Por: Miguel Ángel Malavia
Otro mundo es posible. Más fraterno. Más inclusivo. Más justo. Menos desquiciado. Menos atiborrado de ideologías baratas y de populismos desnortados. Menos perverso.
Siempre he defendido que ese otro mundo es posible, claro, pero reconozco que últimamente estaba perdiendo la fe. Al ver con horror la deriva de la humanidad, empeñada en correr desaforada ante su noche más oscura, me iba repitiendo a mí mismo, susurrando para que no lo escuchasen mis hijos, que ese pensamiento es “solo una utopía”.
Por suerte, he recibido hace poco un electroshock de luz y vida. Y vuelvo a tener fe. Recientemente, he podido visitar Ecuador. Y vengo fascinado. Como me ocurrió en 2011, cuando fui con Manos Unidas a Haití (desde entonces digo que soy “un español conquense-madrileño, y haitiano”, ahora he viajado con la misma asociación y ya me siento “ecuatoriano”.
De identidad católica, Manos Unidas nació en España en 1960. La fundó un grupo de mujeres con fe honda para “declararle la guerra al hambre”. Casi siete décadas después, demuestran cada día en cientos de países que su compromiso es inexpugnable.
Pero lo que realmente me maravilla de Manos Unidas es que trabajan con todos (con absolutamente todos) los que crean en el bien común. En Ecuador, desde la última comunidad campesina en la sierra andina hasta el punto más inexplorable de la selva amazónica, allí están ellos. Y lo hacen caminando junto a entidades agrícolas que destierran los químicos, con otras comprometidas con el comercio justo, con algunas más marcadas por la defensa de los derechos humanos, con las víctimas del machismo asesino… Igualmente, colaboran con autoridades locales de toda condición, sin preguntar si quiera cuáles son las siglas del partido que conforma su ejecutivo.
Eso lo vi con mis ojos en Haití. Y eso lo he vuelto a percibir en Ecuador. Como también he visto los ojos de los ancianos, adultos, adolescentes y niños a los que su vida se la ha cambiado un sistema eléctrico para que no deban estar pendientes constantemente de sus vacas, una estructura que recoja la lluvia y la transforme en agua potable o una denuncia ante una comisaría o un juzgado cuando ningún funcionario quiere recogerla porque eres mujer y, pese a que te han dado una paliza, “lo mejor es volver a casa con tu marido”.
Las petroleras, las mineras, los latifundistas, los gobiernos corruptos y los machistas tienen mucho poder. Mucho. Pero Manos Unidas les ha declarado la guerra. Y, aunque cueste, la van a perder.
Otro mundo es posible. Sí.
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