A los venezolanos no se le había presentado una oportunidad de construir un nuevo país desde los años fundacionales de 1810 y 1811 como la que tenemos ahora. Tenemos territorio y población, pero carecemos de un gobierno legítimo, de una constitución respetada y una soberanía hipotecada. ¡Tremenda responsabilidad!
En vez de difíciles y costosas remodelaciones nos toca comenzar desde cero para la nueva institucionalidad, pero contando con un extenso y valioso territorio, y, por sobre todo, de un pueblo consciente de lo que quiere: vivir en libertad, en democracia, con Estado de Derecho y en camino al bienestar. Gente que ama a su país, a su familia y aspira trabajar para prosperar gracias a su propio esfuerzo sin tutelaje del Estado.
Se trata de nada menos que sobre estas bases humanas y territoriales dotar al país de unas condiciones institucionales que permitan transitar por un proceso de desarrollo integral y sostenible, tales como un Estado respetable y descentralizado que fortalezca a los poderes locales, que respete la Constitución. Un gobierno republicano con sus tres poderes autónomos que ejerza su autoridad bajo el principio de la subsidiariedad.
Un ejecutivo integrado por gente capaz que administre con transparencia y rendición de cuentas los recursos públicos; un poder legislativo que represente al pueblo y de cuentas de ello; y un poder judicial honorable, autónomo e integrado por personas seleccionadas por concursos tal como sucede en cualquier país decente.
Los líderes de ese pueblo tienen que darse cuenta si están en condiciones de ayudar al nacimiento de ese nuevo país que el propio pueblo quiere, o tratarán de alimentar los nuevos tiempos con los vicios del régimen que está muriendo por incompetencia y corrupción. La gente los conoce pues en estos tiempos de conexiones de información inmediata no hay trampa que se pueda esconder. O como dijo aquel líder sindical. “Se puede ocultar la mano que roba, pero no la mano que gasta”.
La responsabilidad es de cada ciudadano, de cada venezolano esté aquí o en otra parte obligado por el desastre del socialismo del siglo XXI. No es de más nadie. En cada uno de nosotros está el darnos cuenta de la responsabilidad que nos toca en esta encrucijada de la historia patria. No podemos hipotecar esta responsabilidad por solidaridades ajenas al compromiso que es necesario asumir. Aquí no caben viejas lealtades, esperar “la línea” de las viejas estructuras partidistas o el acatamiento ciego a de los gastados liderazgos. Aquí solo cuenta asumir la responsabilidad que nos toca como ciudadanos de esta nación que ha pagado carísimo tanta maldad, tanta mentira, tanta incompetencia y tanta corrupción.
La Constitución, tan irrespetada por los poderosos, nos da la gran solución: El artículo 5 de la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela establece que la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo, es decir que no se delega, ni se presta, ni se hipoteca, ni se vende. Tenemos la inmensa fortuna de contar con un pueblo que esta larga noche oscura hizo tomar consciencia que solo el trabajo honrado y la verdad nos hará libres. Y que solo la libertad nos lleva al bienestar.
.




