Las grietas invisibles de la infancia y la importancia de la salud mental luego del doble terremoto en Venezuela

Los niños procesan el trauma de forma somática y conductual (juego, dibujo o hipervigilancia) al no verbalizarlo. Su salud mental exige corregulación adulta, espacios seguros y atención psicosocial continua sin improvisación

Miles de niños están atravesando por una desestabilización emocional, miedo constante y la pérdida de sus espacios de seguridad | Foto Carlos Rafael Marcano

 

Por: Karla Pérez Castilla


Cuando las réplicas ceden y el polvo termina de asentarse, el conteo de los daños suele medirse en estructuras caídas, postes derribados y balances materiales. Sin embargo, para la población infantil venezolana, el verdadero impacto del doble terremoto del 24 de junio no se detuvo cuando la tierra dejó de temblar. 

Mientras las comunidades intentan reconstruir su rutina entre ruinas y refugios temporales, miles de niños y niñas atraviesan una crisis silenciosa, profunda y de alcance duradero: la desestabilización emocional, el miedo constante y la pérdida de sus espacios de seguridad.

Para la infancia, la pérdida de un hogar, la muerte o la desaparición de seres queridos y el temor a las réplicas resquebrajan las bases de su seguridad interna.

Esta herida emocional tiene un rostro medible y parece quedar oculta en el balance general de víctimas y detrás de las cifras globales de daños materiales, aunque existe un impacto diferenciado en la niñez que exige ser visibilizado con urgencia para dimensionar la escala real de la atención prioritaria que se requiere.

La pérdida de un hogar, la muerte o la desaparición de seres queridos resquebrajan las bases de la seguridad interna de los niños | Foto EFE

Así lo confirman los datos recopilados por Cecodap y la Agencia PANA en su segundo informe de actualización, que logran ponerle números a este quiebre al documentar al menos 1.405 casos individualizados de niños, niñas y adolescentes afectados directamente por los sismos. Esta cifra —que representa solo la superficie de la emergencia— se desglosa en 437 heridos (31,10% del total), 273 desaparecidos (19,43%), 233 desplazados junto a sus familias (16,58%) y 221 fallecidos (15,73%), además de 187 rescatados con vida, 32 separados de su núcleo familiar y 22 evacuados.

Lejos de ser un inventario definitivo, el director general de Cecodap, Carlos Trapani, aclara que este registro representa apenas una fotografía parcial y en constante movimiento. Por ello, sostiene que estas cifras no deben interpretarse como el techo de la tragedia, sino como el piso de la documentación que alcanza a visibilizar la magnitud de la crisis en la infancia.

La gravedad de este subregistro resulta aún más alarmante al observar que la franja comprendida entre los 0 y 11 años de edad es la más golpeada, concentrando el mayor número de fallecidos y desaparecidos con un total de 494 casos confirmados en ese rango de primera infancia y niñez.

Cecodap y la Agencia PANA afirman que hay 273 niños desaparecidos | Foto AFP/

En ese entorno precarizado, la separación y la reunificación familiar se han consolidado como un reto apremiante para los organismos de protección.

Cecodap denuncia una invisibilización sistemática de los niños en el discurso de la alta vocería gubernamental | Foto AFP

Aunque en las primeras horas de la crisis no se reportaba la presencia de niños solos, las inspecciones posteriores en refugios y centros de salud permitieron detectar 32 casos de menores separados de sus padres que hoy requieren medidas de protección especial, por lo que su reubicación segura con familiares extendidos constituye una urgencia de primer orden.

Esta vulnerabilidad se vio agravada por la falta de trazabilidad clínica al inicio de la catástrofe, cuando los traslados desordenados de heridos hacia distintos hospitales y la difusión de carteles de búsqueda sin edades ni datos precisos elevaron el riesgo de extravío e introdujeron la incertidumbre sobre quién autorizaba los procedimientos médicos de los infantes.

 

Neurobiología del trauma infantil: ¿cómo reacciona el cerebro del niño?

