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Militarismo y ciudadanía

por Antonio Pérez Esclarín
06/07/2019
Reading Time: 3 mins read
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Los militares están formados para obedecer, dar órdenes y si llegare el caso, ganar la guerra como sea. En la estructura completamente piramidal del mundo militar los de arriba mandan y los de abajo obedecen. La mera crítica a las órdenes se considera una falta de disciplina o incluso un delito. De ahí que el mundo militar privilegia la obediencia ciega y puede resultar muy peligroso pensar con la propia cabeza.

En Venezuela, dicen ser los herederos de los ejércitos libertadores, y tienden a identificarse con las gestas heroicas del pasado, sin importar que hayan llegado a ocupar los más altos cargos sin haber disparado un tiro o sin analizar si su conducta actual tiene algo de heroica. Para la cultura militar, no hay oponentes o rivales, sólo enemigos que hay que derrotar o incluso aniquilar. Todo se orienta a ganar la batalla o la guerra, real o ficticia, y para lograr tal fin todo está permitido.

De ahí que suele decirse que la primera víctima en todas las guerras suele ser la verdad. Por ser los únicos que tienen el monopolio del uso de las armas, resulta extremadamente peligroso si se subordinan a una parcialidad política, olvidando que se deben a todos los ciudadanos. Igualmente resulta extremadamente peligroso que lleguen a ocupar altos cargos personas sin las debidas competencias o, peor, de dudosa moralidad o que tienen un carácter ambicioso.

La genuina democracia, más que un régimen de gobierno, es una forma de vida, donde el poder militar se subordina al poder civil. Se asienta sobre la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, que se unen para convivir mejor y apoyarse mutuamente y nunca se sustenta en la fuerza. De allí la importancia de garantizar la separación de poderes, para controlar las tentaciones impositivas o dictatoriales del ejecutivo, pues como se viene repitiendo, “el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente”. La democracia se sustenta en el respeto, el diálogo, la negociación, y considera la diversidad como expresión de la verdadera convivencia.
Ya desde Aristóteles, el arte de la política consistía en resolver los conflictos mediante la palabra (de allí viene parlamento (parlar: hablar), sinónimo de Asamblea), el diálogo, la negociación, desechando cualquier recurso a la fuerza.

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Cuando la democracia es penetrada o dominada por la cultura militar, languidece y muere. Por ello, en las democracias genuinas el poder militar está subordinado al poder civil, y los militares se dedican a cumplir su papel de defensores de la Constitución y protectores de la nación y de los ciudadanos. Por ello, no entiendo, por ejemplo, cómo invocan tanto la soberanía y han permitido que guerrillearos y paramilitares impongan su ley en las fronteras, que cubanos estén al frente de organismos importantes y hayan penetrado el estamento militar y que paramilitares armados siembren el terror en las calles de nuestras ciudades. Tampoco entiendo que repitan sin pestañear que “el honor es su divisa”, y luego algunos se dediquen a matraquear en las alcabalas y puestos fronterizos. Resulta inconcebible que proclamen que están para servir y defender a la nación y luego actúen como si fueran el cuerpo pretoriano del partido de gobierno. Tampoco entiendo cómo siguen sosteniendo a un gobierno cuyas medidas han traído miseria, destrucción, y caos hasta el punto en que hoy nada funciona en Venezuela. Por ello, ¡líbranos, Señor, de militares prepotentes y ambiciosos y haz que se dediquen a cumplir la Constitución!

Tags: Antonio Pérez EsclarínOpiniónTrujillo
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