Las Memorias de Voltaire (II) | Por: Ramón Rivasáez

 

Federico II, llamado El Grande, por ser protector de las artes, un mecenas a su manera, era descrito por el autor de El Cándido como el “Salomón del Norte”; luego de ocupar militarmente Silesia en 1742, embelleció Berlín, edificó una de las mejores y más amplias salas de ópera y se hizo acompañar de artistas e intelectuales de casi toda Europa.

El rey de Prusia, tenía entonces uno de los ejércitos más numerosos, más de 130 mil soldados, los que entraron a Silesia, atemorizaba a Francia y a otros vecinos; no obstante, su obra de embellecimiento de las ciudades prosiguió, mejorando Potsdam, asiento de su mandato, cuya  sede  real estaba en ruinas, que transformó en poco tiempo en palacio.

Potsdam se convirtió en una hermosa ciudad, su ornato la hizo rival de Berlín, ésta se desarrolló urbanísticamente; Lacedemonia, otra urbe importante, fue calificada la nueva Atenas; no menos de 103 poblados surgieron de pantanales, los que fueron saneados a través de un urbanismo moderno, según cuenta Voltaire.

En tanto, Francia decaía, el emperador Carlos VII naufragaba al tiempo que su primer ministro, el cardenal Fleury fallecía a los 90 años, el 29 de enero de 1743;  se había constituido en el verdadero rey galo a través de una larga gestión pública que le distinguió por sus finos procederes; no amontonó riquezas, su pulcritud  era su mejor carta de presentación.

Fleury, de preceptor de Luis XVI, había sido promovido a primer ministro de Francia, al morir, dejó su sillón en la Academia, y muchos de sus colegas propusieron a Voltaire para reemplazarlo, pero la reticencia y maledicencia de un poderoso vocero del reino impidió tal honor al controvertido escritor que se hallaba en la Corte de Federico II en Potsdam.

Voltaire ocupaba un espacio en el palacio real, como asesor de su majestad que él describe ampliamente para dar testimonio de los rasgos de la personalidad  del rey Federico II, cuya una de sus órdenes era que ninguna mujer osara entrar al recinto palaciego. Solo tenían acceso sus favoritos, altos oficiales de su regimiento. “Concedía unos instantes a la secta de Epicuro; mandaban a llamar a dos o tres de sus favoritos, tenientes de su regimiento, o pajes o cadetillos; tomaban café, aquel a quien él le arrojaba el pañuelo quedaba a solas con el rey medio cuarto de hora. Las cosas no llegaban nunca a los últimos extremos, ya que el príncipe en vida de su padre, salió muy mal parado de sus amores pasajeros y no menos mal curado. No podía desempeñar el primer papel, tenía que contentarse con los segundos”, relataba Voltaire.

Concluidos sus devaneos se ocupaba de los asuntos del estado que despachaba en pocas horas, con órdenes tajantes. Su primer Ministro era a la sazón el teniente que le custodió en la prisión a la que le condenó su difunto padre Guillermo Federico I, quien quiso llevarlo al cadalso al considerarlo que no era digno de sucederle en el trono.

Cuenta Voltaire que el rey Federico el Grande pasaba revista a sus tropas a las once de la mañana, luego almorzaba rodeado de sus más estrechos colaboradores, entre ellos algunos príncipes y en la siesta se dedicaba a escribir hasta las cinco o seis de la tarde o a tocar la flauta, su instrumento proferido. Por lo general estaba acompañado de músicos y bailarines que hacían su corte; tenía a sueldo a los mejores cantantes de su época.

Hubo una mujer que fue la única que bailó en su honor, una veneciana conocida como la Barberina, que fue raptada de su lar por soldados del rey Federico II, para que bailase en su teatro de Potsdam. Su majestad se había enamorado de Barberina, “porque tenía piernas de hombre”, al decir de Voltaire.

Barberina, fue quizá su única favorita; ganaba un salario exorbitante en la corte, no menos de 32 mil libras, muy superior a lo devengado por tres de sus ministros. En cambio su poeta oficial, un italiano,  percibía   1.200 libras, cuya labor era poner en verso las óperas que componía el rey en sus ratos de ocio.

 

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