Para atender adecuadamente a un niño tras una catástrofe telúrica, explica la psicóloga Andrea Rodríguez, especialista de Prepara Familia, es indispensable comprender la diferencia neurobiológica en el procesamiento de la amenaza entre un adulto y un infante.

“El niño no procesa la vivencia del terremoto igual que un adulto. Para ellos es un poquito más traumática por el hecho de que no entienden qué está pasando. A lo mejor algunos niños no saben cómo gestionar sus emociones, no entienden muy bien si es algo que va a volver a suceder”, sostiene.

Existe una diferencia neurobiológica en el procesamiento de la amenaza entre un adulto y un niño | Foto AFP

Rodríguez explica que el proceso neurobiológico infantil inicia con la inmadurez de la corteza prefrontal. A diferencia del adulto, la corteza prefrontal del niño, encargada del razonamiento, la planificación y la autorregulación, aún está en pleno desarrollo.

Ante las réplicas y la destrucción, la amígdala cerebral se hiperactiva y domina la respuesta fisiológica de alerta. Por esta razón, dice, el sistema nervioso infantil entra en una fase de dependencia de la corregulación emocional, estando biológicamente programado para evaluar la seguridad a través de las señales del entorno, principalmente la voz, el rostro y la calma de los cuidadores. Si el adulto se desregula y muestra pánico, el sistema nervioso del niño interpreta que la amenaza mortífera sigue presente.

A nivel conductual y fisiológico, el cuerpo del infante entra en un estado prolongado de simpaticotonía o mecanismo de lucha o huida. Esto se traduce en alteraciones conductuales como irritabilidad severa, pataletas desproporcionadas, impulsividad, hiperactividad, agresividad inexplicable o episodios de llanto repentino.

“Pueden presentar dolores abdominales, dolores de cabeza, náuseas, enuresis, incluso la pérdida total del control de esfínteres, y puede también llegar a suceder una sensibilidad exacerbada a estímulos táctiles, auditivos, visuales. Eso y otras cosas es lo que puede llegar a pasar en el cerebro de un niño”, indica.

Si el adulto se desregula y muestra pánico, el sistema nervioso del niño interpreta que la amenaza mortífera sigue presente | Foto AFP

En la esfera somática y del sueño, agrega la especialista, se manifiestan dificultades extremas para conciliar el sueño, despertares nocturnos por hipervigilancia, pesadillas recurrentes y sobresaltos desmedidos ante ruidos cotidianos como el golpe de una puerta, un chirrido metálico o el estruendo de los truenos.

“De igual forma puede haber retraimiento social, puede haber mutismo temporal, algunos niños pueden dejar de hablar, puede haber alguna desconexión emocional o apatía”, señala.

El terapeuta familiar y fundador de Cecodap, Oscar Misle, recalca que los niños sufren un duelo social complejo que suele ser malinterpretado por su entorno.

Los niños pueden presentar alteraciones conductuales como irritabilidad severa, pataletas desproporcionadas e impulsividad | Foto AFP

En relación con la imposibilidad de la verbalización abstracta, dice, los adultos frecuentemente esperan que los niños expresen sus vivencias mediante palabras estructuradas sobre depresión, angustia o duelo. Sin embargo, a los niños les cuesta poner sus emociones en términos abstractos, por lo que traducen el malestar psicológico en comportamientos que los adultos califican de forma errónea como mal comportamiento o rebeldía. Sentir miedo, rabia, duda e incertidumbre son respuestas naturales y esperadas ante un evento traumático para el cual nadie estaba preparado.

Por su parte, Andrea Rodríguez subraya que los niños no procesan el estrés agudo ni la memoria traumática a través del discurso verbal, sino mediante el juego simbólico y el dibujo. Cuando un niño dibuja casas cayéndose, personas atrapadas o juega repetidamente a derribar torres de bloques, no está realizando una acción negativa ni destructiva; se trata de una expresión somática que le permite dosificar y procesar la carga emocional en dosis pequeñas y manejables para su sistema nervioso.

