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Laudelino Mejías: signo de inspiración para nuestro tiempo | Por Pedro Frailán

Sentido de Historia

por Pedro Frailán
31/08/2025
Reading Time: 5 mins read
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A Laudelino 

Alegría de un vals.

Un poema muy sentido cada agosto nos despierta. La ciudad y sus canciones al maestro nos recuerdan.

Laudelino el de los sueños, Laudelino aquel gigante que a Trujillo puso alto, con valor y mucho encanto.

Hay un vals que va tocando la ternura de la gente abrazando de sonrisas cada año para siempre.

Y con luz nació el Maestro y su voz pleno la vida. Hoy Trujillo conmemora a Laudelino Mejías.

José Thomas Torres López

 

 

La segunda mitad del siglo XIX, la Providencia Divina nos regaló grandes personajes, que desde sus aldeas y pequeños pueblos, con el tiempo generaron un área de influencia universal. Me estoy refiriendo a 1964, año de nacimiento de José Gregorio Hernández en Isnotú. Más adelante, en Betijoque, Rafael Rangel, en 1877. Luego, en la última década de esta centuria en la ciudad de Trujillo nacieron Laudelino Mejías en 1893, y cuatro años después en 1897, Mario Briceño Iragorry.

Hay que ver cuánto patrimonio local nos dejaron, trascendiendo a lo  universal, colocando los valores de la trujillanidad bien cimentados, en la cultura de la venezolanidad como unidad totalizante de lo que somos. Sus obras están ahí, expuestas en la biblioteca del tiempo.

Voy a hacer referencia a algunos rasgos de memoria de Don Laudelino, el mago de “La hora más silenciosa de la noche”. Laudelino nació en Trujillo, en el sector Calle Arriba. Entre la avenida Bolívar, esquina con calle Mariño, justamente un 29 de agosto de 1893, en una ciudad pequeña, pero con una tradición heroica gigante, tanto en la colonia, como en la república. Con el advenimiento de Laudelino se hizo más grande en la escala de los valores y en esta oportunidad se engrandecería con la rapsodia, la lírica y la palabra que, por ahí, justamente, se inicia la biblia.

Fue un hijo natural concebido por Juana Paula y Aparicio Lugo, pero lo que si debe ser cierto es, que su concepción fue un acto inspirado por el amor. Amor evidente en su legado musical, que es un encanto, es una magia, ficción y fascinación, producto del imaginario que no se puede cuantificar, pero sí sentir y vivir.

Mira como son las cosas, su santa madre le susurraba las primeras melodías, tarareándole dulcemente le daba a conocer las canciones infantiles. En muchas oportunidades, nuestras madres nos las inventaban, igual nos cantaban para que nos sintiéramos tranquilos, calmados, felices y armoniosos, que es propósito de la musicalidad. Laudelino perdió a su madre a corta edad, al igual que José Gregorio Hernández y Mario Briceño Iragorry, a su padre.

Quedó bajo la crianza de su abuela Isabel, quien le transmitió valores de familia, de sentido de querencia, valoración por los demás y sentido de pertenencia por lo cotidiano, por el lugar, por lo pequeño que es donde nos iniciamos y estrechamos con lazos íntimos de calidez, respeto, y unión; conociendo la intimidad y querencia. Es en esa etapa de la niñez, que nos acompaña la inocencia, y que someramente vamos descubriendo la realidad para verle el rostro.

Él, Laudelino jugaba a ser músico, creó una orquesta, con sus pequeños. Pero eso sí, él la dirigía, la misma providencia que lo trajo, le indicaba su lugar en la orquesta, tenía que conducir y, mira qué clase de director salió, pues así lo ratifica la historia.

