Por: José Luis Colmenares Carías
En este tiempo de Semana Santa, la reflexión suele dividirse entre lo espiritual y lo racional. Sin embargo, la ciencia de vanguardia nos sugiere que esta división es artificial. Según el reciente documental de DW (¿Qué distingue a los humanos de los animales?), lo que realmente nos separa de otras especies no es el intelecto, la capacidad mental, el lenguaje o la cultura —atributos que, en grados sorprendentes, compartimos con chimpancés, delfines y cuervos—. El salto cuántico del Homo sapiens ocurre en la capacidad de generar símbolos y, fundamentalmente, en la imaginación. Es aquí donde la distinción antropológica entre la religión y lo religioso cobra una relevancia sistémica y emocional vital para nuestra supervivencia.
El Salto de la Imaginación: Más allá de la Biología
Para no perdernos en la semántica, antropológicamente, la religión es el ‘contenedor’: la infraestructura de dogmas, ritos y jerarquías que organiza la fe. En contraste, lo religioso es la ‘sustancia’: esa capacidad innata de asombro ante lo numinoso y lo trascendente. Mientras la primera es la institución que preserva, la segunda es el impulso universal de ‘religar’ nuestra existencia con una totalidad que nos supera.
Como señala la arqueóloga Penny Spikins en el documental, la imaginación es el «reino de la especie humana». Es la facultad de sentir gratitud por alguien que no vemos o de otorgar un sentido sagrado a un atardecer o al nacimiento de un hijo. Esta capacidad de imaginar lo invisible nos permitió crear identidades que van más allá de la familia biológica. Al activar lo religioso a través de la imaginación, logramos que miles de extraños cooperen bajo una visión compartida. Hemos evolucionado, literalmente, «pensando juntos».
La Dualidad de Dirac y la Sombra de Jung
Para comprender cómo esta fuerza invisible sostiene nuestra arquitectura mental, podemos mirar a la física de Paul Dirac, uno de los padres de la mecánica cuántica. En 1928, Dirac se enfrentó a un dilema matemático: su ecuación para el electrón tenía dos soluciones, una positiva y una negativa. En aquel entonces, la ciencia solo aceptaba resultados positivos, pero Dirac tuvo la audacia de no ignorar el «lado oscuro» de la ecuación. Al aceptar que ese valor negativo representaba algo real, predijo la existencia de la antimateria.
Este hallazgo nos ofrece un puente perfecto hacia la psicología: así como el universo físico necesita de la antimateria para existir, nuestra psique necesita integrar sus aspectos «negativos» para estar completa. Aquí es donde Carl Jung ilumina el camino. Él planteaba que la psique es un sistema que busca el equilibrio entre la consciencia (Ego) y el inconsciente (Sombra). La Sombra contiene nuestros miedos, incertidumbres y aquello que no queremos reconocer de nosotros mismos.
Lo religioso funciona aquí como un mecanismo compensador. Cuando la vida se vuelve puramente materialista o hiper-racional, lo religioso emerge del inconsciente para recordarnos la totalidad. La fe, desde esta óptica, no es un dogma ciego, sino una fuerza de confianza emocional que integra nuestra propia «antimateria» psíquica. Al darle un sentido sagrado a nuestra Sombra, evitamos que nos devore a través de la angustia. La fe es, en esencia, la «con-fianza» (actuar con fidelidad) en que el sistema, a pesar del caos aparente, tiene un propósito subyacente que la imaginación nos permite vislumbrar.
Senge y la Resiliencia de los Sistemas Humanos
Este equilibrio entre lo visible y lo invisible no solo ocurre en el individuo, sino en las organizaciones y sociedades. Al saltar de la psicología de Jung al pensamiento sistémico de Peter Senge, encontramos que las sociedades que niegan su dimensión espiritual sufren un fenómeno llamado «desplazamiento de la carga«. Esto ocurre cuando un sistema intenta resolver un problema profundo (como la falta de propósito) con soluciones superficiales (como el consumo material o la técnica). Al final, la solución técnica debilita la capacidad del sistema para enfrentar la raíz del problema, generando un ciclo de insatisfacción crónica.
Aquí, lo religioso actúa como un ancla de estabilidad. Senge nos habla de los arquetipos sistémicos, patrones de comportamiento que se repiten en las organizaciones. Lo religioso nos permite identificar estos patrones y procesarlos a través del ritual. La oración, la procesión o el encuentro comunitario no son simples costumbres; son actos de «co-creación» donde el grupo reconoce su conexión con un orden superior.
Este es un proceso de aprendizaje sistémico: al integrar los arquetipos del inconsciente colectivo en la práctica ritual, la comunidad fortalece su resiliencia. El ritual ayuda a procesar el caos y el dolor, transformando la incertidumbre en cohesión social. Es la imaginación colectiva puesta al servicio de la supervivencia del grupo.
El Arte de Ver lo que No Está
Einstein admitió que su famosa ecuación nació de imaginar un viaje sobre un rayo de luz; la imaginación precedió a la matemática. La creatividad, la ciencia y la fe exigen ese mismo «salto»: la confianza de cerrar los ojos ante lo evidente para abrir la mente a lo posible.
Valoremos lo religioso como el gran laboratorio de la imaginación humana. En esta Semana Santa, te invito a trascender los consuelos superficiales. Atrévete, como Dirac, a mirar la raíz completa de la existencia, incluyendo sus «números negativos». Acepta la dualidad de tu historia y abraza tu sombra de la mano de Jung.
Usa tu fe —esa capacidad de religar con lo invisible— para co-crear un sistema donde la esperanza sea la fuerza real que mueva nuestra realidad. Al final, lo que nos hace humanos no es el intelecto ni la cultura, sino la capacidad de sostener en la imaginación aquello que los ojos no ven, pero que el alma reconoce como verdad.
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