daño a sí mismo». Léalo de nuevo. Despacio. El estúpido no es el ignorante. No es el malo. El malo —el bandido— al menos saca provecho del daño que causa. El estúpido cipolliano hace daño porque sí. Y se daña él mismo en el proceso.

¿Le suena familiar? El que rechaza la vacuna y enferma a su familia. El que vota por el político que después le destruirá la pensión. El conductor que cruza el semáforo en rojo y mata a su propio hijo. El votante que apoya al caudillo que terminará expropiándole su negocio. Cipolla descubrió algo terrible: estos comportamientos no son anomalías. Son una constante estadística. En toda sociedad, hay un porcentaje estable de estúpidos. Y la educación no lo reduce. Hay estúpidos con doctorado y personas sabias sin haber pisado una escuela.

Bonhoeffer: cuando el poder fabrica estúpidos

Dietrich Bonhoeffer fue un pastor luterano alemán que la Gestapo colgó de un alambre el 9 de abril de 1945, pocas semanas antes de que terminara la guerra. Antes de morir, escribió desde la cárcel un texto breve y brillante: «De la estupidez». Allí se hace la pregunta que más debería inquietarnos: ¿Cómo es posible que tantos alemanes —gente educada, religiosa, decente— hayan apoyado al nazismo?

Su respuesta fue contundente. La estupidez, dice Bonhoeffer, no es un defecto intelectual. Es un fenómeno social. «Los hombres son estupidizados, o bien se dejan estupidizar». ¿Por quién? Por el poder. Cuando una autoridad fuerte genera miedo —miedo al cambio, miedo al otro, miedo al caos—, los ciudadanos prefieren renunciar a pensar por sí mismos. Es más cómodo. Es psicológicamente más fácil. Y aquí viene la frase que debería estar en todo libro de civismo: «contra la estupidez somos indefensos; las razones no sirven para nada».

Bonhoeffer lo entendió desde su celda: los nazis no eran demonios. Eran personas comunes que habían renunciado a pensar. Habían cambiado su libertad interior por la seguridad de pertenecer al bando del poder. Y eso, exactamente eso, es lo que vemos hoy en cada movimiento autoritario que crece en el mundo.

Por qué «más educación» no nos salvará

Aquí está la mala noticia. Llevamos doscientos años creyendo que el problema de la democracia es la falta de educación. Que, si educamos más a la gente, votará mejor, participará más, será mejor ciudadana. Es la apuesta ilustrada que va de Rousseau hasta nuestros días. Y es —digámoslo claro— una apuesta que ha fracasado.

Los datos lo demuestran. Los países con mayores tasas de educación universitaria están produciendo tantos antipolíticos como los países menos educados. Los doctores votan tan irracionalmente como los analfabetos funcionales. Las redes sociales —que en teoría nos darían más información— nos están entregando ciudadanos más polarizados, no más informados.

¿Por qué? Porque el problema no era la falta de información. Era otra cosa. Brecht, Cipolla y Bonhoeffer ya nos lo habían dicho, pero no quisimos escucharlos. El problema es que la democracia liberal asumió que el ciudadano se construye principalmente con la cabeza. Y se olvidó del corazón.

La salida: ser usuarios de la democracia, no clientes

Llevo años proponiendo una idea sencilla que he llamado «el Demousuario». Suena raro, pero es muy simple. Hoy en día, la mayoría de las personas se comportan con la democracia como clientes en un supermercado. Llegan cada cuatro años, eligen el producto que mejor les anuncian, lo pagan con su voto, y se van a su casa hasta la próxima elección. Si el producto sale malo, se quejan. Pero no leen el manual. No exigen garantía. No se involucran.

Un Demousuario es lo contrario. Es un ciudadano que entiende que la democracia es como un equipo electrodoméstico complejo: hay que aprender a usarla, leer su manual, exigir garantía cuando falla y mantenerla en buen estado. Para eso hacen falta tres cosas, no una sola.

La primera es conocer las reglas. Saber qué dice la Constitución. Entender cómo se elabora un presupuesto municipal. Saber qué es un consejo de planificación. Esto es lo que llamo el Homo Legis, el ciudadano que conoce la ley.

La segunda es participar de verdad. No solo votar. Asistir a las asambleas. Proponer proyectos. Discutir con el vecino con argumentos, no con insultos. Esto es el Zôon Politikón, el ciudadano deliberante que ya describía Aristóteles.

Y la tercera es la más importante y la que más nos cuesta: querer a las instituciones democráticas. No idolatrarlas, no defenderlas a ciegas, pero sí cuidarlas. Esto es lo que he llamado Philia Democrática, el afecto cívico, también incluye la idea irrefutavble de la amistad civics entre los ciudadanos, no importa que piensen distinto, pero hay muchas cosas en común que se peuden trabajar y resolver en libertad y colectivamente. Sin esa dimensión emocional, las otras dos no funcionan. Un ciudadano que conoce la ley y participa, pero no quiere a su democracia, terminará destruyéndola cuando le incomode. Y los hemos visto miles de veces.

Lo que está en juego

Volvamos al principio. Cuando llamamos «estúpido» a alguien, casi siempre nos equivocamos. Porque la verdadera estupidez no está en la cabeza, está en haber renunciado a pensar por uno mismo. La verdadera estupidez no es no saber, es no querer saber. No es ignorancia, es complicidad con quienes nos quieren callados, obedientes, conformes.

Las democracias no mueren porque haya muchos estúpidos. Mueren porque los que no lo son se cansan, se desentienden, se vuelven idiotes en el sentido griego. Cipolla tenía razón: el porcentaje de estúpidos es estadísticamente constante. No los vamos a eliminar. Pero podemos hacer que su daño no sea catastrófico. ¿Cómo? Construyendo más demousuarios. Personas que dejan de ser clientes pasivos y se vuelven usuarios activos de su democracia.

Le hago una pregunta para terminar. Mire a su alrededor mañana. En la cola del banco, en la oficina, en el almuerzo familiar. Pregúntese cuántos idiotes griegos, apolíticos, antipolíticos, analfabetos políticos y estúpidos cipollianos hay en su círculo cercano. Pero, sobre todo, pregúntese algo más incómodo: cuál de esas categorías describe, aunque sea un poco, su propia manera de habitar la democracia. Siempre le digo a mis estudiantes: Cuando desees saber quién es el culpable del desgaste de tu democracia, es sencillo saberlo, al levantarte por la mañana te miras en el espejo y quizá allí lo reconozcas.

Si la respuesta le inquieta, está usted en el camino correcto. Porque el primer paso para dejar de ser idiotes —en el sentido griego— es darse cuenta de que uno lo es. El segundo paso es decidir no serlo más. Y para eso, créame, no hace falta un doctorado. Hace falta voluntad. Hace falta querer ser dueño del poder, no su súbdito.

La democracia que sobrevivirá al siglo XXI no será la que tenga ciudadanos más informados. Será la que tenga ciudadanos más decididos. Más responsables. Más demousuarios. Es decir, más nosotros. Empezando por usted, que ha llegado hasta el final de este texto.

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Luis A. Coronado P. es politólogo. Director del Centro de Innovación y Consultoría Empresarial (CICE) de la Universidad Valle del Momboy. Autor del libro «El Demousuario: Por un nuevo ideal de ciudadano usuario de la democracia» (UVM, 2026). E-mail: coronadopradal@uvm.edu.ve

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