
POR: ALÍ MEDINA MACHADO
Una constante relación histórica y apasionada por su sólo nombre de mujer dadivosa, extiende su haber entre doña Mercedes Díaz y la ciudad que la nombra con gallardía y honor. Un comportamiento de emoción entre esta dama de siglos y la ciudad que expande su nombre, cada vez que abre una nueva ruta hacia el progreso y la civilización. La dama de Valera, lustre y prosapia como se ve en su rostro sereno de mujer que donó sin pensar que su nombre y su gesto habrían de prodigar una gran suerte a la ciudad que se hizo de un vez contemporánea para las grandes hazañas del hombre, que comenzó su prospección, justamente en esa vara de tierra fecunda e insaciable como la sed humana cuando la producen el arrojo y el coraje. Mercedes Díaz es un preclaro nombre valerano, de rostro luminoso y ojos abiertos, como se los mantiene el tiempo cada vez que la historia habla de su desprendimiento y generosidad.
La noble fachada del templo, augusto y sereno o más bien majestuoso en mitad de la urbe, presidiendo y mirando todo como una voz alerta para que la ciudad humana se contenga en una tregua moral que pide la serenidad a los espíritus. El templo que interviene con su sermón para salvaguardar el nombre de todo lo que es valerano por antonomasia y tradición, y aún aquello que habiendo llegado desde otros horizontes se valeraniza y se hace parte de la ciudad en el dinamismo de su vida cotidiana.
El templo augusto con el nombre religioso de la ciudad engrandecida con sus altas torres que se enhiestan al cielo para invocar al Altísimo por la suerte de una urbe que se desgrana en unas realidades múltiples por las diversas acciones que se cumplen diariamente en sus espacios. La iglesia militante y activa como signo de que en esta historia secular el hombre de la ciudad ha sido empeñoso en el trabajo, y que su concurso sirvió desde temprano para los acontecimientos relevantes, desde lo ínfimo, porque justamente, la historia es una armadura que se hace con hilos infinitos, como una red tejida con todas las intersecciones posibles.
Así ha sido la constante presencia de esta iglesia de San Juan Bautista, que ha servido emblemáticamente como faro de percepción de lo bueno y trascendente; lugar para el razonamiento del espíritu precedente a la materialización de todo proyecto en beneficio del colectivo, y acción tomada desde su propio seno para los grandes aconteceres proyectados desde esta ciudad hermosa, siempre despierta y activa como las grandes fábricas indetenibles.
Las calles valeranas se fueron alargando como un gran oficio hecho por destino del hombre para llenar de vida a la gallarda urbe. Aquellas iniciales avenidas terrosas nacieron llenas de proyectos e ideas significadas por las casonas y las fábricas estacionadas a lo largo para llenar de vida la plenitud de las aceras. Así se distribuyó la arcilla y el cemento que fueron haciendo moderna la ciudad de Mercedes Díaz. Cualquier avenida desde antaño hablaba ya de lo que sería el porvenir por la efervescencia de los transeúntes que la llenaban día a día, hora a hora, como una fiebre de acciones y un delirio también de pasiones por vivir y hacerse sentir en cada una de esas latitudes con nombres propios como nacieron las calles y las avenidas de Valera en el diario devenir, construyendo una historia plena de fecundidades, como ha sido. Así, tendidas las calles con los hermosos edificios a cada lado que perfilados, uno los distingue en las viejas fotografías contenidas en los también viejos infolios escritos por sus cronistas y editados para testimonio en el futuro.
Viejas calles y aceras alargadas junto a las inmensas casonas donde comenzó a establecerse el comercio y a dinamizarse para ya nunca más volver a apagarse, como una antorcha encendida y votiva como una enunciación. Aquellas calles valeranas de siempre no nacieron con el musgo centenario como el de las otras ciudades, porque no hubo tiempo para que la inanición social hiciera crecer tales vegetaciones, sino sólo plenitud y victoria buscada por el afán de una constante palpitación económica y comercial.
La urbe valerana fue así siempre de claridades sonoras por la voz del habitante y de fragores cuando nacían y se desarrollaban esas producciones que la enriquecieron una enormidad. Las calles de la tradición valerana fueron conjuros de fuego encendido, hierros candentes para darle resonancia de energía a esa labor hecha por el hombre sin descanso y sin desmayo, hasta la consolidación de hoy que la enrumba y la distingue.
Antes, mucho antes, fue Valera un valle con verdes matizados y de largas claridades de nubes y horizontes. Fue la ciudad abierta a la naturaleza. Pero de pronto, se comenzó a llenar y se llenó totalmente como es hoy. Antes tuvo el trémulo arrullo de la naturaleza y tiene hoy el portentoso brillo de la acción urbana. Cambió su faz seguramente; pero no fue por la acción de la naturaleza sino más bien por el arrojo y el enfrentamiento, que vencieron a los viejos tiempos y la fueron tornando hacia la definitiva modernización que hoy pregona jubilosamente.