El adulto o terapeuta, contunúa, puede intervenir en este juego simbólico para reestructurar la narrativa sin romper el proceso del niño. Por ejemplo, si un niño derrumba una torre constantemente, el adulto puede ayudarlo a reconstruirla pacientemente afirmando que, aunque la torre se cayó, es posible volverla a levantar en un lugar seguro, introduciendo así nociones de protección y resiliencia en el mapa cognitivo del infante.

La psicóloga Andrea Rodríguez subraya que los niños no procesan el estrés agudo ni la memoria traumática a través del discurso verbal | Foto AFP

“La idea no es invalidar sus emociones, no es decir: ‘Bueno, no pasa nada, no llores’ o regañarlos diciéndoles: ‘No hagas eso, no te orines, no te chupes el dedo’, sino más bien validar lo que sienten, compartir la emoción con él. Decirle: ‘Yo también me siento asustada, yo también estoy nerviosa, pero el movimiento ya pasó, ahora estamos seguros, estás acá en casa’”, sostiene Rodríguez.

Misle, por su parte, afirma que los niños a través de los juegos, de sus actividades (propias de los niños), pueden estar expresando o pueden tener la posibilidad de canalizar esas emociones que no pueden reconocer o identificar racionalmente y también convertirlas en acciones cuando está jugando con sus compañeros o inclusive con expresiones como las artísticas.

Expertos sostienen que a los niños les cuesta poner sus emociones en términos abstractos | Foto EFE

“Pero también tratamos con las familias, para ver qué comportamiento va identificando, cuál le preocupa, le angustia y no sabe cómo abordarlo, porque no se siente con estabilidad emocional de, como cuidador, recibir el apoyo que requiere”, añade.

“Las herramientas que utilizamos, básicamente, es conversar con ellos, el no juzgar, el parafrasear cuando dicen algo, ponerlo en sus palabras para que se sientan escuchados. Cuando tienen alguna expresión o logran expresarse emocionalmente, validar su emoción, decirles: ‘Es lógico que te sientas así, yo también siento miedo, pero estamos juntos, estamos acompañados’. Que el niño sienta que hay una contención y que la casa, a pesar de todo lo que se sufrió con el terremoto y con todo lo que vivimos, sigue siendo un lugar seguro”, dice.

 

Lo lúdico no es psicosocial

Una de las advertencias que hace Carlos Trapani concierne a la necesidad de profesionalizar la atención y no confundir lo lúdico o recreativo con un abordaje psicosocial. Aunque las actividades recreativas son herramientas útiles para movilizar al niño, no sustituyen la estrategia clínica ni la planificación profesional.

Frente a esto, Cecodap propone un modelo estructurado de atención psicosocial dividido en tres fases fundamentales. La primera consiste en romper el silencio, permitiendo al niño expresar sus vivencias y validar sus emociones sin forzar la narrativa. La segunda fase se enfoca en la reducción de síntomas, vinculados al estrés, la ansiedad, la depresión, el insomnio y el llanto incontrolable. La tercera busca la reconexión con el proyecto de vida, reconstruyendo el sentido de futuro, especialmente en adolescentes que han sufrido la pérdida de familiares, viviendas o escuelas.

Cecodap enfatiza que la atención psicosocial nunca debe realizarse de forma individualizada o aislada del entorno familiar. El niño debe atenderse en conjunto con su madre, padre o el cuidador a cargo, para así capacitar a la familia como el primer agente de contención. Asimismo, el equipo profesional que interviene debe ser el mismo durante todas las fases de la atención para garantizar un acompañamiento coherente y de calidad.

