Pedro Urquiola: la piqueta acabó con su magia y utilidad para la ciudad

Valera vivida, leída, escuchada y soñada (20)

Se observa conversando con Pedro Urquiola en el año de 1979,

 

Alguien le llegó a calificar como «el hombre más útil de la Valera de aquellos tiempos». Y en verdad, que si exactamente no lo era, por lo menos nadie le negaba que era el más popular, puesto que se había granjeado el aprecio desde el profesional de medicina, el abogado, el ingeniero, el industrial, el comerciante, ama de casa, hasta el habitante más humilde la ciudad de las siete colinas.
Quien buscaba el tornillo lo más raro y antiguo, encontraba una respuesta: Vaya donde Pedro Urquiola.
Quien inquiera por una hierba milagrosa, o por la tacamahaca o por la caraña para sacarse una espina, recibía estas palabras: Solo la hallas donde Pedro Urquiola.
Y ahí, al lado de ese mercado viejo (Av. Bolívar, esquina calle 11), tráfago de voces, frituras, buhoneros, flores y frutas, estaba el negocio de Pedro Urquiola, donde al descorrerse el alba se veían los rostros más macilentos de los trasnochados que acudían un tanto en forma clandestina a sacarse el terrible ratón. Ahí se iniciaba el desfile para la compra del carbón, de las trampas para ratas, de los distintos alambres, del guarapo fuerte, de las estampitas religiosas y de hasta el papel crepé.
Urquiola fue un hombre recio, con esa piel en la cual parecía que no le golpeaban los años y con una sonrisa fresca, atendía cordialmente a totilimundi, nos cuenta Esteban Guiño (81), el barbero de la avenida 14, parroquia San José, uno de nuestras fuentes.
El establecimiento de productos útiles o almacén, de antigüedades, parecía poseer un extraño magnetismo, porque cotidianamente se convertía hasta en centro de citas de la gente de El Bolo, La Gallera, Santo Domingo o La Ciénaga, Punto de Mérida, El Milagro, etc. El santo y seña era: Nos encontramos donde Pedro Urquiola. Y otro extraño misterio lo rondaba, pues nadie podía hacer el balance de las ganancias y las pérdidas, si estaba en quiebra o servía solamente para mantener a «El Viejo».

MÚSICO Y ADECO
HASTA LOS TUÉTANOS

Desde muy joven «El Negro» Urquiola estuvo tocado por el duendecillo de la música, la parranda, la alegría. Trabajó desde niño y no se sintió feliz hasta haber logrado comprar un acordeón, el cual dominó magistralmente llevando su dulce y mágico sonido en serenatas, fiestas y bailes populares.
Ya maduro y habiéndose cortado la coleta como bohemio entregó como regalo a su hijo Pedro Luis y a la señora de este, doña Antonia Medina de Saavedra, el querido instrumento como un regalo inolvidable.
La política también mordió las venas de Urquiola, ya que fue uno de los fundadores de Acción Democrática en Valera, y para reafirmar su pasión por su partido, bautizó a su negocio del mercado como «El 18 de Octubre”.
A varios meses de su muerte, recibía en su hogar el diploma meritorio firmado por el Dr. Gonzalo Barrios, por haber sido fundador de AD. Como comerciante, Urquiola se contentaba con la forma de ser un pulpero, honrado, con no especular a nadie, con servir y serle útil a la comunidad.
En la Valera de los años treinta montó una refresquería donde luego funcionaría el Cinelandia y hoy día Traki. Posteriormente se mudó cerca de donde está ubicada la Sociedad San José, organización de la cual fue también miembro fundador. Después aterrizaría a un costado del mercado municipal con su famosa «La Reforma» en la avenida Bolívar con calle 11 y 12 frente a Comercial Suárez y Almacén San Francisco, o mejor dicho al lado en donde una vez estuvo un busto de un Guardia Nacional.
Una anécdota que nos cuenta Régulo Godoy Jr, es que una vez le preguntó por qué no lavaba el envase de donde servía el papelón, y este le respondió: “No chico, si lo lavo se pierde la magia de papelón, así que es mejor dejar esa vaina así”.

 

DE VENA HUMORÍSTICA

 

Valera ha sido un constante manantial de chispas humorísticas, «El Negro» Urquiola tenía su gracia, su vena chispeante para hilvanar, tejer las anécdotas, los chistes picantes, las conversaciones graciosas. Sus amigos no dejaban de echarle bromas y se la pasaba diciéndole que él no era de Valera, que lo habían traído enmantillado de Bobures; eso lo irritaba al punto que aquel que se atrevía de señalar esa barbarie lo corría de su negocio. Era la única manera de verlo sin su buen humor, rememora el cronista de la ciudad, don Luis González.
Uno de esos amigos se enteró que su verdadero apellido no era Urquiola sino Saavedra, le escribió un verso:

Ahora sí nos la pusimos
con este tal modernismo
de esta Valera sin piedra,
pues se ha corrido la bola,
que hasta el Negro Pedro Urquiola,
se llama Pedro Saavedra.

En el rostro, en la sangre, en el corazón de Pedro Urquiola solo corrían las alegrías y las sonrisas ante estas finas mamaderas de gallo. Y así fue hasta sus últimos años, este roble, este personaje tan amado por su querida «ciudad de las siete colinas».
Según nos cuenta Don Luis González, la actividad de Pedro Urquiola se mantuvo hasta finales de la década de los 70, cuando decide cerrar definitivamente las puertas de su pulpería, ya era noventón.

 

LA PIQUETA LO ENTRISTECIÓ

Lo entristeció mucho la demolición del Mercado Viejo. Así cuando las máquinas con su furor para aniquilar todo lo pintoresco, iniciaban el desplome del antiguo Mercado Municipal, también la picota caía sobre «El 18 de Octubre» o “La Reforma”, el negocio fundado por Urquiola y amasado con todo el cariño del pueblo valerano.
De ese rincón donde había estado años y años, salió «El Negro» a buscar refugio en San Luis, pero ya todos habían perdido su magia, su encanto, su sabor y aderezo pintorescos, porque ya el tiempo había heredado su existencia para hallar reinicios en otros lugares.
Con el desmoronamiento de «La Reforma» vino también el olvido hacia Pedro Urquiola. Pocos preguntaban por él, pocos iban a visitarle allá en la parte baja de la ciudad. El 14 de octubre de 1982, en un día taciturno por la lluvia, cerraba los ojos para siempre, el personaje valerano más popular de los últimos tiempos. Extraño, a sus honras fúnebres solo asistieron pocos parroquianos, sus familiares y unos cuantos amigos verdaderamente fieles. Urquiola ya pasaba de los noventa años cuando partió de este mundo, según lo testimoniado por Evencio José Daboín.

 

Repensar a
Valera es…

SABER que, en la Valera de los años treinta Pedro Urquiola, montó una refresquería donde luego funcionaría el Cinelandia. Posteriormente se mudó cerca donde está ubicada la Sociedad San José, organización de la cual fue también miembro fundador. Después aterrizaría a un costado del mercado municipal con su famosa «La Reforma» en la avenida Bolívar con calle 11 y 12. EHG

 

 

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