PERDONAR PARA SE LIBRES | Por: Antonio Pérez Esclarín 

                                     

 Por: Antonio Pérez Esclarín  (pesclarin@gmail.com)

                                     

Se fue el  2025, un año muy difícil, lleno de incertidumbre, amenazas  de enfrentamientos muy violentos,  crisis generalizada, inflación incontrolable que pulveriza los salarios y devora los bonos, y mucho sufrimiento innecesario.. Año donde fuimos acumulando preocupaciones, rabias  y hasta posiblemente algunos rencor y odio. Por ello, debemos iniciar el nuevo año  liberados  de esa carga agobiante mediante el cultivo del  perdón.   El perdón significa que el que perdona ha superado su odio y su rencor. El corazón se distiende y se libera. El odio y el rencor provocan y justifican  la violencia y, a su vez,  la violencia engendra más violencia. Es un círculo vicioso que sólo lo rompe el perdón. Por ello, es tan necesario que todos aprendamos  a perdonar para empezar el año nuevo más libres y  con más alegría y  entusiasmo.

Perdonar no es olvidar ni borrar. Perdonar significa deshacerse de esa rabia y ese rencor a los que uno tiene derecho.  Si alimentamos  el rencor, arruinamos la   vida y destruimos la  felicidad.  Perdonar es recuperar la libertad pues el perdón destruye las cadenas de la rabia, el enojo y el ansia de venganza que envilecen y consumen. Perdonar es sanar la herida y recuperar la paz interior.  Si no perdonamos, seguimos encadenados al odio, a la tristeza,  No somos  libres ni  sanos. Mientras no perdonemos , tendremos  atormentado el corazón con un dolor o una rabia que  nos  seguirá devorando  las entrañas del alma y no nos permitirá  la paz. Guardar rencor es como si uno tomara veneno y esperara que otro se muriera. Mientras no perdonemos, seguiremos  viendo a las personas  y a la vida desde las  heridas. Al perdonar, en cierto modo, dejamos de sufrir. Nos liberamos  del dolor y liberamos  al otro de la capacidad de seguirnos haciendo daño.

Perdonar significa optar por la vida, y no perdonar significa optar por la muerte. Perdonar puede significar la renovación para un ser humano, para una comunidad  e incluso  para un país. Es un acto de valentía de la persona  que quiere deshacer la fascinación del mal e incluso liberar al enemigo de la esterilidad y el aislamiento. Así el perdón abre las puertas de un nuevo futuro para el que perdona  y para el perdonado. No perdonar conduce a la incomunicación, la rivalidad y el enfrentamiento.

Perdonar es un acto de libertad que no acepta la lógica de la rivalidad. Puede ser duro; pero no perdonar es igualmente duro, tal vez más duro aún. Un refrán chino dice: “El que busca venganza debe cavar dos fosas”. Perdonar no es olvidar y abandonar todo interés por las ofensas e incluso crímenes, sino todo lo contrario: es recordar de una manera nueva. No es  disculpar pues el perdón implica un juicio moral sobre lo hecho mal y sobre lo injusto. No se trata de  minimizar o negar los hechos diciendo que no importan. No  es tampoco  renunciar a que se haga justicia. El perdón y la justicia pueden y deben andar juntos. Si los asesinos son perdonados sin más, si los corruptos son perdonados sin más, si los torturadores  son perdonados sin más, si los ladrones son perdonados sin más…, la sociedad justifica   a sus mismos destructores y se destruye a sí misma. El perdón no es un salvoconducto para obrar mal, ni significa que lo mal hecho no tenga importancia ni debe ser castigado..  Y, como rezaba el viejo catecismo, para ser perdonado, se requiere el propósito de  la enmienda del que comete la injusticia y causa el sufrimiento, es decir, el reconocimiento del mal ocasionado y sobre todo, la decisión de no seguir haciéndolo. Si alguien no reconoce su culpa ni el daño ocasionado, si no está dispuesto a cambiar  y sigue empeñado en obrar mal, en causar dolor y sufrimiento,  estamos obligados a impedir que lo siga haciendo, lo que puede exigir que debamos enfrentarlo..  Perdonar es salir de la cadena de la violencia. Sólo el perdón puede abrir un futuro auténtico  y generar nuevas relaciones. Ni la venganza ni la violencia pueden hacerlo. No hay paz sin justicia, no hay justicia sin perdón, decía San  Juan Pablo II. La venganza es el final catastrófico de la política, así como la justicia encuadrada en el perdón es su comienzo fructífero.

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@antonioperezesclarin   

www.antonioperezesclarin.com

 


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