Miguel Ángel Malavia
Javier Calvo y Javier Ambrossi lo han vuelto a hacer. Si ya azuzaron la hoguera nacional aunando risas y lágrimas (La llamada, Paquita Salas, Veneno o La mesías son todas ellas un género en sí mismas), con La bola negra han culminado el objetivo de tener un sello propio. Toda mirada que llegue a una de sus creaciones sabe ya, desde el primer minuto, que “es de los Javis”.
Una senda por la que a día de hoy caminan realmente muy pocos; tal vez, Yorgos Lanthimos, Quentin Taratino o Paolo Sorrentino. Y es que esta vía, tan dolorosa a veces como el Vía Crucis jerosolimitano, es la única que hace trascender a quien pergeña una idea en su mente y consigue que, del papel en blanco, brote hasta lograr después remover almas.
Tal milagro se plasma en esta cinta, que es muchísimo más que “otra película de la Guerra Civil”. Así, su gran mérito es el órdago que lanza: elige al español más amado de todos los tiempos, Federico García Lorca, y consigue rendirle un homenaje solo a la altura… del propio Fedrico García Lorca.
Todo el que ha leído al inmortal poeta de Granada se asoma a un universo de luz, belleza, deseo, pasión y vida. Pues eso es precisamente lo que logran Calvo y Ambrossi: que esa hoguera profundamente lorquiana nos toque directamente el corazón. Para, con y desde Federico García Lorca. Durmiendo en sus entrañas, buscando con él, noventa años después, el sitio al que le arrojaron los bárbaros que lo asesinaron.
La homosexualidad es el canal a través del que se plasman diversas historias que se unen finalmente entre sí. Algo complejo y que se nutre del mejor modo posible: haciendo tan evidente que el deseo no puede ser malo en sí mismo que retrata en su perversidad a quienes solo se afanan en castrarlo.
¿Cómo odiar al poeta que solo busca amar y que acaba siendo devorado por la nieve? “¿Y si no me encuentran?”, decimos (lloramos) todos con él. ¿Dónde estás, Federico, que no te encontramos?
A lo largo de estos años, todos los homenajes a nuestro Lorca han generado un alud de pequeños ríos de poesía… Eran tantos que, al fin, habían de derivar todos ellos en un mar mágico. Ese festín de la fantasía es La bola negra.
Porque ante todo es un cántico a la alegría de vivir. Lo vemos en cada instante y en todos los personajes. Incluso los soldados que se entregan a un día a día de sangre y que parecen indiferentes a ese salvajismo que encarnan sus manos, en cuanto tienen ante sí un resquicio para evaporarse, lo aprovechan. Y juegan al fútbol con alegría estallante, fuman y beben sin control, ríen a carcajadas, revientan de deseo ante una cupletista… Son peones en medio de una incivil guerra civil, sí, pero ante todo son personas que quieren vivir, vivir, vivir.
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