
Por: Embajador Jorge Valero Briceño
Bruselas, 8 de marzo de 2026.- Hoy se conmemora, en muchos países del mundo, el Día Internacional de la Mujer. Es ésta una ocasión para reivindicar el papel de aquellos seres que han reproducido la especie humana, desde los primeros tiempos de la humanidad. Parafraseando a Rubén Darío podríamos decir “¡Mujer, divino tesoro!”.
En la Santa Biblia, Proverbios 31:10, se lee: “Mujer ejemplar, ¿dónde se hallará? ¡Es más valiosa que las piedras preciosas!”. Y en Génesis 1:27, se estampa: “Y Dios creó al ser humano a su imagen; lo creó a imagen de Dios; hombre y mujer los creó.” Mientras que en el Eclesiastés 11:5 se proclama: “Así como no sabes por dónde va el viento ni cómo se forma el niño en el vientre de la madre, tampoco entiendes la obra de Dios, el Creador de todas las cosas”.
La Organización de las Naciones Unidas empezó a conmemorar el Día Internacional de la Mujer en 1975. Tiene su origen en las manifestaciones de las mujeres que reclamaban, a comienzos del siglo XX, el derecho al voto, mejores condiciones laborales y la igualdad entre los sexos.
No son pocas las mujeres que a lo largo de la historia de la patria bolivariana han luchado en pro de la igualdad, la justicia y la paz. Manuelita Sáenz, Luisa Cáceres de Arismendi, Juana Ramírez «La Avanzadora» y Josefa Camejo, entre otras, jugaron un papel decisivo en las luchas por la independencia nacional.
Hoy, al celebrarse el Día de la Mujer, quiero rendir un homenaje poético a mujeres que han marcado mi vida.
Primeramente a mi madre, Constanza Briceño de Valero, nacida en la bella población de Monte Carmelo y casada con mi padre Martín Valero Sierra. De sus entrañas nacieron nueve hijos e hijas que hoy nos desempeñamos en diversos oficios en pro de nuestros semejantes.
En un poema que escribí a la Madre de mis Querencias, en julio de 2010 en Nueva York, y que titulé “Santa Constanza”, se puede leer:
“Santa Constanza / que habita mi sueño / racimo de luces / alumbra mi alma. / Una musa volandera / que fulgura victoriosa / en los montes de mi tierra / teje ungida las Tres Gracias. / En tiempos de gloria bendita / va floreciendo en praderas / tan errante con su antorcha / cual remanso, brisa de ángel. / Pronuncio su nombre en silencio / con sabia de adviento su sino / y en el cofre del Empíreo / guarde el Señor, tanta Gloria”.
Conocí a mi esposa Zulay en el Hospital de Valera Pedro Emilio Carrillo, donde se desempeñaba como médico fisiatra. Allí estuve hospitalizado, dado que sufrí un accidente automovilístico después de intervenir en un mitin realizado en el Estadio de Boconó, tras el pase a la legalidad de mi amigo y camarada, el Comandante guerrillero Douglas Bravo.
A Zulay le escribí un poema que llamé “Oda al creador”, al que le puse un antetítulo que tomé del Libro del buen amor del Arcipreste de Hita, que reza así:
“Dios nunca aquesto mande: / él a mí lo demande; / en los que nos fablamos… / es la fe que tenemos / de lo que prometemos / si cumplir lo podemos.”
En mi poema se puede leer: “Una alcurnia de primores / Se aposenta en los altares / En la pascua decembrina / La Santa hostia es servida / Van cantando los pastores / De Pentecostés son las fiestas / Alma pura cuando mira / Grata el alba aural lumbre / Los anhelos son piedades / Van fraguando profecías / Monaguillos se santiguan / En los campanarios, un rezo”.
Y cuando pasó a la eternidad la artista plástica trujillana Rafaela Baroni, con quien cultivé una entrañable amistad, le envié una Carta Abierta, donde le dije:
“De las ceremonias ecuménicas del altar timoto-cuica viene tu deslumbrante obra plástica, que ha sabido rescatar nuestros sueños ancestrales. De allí, tu encuentro permanente con dioses y deidades. (…) Tú no necesitas que se cumplan las rigurosas prescripciones del derecho canónico, para ser beatificada o canonizada, porque nuestro pueblo ya te ha santificado, elevándote a las cumbres sagradas de nuestros ancestros. ¿Cómo puede morir quien –como tú– se burla de la muerte convirtiéndola en una obra de arte?”.