Cecodap propone un modelo estructurado de atención psicosocial dividido en tres fases fundamentales | Foto Unicef

“Si un adulto está desregulado y está bastante alterado o está con sintomatología de estrés agudo, el niño lo va a percibir porque ahí existe una dependencia de la corregulación. Y los niños están programados para detectar las señales de su entorno. Si mamá está ansiosa, el niño también lo va a estar. Por eso mi abordaje los primeros días se enfocó más en darle contención y recomendaciones a los papás porque ellos estaban impactando en cómo se sentía el niño y me ha sucedido que yo tenía papás que me decían: ‘Es que yo en ese momento grité, me alteré, lo abracé durísimo, tanto así que él casi que no podía ni respirar’, y, evidentemente, el niño después estaba asustado, no quería que la mamá lo soltara, quería que la mamá siempre lo estuviera abrazando porque asoció ese momento a que ella lo estaba protegiendo de todo lo que estaba sucediendo”, cuenta Rodríguez.

 

Protocolos de gestión en campamentos y refugios

En lo referente a la protección y verificación de filiación, Oscar Misle señala que se han aplicado lecciones aprendidas de tragedias pasadas, como el deslave de Vargas en 1999. A diferencia de ese evento, donde la entrega descontrolada de infantes derivó en situaciones de desprotección y desapariciones, en esta contingencia los Consejos de Protección han desplegado representantes en los campamentos para verificar minuciosamente que ningún niño sea entregado a personas extrañas sin comprobar el vínculo familiar. A pesar de estos avances, se requiere un mayor esfuerzo y precisión articulada entre los equipos de psicología, asesoría jurídica y logística.

En los campamentos, ningún niño es entregado a personas extrañas sin antes comprobar el vínculo familiar | Foto Unicef

Tanto Rodríguez como Trapani advierten sobre los peligros del voluntariado en el ámbito de la psicología, pues aseguran que los niños en situación de desastre ven a los voluntarios como figuras de apego secundarias o islas de seguridad. Explican que cuando estas personas se retiran de forma abrupta tras pocos días, se activa en el niño una ansiosa retraumatización por abandono. Esto desencadena regresiones severas como enuresis, mutismo selectivo y aferramiento excesivo, o bien posturas defensivas de apatía, desconfianza y rechazo hacia futuras intervenciones psicológicas. Por ello, la Federación de Psicólogos de Venezuela y Cecodap exigen que las intervenciones se realicen con el respaldo de instituciones formales, garantizando la permanencia continua del mismo equipo durante períodos de uno a tres meses.

“El voluntario va cuando puede. Probablemente llega a un campamento y se retira, porque recupera su vida, recupera su rutina, y esto necesita continuidad en el tiempo, porque la atención psicosocial se basa en el vínculo y cuando un niño logra romper el silencio, conecta con sus emociones y lo pone en palabra, es un error que el especialista se retire. Creo que eso es importante. Hay mucha buena voluntad, pero tienes una buena voluntad responsable, coordinada y sostenible en el tiempo”, aclara Trapani.

 

Padres, cuidadores y educadores 

Para la gestión cotidiana en hogares y aulas provisionales, los especialistas y terapeutas recomiendan implementar pautas claras de comunicación, participación y selección de actividades.

En cuanto a la comunicación, es fundamental ofrecer explicaciones adaptadas a la edad del niño, libres de detalles catastróficos o interpretaciones ambiguas, explicando, por ejemplo, que la tierra a veces se reacomoda y se mueve, y advirtiendo con calma sobre la posible ocurrencia de réplicas.

“Es importante ver cuál es el mensaje que me estás transmitiendo o que quiere transmitir, porque muchas veces queremos, para evitar que el niño sufra, no tocar el tema. Entonces, cuando hace un dibujo nos angustiamos y no le preguntamos sobre ese dibujo, pero lo que no le explicamos nosotros, otros se lo van a explicar, y los fantasmas de la imaginación son a veces mucho más duros que la realidad. Lo que no explicamos nosotros se lo imaginan. Entonces, más bien hay que acompañarlo y, a través de esa imagen, tranquilizarlo. Para que él sienta que está acompañado, que no está solo y que está siendo escuchado”, explica Misle.