Laudelino de niño hacía mandados a los que los necesitaban, para sustentarse en algo, ayudar a la casa, a su abuela. Me imagino el ambiente geográfico muy agradable, la montaña cerca de sus habitantes, vigilados por el encanto de la “Peña de la Virgen”, un Trujillo al final del siglo XIX y los inicios del  XX. Sus condiciones económicas no fueron obstáculo para quedarse, tanto en él como en su familia. Su padre al principio le sugería que no fuera músico, más no lo convenció, entonces le impartió algunas lecciones de música; a la edad de 14 años forma parte de la Escuela Filarmónica de Trujillo. Aquí recibió clases del Padre Esteban Razquin.

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Ya para el año de 1911, es subdirector de banda y, en progresivo, para 1916 sustituye al director, Esteban Razquin; a partir de ese momento todo es producción y consagración del artista y su obra musical. Con lo cual impuso, como decimos hoy, una nueva marca de Trujillo para Venezuela. Llega su tiempo en la vida musical, es itinerante, estuvo en Maracaibo, en Guayana, regresó y en Valera compone “La hora más silenciosa de la noche”, pero, su amigo Rutilio Martini le recomienda el nombre de “Conticinio”. En el año de 1922, es ratificado por el propio maestro en una entrevista.

Los estudiosos de la música dicen que Laudelino fue un gran poeta, que escribía sus poemas con la música. Prueba de ello son los nombres de sus canciones: En las horas / Silencio corazón / La voz del corazón / Aguas dormidas / Así es la vida / Yolanda / Amaneciendo / Agonía de un beso / Angelina / Déjame soñar / Alma enferma / Despertando / Alma indiana / Noche de luna / Cuna vacía / Dulce amor / Amorosa / A media noche / Alba sentimental / San Antonio /.

Dice su nieto Gilberto Mejías Palazzi en su biografía, “Importancia sobresaliente tiene el “Himno de la Victoria”, por cuanto el primer premio se lo concedió un jurado integrado por los célebres músicos Vicente Emilio Sojo, Juan Bautista Plaza y Prudencio Esaá”.

Vals, danza, canciones, pasodoble, marcha militar, marcha fúnebre, poemas sinfónicos, sinfonías, música académica. Todos estos géneros fueron producidos y trascendieron fronteras. Fueron editados por grandes sellos musicales de influencia internacional, así lo dice el profesor Jorge Carrillo. Fue una persona que valoró grandemente la amistad, de constantes tertulias desde el umbral de la casa en donde vivía en la Avenida Independencia, frente al Grupo Carabobo, sus amigos, Don Pedro Torres. Oscar Martínez, José Antonio Carrero, Luciano Maccaferri y todo el pueblo, Maestro por excelencia.

¿A este tiempo qué hacemos con el Maestro? Cuando tenemos un país, que sus vivencias parecen una tragedia griega, de esas que están narradas en La Ilíada. Primero que nada, estos personajes nos sirven como modelo, son nuestros. Frente a la incertidumbre la visión se pierde, se extravía, cuesta proyectarla, entonces el horizonte está aquí. Laudelino sobre todo fue un ciudadano que se colmó de gloria, se hizo un referente de prestigio, por su sabiduría, por su trabajo, considerado un genio, pero lo más grandioso no cambió, no se despersonalizó, su vida fue auténtica. Actuó como decía Cicerón, “yo siempre el mismo”, que la primera categoría de la identidad y esto es un modelo de inspiración.

Para conocerlo recomiendo la siguiente bibliografía:

  • Vida y obra documentada. Remembranzas sobre el músico trujillano. Laudelino Mejías. De. Gilberto Mejías Palazzi.
  • Vida musical de Laudelino. (Apuntes para una bibliografía). Gilberto Mejías Palazzi.
  • Laudelino Mejías. Gilberto Mejías Palazzi.
  • El poema sinfónico “Trujillo”. De Laudelino Mejías. Gilberto Mejías Palazzi.
  • Laudelino y Trujillo. Alí Medina Machado.
  • Glosario a Laudelino. Alí Medina Machado. De la cual tengo el honor de hacer el prólogo de esta edición.

 

 

 

 

 

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