Y al pasar a la eternidad Rebeca Hackett, una gran revolucionaria, escribí un texto que titulé “Lo humano en potencia”. Allí narro que desde la adolescencia su alma albergaba una gran ternura. Atesoró su humanidad firmes principios en defensa de la dignidad de nuestra especie. Feminista de elevados preceptos éticos. Siempre supo distinguir lo justo de lo injusto. Sus lemas fueron la defensa de los más débiles y vulnerables, de los enfermos, de los discapacitados, de las mujeres, de la afrodescendencia.
Fue una joven lideresa comunista que siendo estudiante de arquitectura y urbanismo en la Universidad Central de Venezuela, era enviada por la Dirección Nacional de la Juventud Comunista para que hiciera contacto y llevara orientaciones y líneas políticas a los jóvenes dirigentes estudiantiles que residíamos en el Estado Trujillo y que compartimos sus mismos ideales políticos. Visitaba con frecuencia la ciudad de Trujillo dado que allí vivía su padre, el gran educador y profesor de inglés, William Hackett.
A la profesora Zoraida de Hernández, docente en el Liceo Rafael Rangel de Valera, militante del socialismo a la venezolana y ferviente admiradora de José Vicente Rangel, también le escribí un poema in memoriam, que titulé “La fiesta del alba”. Zoraida fue una mujer de gran calidad humana y consagración a las causas más justas de la humanidad. Esposa del gran combatiente revolucionario Vidal Hernández.
Aquí va el poema que le dediqué: “Niña de soles despiertos / Prisma de regia alborada / Rima el cantar de su risa / Canta la fiesta del alba. / Himno sacro su mirada / La alborada muy erguida / Riente el verso como río / Canta la fiesta del alba”.
Ana Enriqueta Terán, la gran poetisa de trascendencia nacional e internacional escribió, entre muchos poemas, uno titulado “Al norte de la sangre”, que reza así:
“Yo que en la vida solo he conocido / la rosa de presencia fugitiva; / yo que busqué la eterna siempreviva / del amor y su fuego defendido.”
En mi poema a Ana Enriqueta que titulé “Bodegas del verbo” declaro: “Con sus anhelos el alba / verso azul de manantiales / que pinta en los remolinos / santas bodegas del verbo. / En sus aguas cepa pura / tierna música, sus fablas / Orquestas en los boscajes / de los errantes turpiales. / La primada transeúnte / con ancha sonrisa / brisa. Su mirada que se extiende / con su escarcha pura / danza. / Su cantata dadivosa / como fogata / reina.”
A Dalia Raga de Valera Martínez, una intelectual revolucionaria y gran poetisa, dediqué in memoriam un poema, que titulé “Risa de oro”, que reza así:
“La veo en el jardín / con ojos recubiertos de estrellas. / Me duermo en la lira / que surca su imagen. / En tiempo de cuaresma / se convierte en golondrina. / Viste su risa las flores / con nidos de pájaros. / Respira inocente el follaje / donde anidan los turpiales. / La ternura de su canto / seduce los mojanes con su eco. / En la morada de Venus / reina en andenes / el díctamo real.”
Pienso que la poesía tiene nombre de Mujer. Rosalía de Castro le canta así: “Ángel, tu voz me da alegrías / llega a mi agitado seno / como raudal puro y lleno / de secretas armonías.”
Mientras que Alejandra Pizarnik ofrece su homenaje a la mujer, a aquellas que: “Han venido. / Invaden la sangre. / Huelen a plumas, / a carencia, / a llanto.”
El poeta Eduardo Marquina en su poema Salmo de Amor también rinde tributo a la mujer: “¡Dios te bendiga, si me guardas fe; / si no me guardas fe, Dios te bendiga! / ¡Hoy que me haces vivir, bendita seas; / cuando me hagas morir, seas bendita! (…) ¡Oh, querida mujer! … ¡Hoy que me adoras, / todo de bendiciones es el día! / ¡Yo te bendigo, y quiero que conmigo / Dios y el cielo y la tierra te bendigan!”.
A todas las mujeres trujillanas y venezolanas mis congratulaciones en este simbólico día.
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