De una luz muy natural y una atmósfera limpia y tersa era aquella ciudad en sus primeros años. El valle desde antiguo se dejaba mirar de una sola mirada. De pocas voces en sus predios, casi sin palabras porque los pobladores estaban en los contornos más que en el valle propiamente. Pero todos la miraban y la acariciaban para la gran jornada de la historia. Valera apenas reluciente en su gestación como ciudad. Pero de aquellas viejas profecías que la rodearon fueron saliendo las primeras migraciones que allí se establecieron, y comenzó entonces a andar el pueblo a un ritmo de crecimiento indetenible en un pujo constante por hacerse más grande y cada vez más apetecible como ha sido.
Las primeras casitas regadas en lontananzas por el valle abierto. Las primeras voces pobladoras cercanas, con las plumas y los cacharros encima. Tal vez allí, como en otras partes de la provincia indígena primigenia no se conocieron los metales ni había tampoco la codicia de los aventureros, porque al ambiente sólo lo ceñía una población muy dispersa, ya que los bienes prodigados por la madre naturaleza eran escasos y esporádicos por lo agreste del paisaje muy distinto al que aparecía por los contornos geográficos donde si había vida en plenitud y población haciendo para la sobrevivencia. Pero Valera era un sitio llamativo y clamoroso a pesar de su aparente soledad, y desde los lugares cercanos fuesen páramos o aldeas; arrabales o las mismas ciudades definidas, fueron llegando las primeras avanzadas y poblándola con ritmo acelerado, hasta hacerla ciudad y vida; plenitud y aroma para las cruentas y productivas jornadas constructivas que han sucedido a lo largo de este par de siglos en su territorio.
La ciudad fue erigida más bien por el destino que la estuvo colocando allí sobre un manto silvestre, al pie de las nacientes estribaciones circundantes. Desde arriba, por Escuque y desde arriba también, por Mendoza, hasta dejarse chorrear geográficamente hacia el bajo y largo valle de Motatán, para darle esa fisonomía de trípode cuyo lente lo dirige y proyecta cada vez más a cada una de esas intensidades. Y si trabajásemos mentalmente para diseñarla en su hipotética condición histórica de “cuadrata” o “cuadrícula” de que nos hablan los historiadores sobre las urbes de estas y otras latitudes. Si pudiésemos, no obstante, concebir perfectamente esa cuadratura. Si a los nombres de Escuque, Mendoza y Motatán, tan suyos, agregáramos también ese otro viejo territorio llamado Carvajal, completaríamos entonces los puntos cardinales memorables, como un todo de nidos y de viajes; y de arraigos provechosos de este conglomerado urbano que el tiempo ha hinchado en modernismo y en vida palpitante.
La ciudad en sus primeros años fue lineal y baja, como todas las ciudades. Nada de mirar hacia el cielo, sino hacia la tierra allá lejana y rastrera como una linealidad. La ciudad se fue armando en el piso que le dejaron abierto sus colinas, bajas también y aromáticas como ha sido esa geografía local. Las primeras casas dispersas y uniformes fueron las habitaciones de las primeras familias que poco a poco, aunque en dimensión permanente, fueron haciéndola y llenándola entonces hasta la definición de sus calles, muchas de ellas con nombres concretos constituyendo ya comunidades familiares con denominaciones propias, valga decir Díaz, Terán, Briceño. La ciudad, (porque casi desde que nació fue ciudad Valera) fue tomando forma para vivir primero, y luego, una seguidilla de definiciones y funciones presentes que vendrían a conceptualizarla como una urbe debatiéndose entre la vida y la vida, por la responsabilidad espontánea de las generaciones de habitantes que le dieron nombre y calidad propia y genuina.
Así, tuvo que haber sido hasta su consagración, desde los balbuceos sociales hasta constituir una cultura muy particular y caracterizada por las cualidades que definen sólidamente a la ciudad. Valera vino entonces a sufrir esa evolución convulsiva que le dio un gran carácter y firmeza, afincada sobre un plano que permitió llevar a cabo todas las tareas que se pueden cumplir en la cotidianidad de una comunidad organizada con sus particularidades. Y sobre todo ese plano fecundo cual polo de atracción fue definiendo al hombre valerano, tanto al nativo como al llegado de otras latitudes. Apareció la gran jornada del trabajo que constituyó a la urbe desde el principio en la gran fábrica de dinamismo, lo que sin duda, fue aposentando en el lugar el concepto del progreso que se hizo también connatural, y la tejió como un duro manto para ya nunca más volverla a abandonar ni a mirar hacia atrás, sino siempre más bien hacia el futuro, porque esa también ha sido la cualidad resaltante de la urbe, la mirada futura, es decir, prospectiva, de una gran parte o de la totalidad de los que allí llegaron para la hacendosidad y la trascendencia, cual garantía plena de civilización y de progreso, entendidos ambos como condiciones supremas para la vida permanente y creciente de las sociedades humanas.
Y así ha sido la panorámica histórica de Valera, no escondida entre siete colinas, sino atractiva a la mirada múltiple que se le puede hacer desde todos los espacios, más bien como si eso fuera una garantía para ir a ella y permanecer en ella, como templo de siempre para las más duras, pero, a su vez, más exquisitas jornadas de la vida.
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