En cuanto a la comunicación, es fundamental ofrecer explicaciones adaptadas a la edad del niño | Foto EFE

Los adultos deben validar las emociones compartiendo su propio sentir con compostura, manifestando que también sintieron miedo, pero recordando que en el momento presente se encuentran resguardados. Es indispensable mantener una estricta restricción de exposición a redes sociales y medios de comunicación que difundan imágenes sangrientas, audios alarmistas o videos de colapsos.

“También trabajamos mucho en que las mamás pudieran compartir sus vivencias con los niños, cómo se sintieron y explicarles el por qué de las acciones que tomaron en el momento, por qué gritaron, por qué corrieron, por qué lo abrazaron muy fuerte, por qué lo levantaron de la cama y lo agarraron por un bracito y salieron corriendo. Porque evidentemente el niño no podía entender lo que sucedía y mamá tiene una reacción que es proporcional a la situación. Hay que compartir el sentimiento con él para que no se quede pensando que es el único que lo está viviendo y mamá es un roble que no siente nada y él es el único que tiene miedo y ansiedad, siempre asociándolo  a la  seguridad. Hay que decirles que se está nervioso, que también se siente miedo, pero ya están seguros, que ya están ahí para protegerlos, que ya la casa está segura y que todo que todo va a estar bien”, explica Rodríguez.

Los adultos deben validar las emociones compartiendo su propio sentir con compostura | Foto Unicef

Para devolver el sentido de agilidad y control a los niños se aconseja asignarles roles sencillos y colaborativos, como ayudar a clasificar ropa o juguetes para donar o participar en la preparación de alimentos para la comunidad, lo que les permite salir del rol de víctima pasiva.

Respecto a la selección de materiales recreativos en contextos de desastre, se deben evitar los juguetes sonoros de alto volumen como sirenas o alarmas, los aparatos a control remoto con movimientos bruscos o impredecibles, los juegos con mecanismos de colapso o resorte de sorpresa —que simulan la vivencia de sobresalto del sismo— y las armas o juguetes bélicos de cualquier clase. En su lugar, se debe priorizar el uso de bloques de construcción para armar e interconectar, materiales de dibujo, plastilina, pinturas de colores, pelotas blandas, cuentos de superación y juegos de roles con muñecos que faciliten la expresión de las vivencias cotidianas.

 

Redes de asistencia y primeros auxilios psicológicos 

Frente a la contingencia nacional, se han activado diversos canales institucionales y telefónicos para brindar apoyo psicológico a las familias afectadas.

La Federación de Psicólogos de Venezuela ha desplegado el Programa Psicólogos Voluntarios, disponiendo de más de 750 especialistas capacitados en atención de urgencia en zonas devastadas, respaldados por el Programa de Supervisores Especialistas de Psicología bajo la conducción de su directiva gremial encabezada por Clara Astorga.

Asimismo, se encuentra operativa la línea telefónica nacional 0800-AYUDA-01 (0800-29832-01), la cual ha atendido más de 400 llamadas de primeros auxilios psicológicos e intervención en crisis. Por su parte, la unidad de atención especializada de Cecodap continúa recibiendo casos de trauma, duelo y desprotección infantil.

 

Reconstruir desde la seguridad interna

Los especialistas coinciden en que un terremoto destruye estructuras físicas en cuestión de segundos, pero la reconstrucción de la salud mental requiere meses e incluso años de esfuerzo sostenido, profesional y empático. Las paredes y los techos pueden levantarse con concreto, pero si el terror, la hipervigilancia y el dolor no son abordados en el alma de los niños, la tragedia seguirá habitando en sus hogares.

“En este contexto de la emergencia se recomienda que los niños que han sufrido pérdidas, ya sea materiales o de algún familiar cercano, tvayan a terapia, porque no es algo que se pueda abordar en una sesión o simplemente a través de una llamada o con algunas recomendaciones, porque esto es un proceso bastante complejo. Los niños tienen que hacer un duelo y el duelo infantil no se procesa de la misma forma que lo hace un adulto“, explica Rodríguez.

 


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