Por: Antonio Pérez Esclarín
Jesús vino a proponernos la más profunda y auténtica de todas las revoluciones: la revolución del corazón. Se trata de cambiar el corazón egoísta, violento, ambicioso, insensible, por un corazón solidario, pacífico, misericordioso, abierto a los demás. La historia nos demuestra que sirve de muy poco cambiar las estructuras políticas, económicas y sociales, si no cambiamos los corazones. La lucha por la paz y la justicia debe comenzar en el corazón de cada persona. No seremos capaces de romper las cadenas externas de la injusticia, la opresión y la miseria, si no somos capaces de romper las cadenas internas del egoísmo, el afán enfermizo de acumular poder, fama y dinero. Sin cambio de valores no hay revolución genuina. Toda verdadera revolución es siempre una revolución moral. Toda supuesta revolución está destinada al fracaso si no se sustenta sobre conductas éticas y termina agudizando los problemas que pretendía resolver y profundizando los vicios que iba a combatir.
Frente a la terrible crisis de valores que vivimos hoy, Jesús nos propone un rearme moral, un cambio radical en la escala de valores: el egoísmo debe ser sustituido por la solidaridad, la violencia por la mansedumbre, la ambición por la generosidad, el lujo por la sencillez, la mentira por la verdad, el poder opresivo por el poder de servicio, las promesas y meros discursos por hechos. No derrotaremos la corrupción que actualmente está corroyendo las entrañas de las sociedades con corazones seducidos por la riqueza y el tener; no construiremos participación y democracia con corazones ávidos de poder; no estableceremos un mundo fraternal con corazones llenos de odio y de violencia.
Por ello, Jesús nos presenta en las Bienaventuranzas un programa de vida para encontrar la felicidad y construir un mundo verdaderamente humano. Las Bienaventuranzas constituyen el núcleo central del evangelio y vienen a ser un excelente resumen de todas las enseñanzas de Jesús. No son mandamientos. No se imponen como preceptos obligatorios, se enuncian, más bien, como promesas a los que se esfuerzan de verdad por seguir a Jesús. Las bienaventuranzas son también un magnífico retrato de Jesús, pues Él, antes de anunciarlas, las vivió todas.
Con las bienaventuranzas, Jesús trastoca radicalmente los valores y nos muestra lo que en verdad vale la pena. No beatifica determinadas clases sociales. No dice que los pobres o los que sufren son felices, interpretación que históricamente se ha utilizado con frecuencia para fomentar la resignación y la sumisión. Llama felices a los que eligen una vida sencilla, buscan compartir más que acumular, trabajan para que los bienes de la tierra alcancen a todos y no aceptan que impere en el mundo la miseria, el hambre y la penuria; son felices los que lloran ante el dolor de los demás y luchan sin violencia por la justicia, dispuestos incluso a sufrir por buscarla y defenderla; son felices los mansos, los no violentos, los que tienen el corazón en paz y lleno de misericordia. La felicidad no es una virtud, sino que es la consecuencia de la vivencia de las virtudes. Según Jesús, los seres humanos no encuentran la felicidad y cada vez se hunden más en el sinsentido, la angustia y la tristeza, porque la buscan donde no se encuentra: la buscan fuera de sí mismos, en el dinero, el poder, el placer, el figurar, e ignoran que la felicidad está dentro de cada persona y consiste en tener el corazón en paz, en vivir a gusto consigo mismo, en aceptarse y quererse y tener una meta o un ideal noble y generoso, por el que merece la pena trabajar, sacrificarse e incluso dar la vida.
@antonioperezesclarin
www.antonioperezesclarin.com
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